VIOLENCIA POLÍTICA



Agosto 2020


LA VIOLENCIA POLÍTICA

El contexto
Creo que para hablar de la violencia política puede ser adecuado un excurso introductorio que marque un contexto que haga inteligible el texto. Muchas veces ronda en mí la idea, triste y vacía, de que nuestra especie es la culminación del sinsentido que caracteriza a la naturaleza toda y a los seres vivos como parte indiscutible de esa naturaleza. Un meteorito no viaja veloz por el espacio para colisionar con la tierra y extinguir a los reptiles terrestres del Mesozoico que conocemos como dinosaurios. La naturaleza no tiene un propósito ni un objetivo, simplemente acontece, ocurre. Y nosotros, los Homo sapiens sapiens, somos parte de la naturaleza, y al igual que los dinosaurios y el meteorito, también, simplemente ocurrimos. Es escalofriante darse cuenta de que las moléculas que forman nuestro cuerpo están también en nuestro jardín o a la vera del camino. Y son pocas. Decir, por lo tanto, y con el énfasis que se quiera, que somos especiales, únicos, superiores, tocados por la mano de algún dios, requiere poner en juego mecanismos psicológicos potentes, puesto que todo lo que hay en torno, como el paisaje, el planeta y posiblemente el universo entero tiene el mismo tipo de primacía, es decir, ninguna. Es conocido que la arrogancia de creernos hijos predilectos del alguien o de algo, y de ser centro y referente de lo que hay, ha sido, mejor o peor, reblandecida por muchas notables inteligencias. Pienso en Darwin, Copérnico y Freud por citar solo a algunos.

Sin embargo, la experiencia consciente y la cultura son una piedra en el zapato. Si bien, en tanto naturaleza viva, los seres humanos, al igual que las bacterias y los ofidios, tenemos organización y estructura, la experiencia consciente y la cultura nos sorprenden. La experiencia consciente la vivimos, aunque está claro que no la comprendemos en absoluto y, la cultura, a diferencia del mero acontecer “natural”, es pura creación, puesto que sus elementos poseen no solo organización y estructura, sino además diseño y finalidad, es decir, porque la cultura humana trae a existencia fenómenos que antes “no eran” (la célebre poiesis platónica). Si el universo del que somos parte meramente ocurre, la cultura, al igual que la experiencia consciente parece ser anomalías difíciles de entender. Pero, no es posible negar que vivimos en medio de “entes” culturales, creaciones diseñadas para satisfacer distintos deseos, fantasías y necesidades de los Homo sapiens sapiens. Desde una silla hasta el celular, el PC, una olla, un taparrabo o una estación espacial, han sido diseñados y construidos con alguna finalidad, finalidad que invariablemente llega en retorno hasta nosotros mismos. Satisface alguna necesidad o algún deseo. Pero ¿cómo es posible en un universo (que llamamos naturaleza) que carece de emociones, aspiraciones, significación y propósitos, es decir, que acontece como un movimiento sin destino, surjan seres formados con los mismos materiales, pero que sí experimentan emociones, aspiraciones, deseos, significados, propósitos y mucho más en la misma línea? ¿Tal vez los Homo sapiens sapiens fuimos invitados como espectadores a una representación universal carente de inicio, significado y final? Creo que es difícil aceptar tal invitación. Requeriría del algo semejante a la resignación, y esta nos es definitivamente esquiva y por eso insistimos afanosamente por encontrar algún sentido al hecho indiscutible de existir en medio de ese espectáculo. Así, por ejemplo, suponemos que el universo es algún tipo de totalidad (el meleta to pan de los griegos clásicos) y que, como tal, posee límites. Mas, por otro lado y a desgano, comprobamos que, lleguemos hasta dónde lleguemos en nuestras indagaciones, siempre hay más, es decir jamás encontramos tal límite. Quizá esa sea una adecuada forma de constatar lo inconmensurable, o, lo que es lo mismo, de constatar lo infinito.

