TEORÍA POLÍTICA Y VIDA





TEORÍA POLÍTICA Y VIDA 

Nosotros o nada

¿Existe algún acto humano que no sea social? Tal vez el personaje de la novela de Daniel Defoe, Robinson Crusoe, publicada en los albores del siglo 18, pudiese ser un ejemplo notable de que los humanos necesitamos a los otros, y si no los tenemos, los inventamos, aunque estos no sean más que una roca pintada o un calabaza seca. La necesidad o el deseo del otro son incesantes. Y este deseo no es un tema biológico a secas, ni humano a secas. Para los niños lobos, rescatados en Malasia, después de años de haber convivido con una manada, el otro como ellos no era humano, era lobo. Y ellos tenían un comportamiento lupino inmodificable que no toleró la “civilización”. No aprendieron a hablar, a caminar en dos pies ni a usar las manos para alimentarse. Finalmente murieron. Queda en evidencia que no basta con tener un genoma humano y un cuerpo humano para ser humano. Para ser humano son necesarios otros seres humanos. Muchos. El cerebro humano social se modela mediante la experiencia con los otros. El contacto físico, la caricia, el estrecharse las manos y abrazarse, es algo que no podemos evitar, no solo con la gratuidad de los afectos, sino también frente al miedo y al peligro. Es imposible no emocionarse al ver a dos chimpancés jóvenes abrazarse ante cualquier amenaza. Por lo mismo, es doblemente cruel tener angustia y no poder tener contacto físico, dado que es este último el que se ha transformado en el peligro mismo.

Sin embargo, en condiciones habituales, esos otros no son solo aquellos a los que podemos abrazar, como la familia, los pares y colegas sino, y fundamentalmente, el conjunto de la humanidad de la cual somos parte y que se superpone a la cultura entera. De alguna manera la cultura nos acoge con familiaridad y cercanía. No son los padres los que crean la cultura, los idiomas, las estructuras sociales ni las costumbres. Sean las que sean, esas condiciones ya están tejidas al venir cada quien a la vida. Se trata de un Otro, así con mayúscula, es decir, de la trama en la que existimos y que nos hace ser organismos históricos y culturales. Basta pensar en la enorme cantidad de personas y aconteceres que ya no están y que alguna vez fueron, pero que para nosotros, existen cotidianamente como huellas encriptadas en objetos, palabras escritas y recuerdos. Así, para muchos, suelen tener más realidad Heráclito y su obscura luminosidad, o Erwin Schrödinger y su inteligencia perfecta, o Hitler y Stalin y sus criminales magnificencias, que muchos de los “pensadores” y asesinos contemporáneos vivos. Esos latidos sensibles e inteligibles del pasado llenan el espacio y configuran, en muchos ámbitos, el mundo de cada persona. Este Gran Otro ha sido pensado, vivido y desarrollado de manera compleja y a la vez amplia por destacados filósofos, y es central, por ejemplo, en la filosofía psicológica de Jacques Lacan. También lo es en la antropología del biólogo Humberto Maturana, expresada en su deseo de que los humanos “aceptemos al otro como un legítimo otro en la convivencia”. En filósofos como Sartre, hay menos ingenuidad y más belicosidad: “el infierno es la mirada del otro” sentencia en “El Ser y la Nada” y se embarca en una disputa fratricida con Merleau-Ponty. Lo mismo pasa con Hegel al desarrollar su popular figura dialéctica del Amo y el Esclavo: “el otro es necesario para que yo sea yo”, sentencia también.