Frente a esta inabarcabilidad se nos hace evidente que vivimos impregnados del deseo de claridad, de inicios, de procesos direccionados y de finales. Pero también, por momentos, irrumpe la irritante perplejidad del misterio y del no saber, nuestro y de los que creen ser sabios. La reacción ante esta incertidumbre puede ser muy radical. Me refiero a la locura, aquella que simplemente nos hace delirar, es decir, creer que nuestros postulados y narraciones científicas y religiosas, pueden llegar a la certeza, y así, convencernos de que el universo y nosotros en él, fuimos creados por alguien al que solemos llamar dios y, por lo tanto, compartimos el diseño y la finalidad, esa de los entes culturales, como el televisor, por ejemplo. O, en el sendero de la ciencia, sostener que poco a poco avanzamos en la dirección de terminar conociendo y explicando ese todo. Basten como muestras de esto último las divulgaciones científicas que realizan investigadores en las más diversas áreas. Transmiten la idea de que sabemos mucho. Pero, como decía Karl Jaspers, “comprendiendo, más luego que tarde, se topa uno con lo incomprensible”. ¿Cuánto hemos avanzado si no conocemos ni el punto de inicio ni el punto de llegada? ¿Qué puede ser mucho o poco en un proceso infinito? ¿Se está al principio o al final de aquello que no parece tener principio ni final? Entonces, las explicaciones científicas y los modelos y teorías a granel, parecieran hacer justicia al “cementerio de hipótesis” que es la huella de su historia y también de su belleza. Así, en conferencias públicas y notorias, los divulgadores nos cuentan que “la idea más grande jamás pensada” fue la que tuvo Darwin, al decir que la evolución de la vida en el planeta desde hace 3.500 millones de años, es el producto de un mecanismo simplísimo: la selección natural. Sin embargo, no se conoce ninguna especie que haya surgido de ese mecanismo. Y han existido muchos miles de millones de ellas. Pero, como un cántico, la más grande idea se repite como un eco. Del mismo modo, los astrofísicos nos cuentan que el universo es misterioso e insondable, pero que avanzamos, y parecemos estar cada vez explicándolo mejor, aunque nos confunde que la expansión del universo producto del Big-Bang sea cada vez más veloz, y que en ello se asemeje a una caída. Contradice a lo que el sentido común entiende por “explosión”. Por su parte, la “inteligencia artificial” surge por doquier, y junto a todo tipo de renuncias al pasado en los “pos” de algo, como la posverdad o el posmodernismo o los neos agregados, como el neorrealismo y otros, sitúan al siglo 21 como un punto crucial en la humanidad. El siglo se viste de vanguardia, de borde, de apertura. Así debe haber una ciencia del siglo 21, una tecnología, una política y una economía del siglo 21. Esta pertenencia al siglo 21 pareciera ponernos en los umbrales de una revelación conmovedora. Pero, casi está de más recordarlo, prácticamente todas las épocas se han autovalorado como cruciales. ¿Recuerdan la celebración de la llegada del siglo 20 y la feria monumental de Paris? Lamentablemente, basta con introducirse más allá de los titulares de las divulgaciones de las “ciencias naturales” y también de las “humanas”, para darnos cuenta que se trata de balbuceos algo omnipotentes que rápidamente muestran sus limitaciones. ¿No cabría, en un arrebato de modestia, preguntarse primero qué es aquello que decimos al decir inteligencia, antes de hablar de eso, pero “artificial”? ¿Por qué decimos que lo que producen cierto tipo de seres biológicos (nosotros), es “artificial”? ¿Por qué no decimos que el oxígeno de la atmósfera es “artificial”, puesto que también fue un producto, el producto de la actividad de unos seres minúsculos llamados cianobacterias?  

         Valga esta introducción para mostrar la fragilidad de nuestras concepciones, prejuicios, supuestos y de las andanadas de arrogancia que efectivamente pueden impedirnos pensar. La ciencia, el sentido común y la religión habitan en las creencias. Y las creencias lo son porque no son certezas. Las certezas son revelaciones, epifanías, es decir, irrebatibles y evidentes. Los únicos que poseen evidencias inconmovibles son las personas que padecen de un cuadro delirante, es decir, de una psicosis. Luego, los demás no tenemos evidencias, pues, por más que pretendamos convencimiento, siempre tenemos dudas y frecuentemente comprobamos (especialmente en ciencia) que la palabra evidencia es menesterosa y se niega a sí misma, pues constatamos frecuentemente lo que sin pudor se denomina “evidencia contradictoria”.


¿Qué es la violencia política?

Mejor premunidos, podemos ahora ir al tema que hoy nos inquieta. La pregunta del subtítulo supone que tal violencia está ahí, pues toda pregunta viene de algo que la preexiste. Si la pregunta por la violencia política empieza por un “qué es”, indaga por su esencia. Lo que algo es , es su esencia. Desde dónde y cómo llega a ser eso que algo es, no es su esencia, sino su genesis. Y, ¿“qué es” la violencia política? Pareciera compuesta de conceptos obvios y no necesitados de esclarecimiento alguno. Todos creemos saber qué es violencia y qué es política Sin embargo, como muchas otras palabras, forman lo que Heidegger denominaba “habladuría”, pues son expresiones desarraigadas y de sobrevuelo que se han despegado de su fundamento. Se pronuncian porque pertenecen al habla cotidiana, pero no necesariamente se sabe qué se dice al decirlas.

Política deriva del griego polis que significa ciudad, entendida como comunidad de personas. Hasta ahí vamos bien. Pero más específicamente la palabra adecuada es politeia, que alude, entre muchos significados aledaños, a la “teoría de la polis”. Luego, la política es una teoría (del griego theorein=mirar atentamente). Es decir, la política no es un “hecho social”, encarnado, aconteciendo, sino una teoría sobre tales hechos sociales, aquellos que acontecen en la polis. Luego, la política se constituye como los relatos teóricos que intentan explicar o precisar los “hechos” sociales de referencia. Esto es diferente que la acción políticamente inspirada, puesto que ésta no es una teoría, sino que también un hecho social, que consiste en actuar sobre los hechos sociales, pero actuar bajo la orientación e inspiración de una teoría. La teoría social, es decir, la política, se expresa también con una palabra griega: ideología. Curiosa expresión. Significa aquello en lo que pensamiento y logos se encuentran. La ideo-logía no es una desviación espuria del pensamiento, como suele propalarse, sino tal vez su forma más consistente y propia, pues es el encuentro entre logos y pensar, o entre logos y ser humano, lo que a todas luces no es un asunto obvio, pero tampoco baladí. Por lo mismo, y sin rebuscar mucho, se hace evidente que una política “no ideológica” es una política sin teoría, es decir, una contradicción ab initio, es decir, un “cuadrado redondo”. Se sigue de esto que la acción política sin ideología no puede sino ser un ejercicio errático y guiado por fenómenos muy distintos a los de la comprensión teórica de la polis.


¿Cómo puede la política ser violenta?

No puede, porque las teorías no tienen carne ni garras. La violencia, en muchas formas, está ya ahí, y la política la interpreta, conjetura mecanismos, “leyes”, causalidades y génesis acerca de ella. O la provoca, pero no como política a secas, sino como acción política. Una mirada a la historia del ser humano, atravesando sin delicadeza los sesgos propios de todas las narrativas de tal acontecer, no puede sino responder que la violencia es ubicua: está en todo tiempo y lugar. Pero, sin ir muy lejos y mirando nuestras propias huellas, es imposible no ver que la violencia no solo nos acompaña, sino que nos habita. El siglo veinte, como todos los siglos, fue un “cambalache” con varios cientos de millones de seres humanos asesinados por “razones” ideológicas, es decir políticas. Nada parecido al impulso (no hay verdaderas teorías impulsivas o emocionales). Es, como dice Camus (Camus. 1951), el asesinato razonado desde el silogismo, es decir, desde la teoría y ejecutado mediante la acción política. No hay allí inocencia alguna. Todo está pensado y justificado ideológicamente. La violencia, tanto en el asesinato como en todos sus derivados trasgresores, está indisolublemente ligada a la fuerza, como reza su etimología (del latín vis= fuerza). Pero además a un concepto que nos es familiar: violación. Esto porque la violencia no puede existir por fuera de la violación. Y violar, es transgredir, traspasar un límite, ir más allá de una norma, romper una frontera o un acuerdo. Así, se violan personas, tratados, territorios, derechos, leyes, sepulcros, constituciones, instituciones, ritos, tabúes y convenciones. Todos ellos establecen un borde supuestamente infranqueable.