Todos sabemos muy bien y tenemos un conocimiento encarnado de lo que es el amor, la vergüenza, la ternura, el miedo, el deseo, la rabia, la desconfianza, la esperanza y otros fenómenos en los que esencialmente vivimos. Son parte fundamental de nuestra experiencia consciente. Pero, otra cosa es explicarlos, es decir, adicionarles un discurso coherente y clarificador. Lo que digo nada tiene de original. Ya lo dijo San Agustín: “todos sabemos lo que es el tiempo, a menos que tratemos de explicarlo”. La ilusoria creencia en nuestra capacidad de explicar y de acercarnos a fórmulas que expresan la “verdad”, puede llevarnos a una rigidez cercana al delirio, esa experiencia psicótica que tiene el privilegio y la hermosura de la certeza inconmovible. Nietzsche escribe: “tenemos el arte para no morir de la verdad”. La filosofía y la teoría política son pasiones explicativas, y por lo mismo, están en un permanente riesgo de hipostasiarse, es decir, de adquirir el estatus de gigantes en vez del de molinos de viento. No obstante su hermosura, los modelos teóricos, en cualquier ámbito del pensamiento, tienen el hábito de fracasar, pues pretenden legalizar (dar ley y forma) a la evolución, al cambio y a la metamorfosis de lo que observamos en nosotros, los otros y el universo. Las pasiones explicativas y la tristeza que nos produce su fracaso, parecen responder a deseos imposibles de saciar, aunque se los imagine como recipientes vacíos que hay que llenar y que es posible, paso a paso, efectivamente llenar.

Lo obvio

Necesitamos al otro, hemos dicho como inicio. Por eso vivimos vinculados y a eso llamamos “polis”, es decir al conjunto de seres humanos que se agrupan históricamente en clanes, tribus y ciudades. Y junto con la polis nace la política, entendida como la teoría que intenta comprender, ordenar y regular las relaciones de convivencia entre los seres humanos. Pero los grupos humanos no se definen solamente por tener sus integrantes alguna característica compartida (como un idioma, una nación, una etnia o un paisaje), sino fundamentalmente porque sabemos que el otro es un otro como yo y que yo soy, para él, un otro como él. Es decir, nos reconocemos como seres de la misma naturaleza. Así, no podemos confundir al otro, por ejemplo, con una cosa, con un objeto, o creer que es una posesión o un esclavo, o medirlo como un recurso o como fuerza de trabajo o restarle entidad y concebirlo como “inferior”. Por eso Heidegger utiliza una expresión distinta para el trato con las “cosas” (Sorge=cura o cuidado) y con el “otro” (Fürsorge=solicitud). Con las cosas me ocupo y las uso, con el otro solicito su mirada, su afecto y su respeto; mirada, afecto y respeto que también exijo me sea solicitada. Si a veces o frecuentemente no comprendemos este fenómeno esencial es porque nuestros sesgos históricamente complejos, nos impiden percibir lo que es evidente y obvio. Ninguna teoría política, científica o filosófica, puede tener el rango de certeza y de explicación indiscutible de lo que creemos socialmente real. De tenerla, o de creer que la tiene, estamos haciendo una hipóstasis. Un ejemplo tal vez ayude. En la década de 1950 alguien formuló la teoría de que los trastornos mentales se originaban en una hiperactividad del lóbulo frontal y, por lo tanto, intervino a miles de casos penetrando al cerebro por la región supra orbitaria con un picahielos y destrozando esa zona cerebral. Las consecuencias fueron espantosas. Pero, el protagonista “creía” a pie juntillas en su teoría y luego, dándola por real, hacía lo que estaba convencido que había que hacer. Hannah Arendt, en otro contexto, acuña el concepto de “banalidad”. Consiste en creer que hay algo inobjetable en el cumplimiento de los “deberes” mandatados por sistemas ideológicos, teorías líderes, jefes o poderes políticos. En medio de esa creencia, las personas no decidimos, sino que simplemente somos soldados que seguimos reglas, principios, teorías y mandatos, en cuya formulación generalmente no hemos participado. Por lo tanto, soy inocente e inmune a los reproches éticos. “Yo solo cumplí con mi deber”, o “seguí lealmente las deducciones impecables de una teoría”. Sin embargo, para quien logre serenar sus pasiones explicativas, es evidente que algo obvio ha sido aquí omitido.

Sócrates se oponía a la democracia, especialmente a la democracia representativa a través del voto. Si usted necesita pilotar un avión con 300 pasajeros, ¿por quién votaría para llevar el comando de la nave? ¿Por un grupo de ciudadanos de cualquier tipo o por expertos pilotos? Lo decía poniendo como ejemplo un barco en un mar bravío. El capitán y los oficiales deben ser competentes. Sin embargo, ¿puede eso dirimirlo el ciudadano común y corriente? Si usted no entiende la estructura técnica de un avión, las complejidades de la navegación o de la conducción de una nación, ¿en qué se puede basar para emitir su voto?

Estrictamente, la democracia es solo un concepto sin carne. Que el pueblo gobierne (siendo leales a su etimología griega), es imposible, pues conceptualmente gobierno y gobernado serían lo mismo. Una especie de tumulto, o de concordancia perfecta de todos los habitantes de un país. Sin embargo, gobernar es algo así como tener “dominio” sobre algo “otro”. Difícil es imaginar un dominus sin servus. Así, el capitán intenta dominio sobre su nave, y sobre la tripulación, los gobierna, pero él no es la nave ni la tripulación, nave y tripulación que no ejercen dominio alguno sobre él. El punto entonces no es solo una discusión sobre la democracia, sino también acerca de lo que entendemos por gobernar. Corrientemente se entiende que el que gobierna “manda”. Y, el que manda, necesita alguna autoridad sobre el mandado. Emperadores, Reyes, Dictadores y Patricios, suelen creer que su poder proviene de alguna potencia superior. Habitualmente esa potencia es Dios o el Linaje Real. Pero también, puede ser el conjunto de los ciudadanos que habitan una comarca, que la pueblan, y por eso se les ha denominado “el pueblo”. Tal vez, lo que importe es que el que gobierna no tiene un poder basado en él mismo, sino otorgado por algo de mayor entidad que él. Entonces, el gobernante posee un poder vicario, del mismo modo en que el Papa, por ejemplo, no es Dios, sino que lo representa (por eso se dice que el Papa es “vicario” de Cristo). Cuando este poder proviene del Pueblo, es evidente que el gobernante lo representa, y se habla entonces de “democracia representativa”. El gobernante está mandatado por el Pueblo, es mandatario. Sin embargo, ¿cómo puede una persona o un pequeño grupo de ellas, verdaderamente “representar” a muchos millones? Parece haber una respuesta: mediante un contrato. En las “democracias” occidentales se supone que ese contrato se firma a través de una Carta Fundamental o Constitución Política, y periódicamente mediante “elecciones libres e informadas”. Sin embargo, las Constituciones en Chile y en la mayor parte del mundo, suelen ser acuerdos cupulares y en su creación no participan los ciudadanos. Luego, el contrato, que por definición siempre requiere de al menos dos “partes”, no lo es. Y en las lecciones libres e informadas el asunto es aún más complejo. Es evidente que los que tienen que estar informados no son principalmente los votantes, sino aquellos que pretenden representarlos. ¿Cómo se puede representar si no se está informado de lo que los mandantes creen, piensan, sueñan y profesan? Entonces, a través de un deslizamiento semántico, la “democracia representativa” se transforma en una “democracia adhesiva”. Es decir, se invierte la figura y ahora son los ciudadanos los que deben enterarse de lo que piensa el candidato y “adherir” o no a él. El gobernante pasa así de mandatario a mandante. En esta figura invertida, ¿es posible saber qué piensan y creen los candidatos a gobernar a una comunidad? Evidentemente no se puede saber lo que piensan, sino solamente lo que dicen pensar. Pero no solo lo que ellos dicen, sino, y fundamentalmente, lo que dice la coalición política a la que ellos pertenecen. Los partidos y las coaliciones políticas, se supone que son instancias intermedias que tienen postulados de teoría social públicamente conocidos, de modo que la ciudadanía pueda adherir a la teoría social que más la convenza. Por lo mismo, y dada la enorme cantidad de partidos con nombre propio, debiera ocurrir que lo que justifica su gran número, son las diferencias esenciales en las teorías sociales que sustentan su actuar político. Remitámonos a Chile. ¿Cuál es la teoría social del PPD? ¿En qué se diferencia de la teoría social del PS? ¿Cuál es la teoría de la DC? ¿En qué se diferencian políticamente los doce partidos que formaban el FA? ¿Cuál es la teoría social de RN? ¿Es distinta de la de la UDI o del partido Republicano? ¿Cómo se sitúa en este contexto el PC?

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