El límite primordial es mi propia vida, la que no puede ser transgredida. Mi cuerpo es propio en la medida en que no se confunde con los otros cuerpos y cosas que hay allí alrededor. Yo soy yo en la medida en que no soy los “otros”. Efectivamente, nada más radical que violar el límite primordial que es mi vida. Si así es, como un magma hirviente de cada vez mayor simbolización, la violencia se derrama hacia comportamientos que hacen referencia a mi vida, pero no como un mero acontecer biológico, sino a mi vida en tanto vida humana. Esas violaciones son conocidas: el abuso, la explotación, la tortura, la prisión, el maltrato, la esclavitud y, especialmente el desprecio. Lo notable es que la naturaleza, que constituye a todos los seres vivos, no cuenta entre sus movimientos con al asesinato y la violación. Estos se ubican solo en el contexto del diseño y la finalidad que tejen la cultura. Así la naturaleza puede matarnos y de hecho inevitablemente lo hace, pero jamás nos asesina ni nos viola en ningún sentido. Luego si estamos hablando de violencia, no nos estamos refiriendo a la depredación, a la lucha o el ataque de sobrevivencia, a la enfermedad o al accidente. Nos estamos refiriendo a un fenómeno plenamente cultural y por lo tanto exclusivo del Homo sapiens sapiens.

Los valores superiores

¿Cuáles son los temas valorados en las teorías sobre la Polis? Mencionemos solo algunos: la libertad, la democracia, la justicia, el orden, la propiedad, la nación, la patria, la seguridad, Dios, la vida, la igualdad, la lealtad, la civilización, el bien y muchos otros semejantes. Es horripilante constatar que todos ellos, tan hermosos en la sintaxis, son el sustento político de todas las guerras, abiertas o encubiertas. Externas o internas. Desde ellos se sostiene que el asesinato del enemigo se justifica por la defensa de alguno o todos estos “valores”. Es facil comprobar lo que digo leyendo la historia de las guerras, invasiones, genocidios, destrucciones y dictaduras modernas. Es muy distinta la guerra del Pacífico si se la lee en Perú, en Bolivia o en Chile. ¿Cómo se lee la guerra del Golfo en Estados Unidos y en Irak? Es muy distinta la dictadura que sufrió Chile si se la mira desde la ideología de la Unión Demócrata Independiente, que si se lo hace desde la ideología del Partido Socialista. Pero los seres humanos tenemos una infinita capacidad de exculparnos. Aunque tengamos el puñal ensangrentado en la mano. Ningún político dice que se asesina, usurpa o invade por razones independientes estos grandes valores. Y esto deriva de que la violencia deja de ser un tema moral a través de un pensamiento absurdo. La verdadera violencia en el ser humano, se dice, es la consecuencia de una degradación de los valores “superiores”, una de cuyas misiones es mantener los aspectos inferiores, bestiales e infrahumanos del hombre bajo control. La fuerza del “instinto” agresivo, primario y filogenéticamente antiguo, irrumpirá si aquellas cualidades, elaboradas en la convivencia, fallan. Luego, yo no ejerzo la violencia, no violo ni asesino, solo me defiendo.

Y esto tiene una consecuencia inmediata: mis crímenes son inocentes. ¿Alguien puede creer que Osama bin Laden, después del ataque a las Torres Gemelas, se sintió agobiado por la culpa de haber asesinado a miles de personas? ¿O que Barak Obama perdió el sueño después de asesinar a Osama bin Laden? ¿Alguien puede creer que George W. Bush se sintió culpable por haber invadido Irak y asesinado a miles de personas, sabiendo que las “armas de destrucción masiva” eran solo una excusa?

Que la explicación del crimen y la violencia como defensa frente al mal o la criminalidad está invertida, es del todo evidente: la violencia humana a gran escala no se produce por un déficit axiológico o de las capacidades valorativas, sino por un exceso de ellas, dentro de las cuales (y entre otros factores relacionados) las creencias religiosas y los fundamentalismos políticos tienen un papel fundamental. La violencia de la acción política no se produce por una pérdida de los límites de pertenencia e identidad, sino por una rigidez y sobre-presencia de ellos, como lo demuestran los actos nacionalistas y xenófobos de todas las épocas. Los grandes valores, como Dios, la Humanidad, la Democracia, el Bien, el Mal, La Libertad, el Respeto a la Vida, la Justicia y muchos “valores superiores” más, son esgrimidos como el fundamento de crímenes, violaciones y abusos, perpetrados de manera horrorosa, pues, en su supuesta vinculación con el “bien”, tales valores ciegan e impiden el considerar a los derechos mínimos y básicos de toda persona, como la aspiración primera y última de la humanidad. Degollar, bombardear, acribillar, torturar a nombre de la patria, dios y la libertad, o matar a nombre de la vida, ejemplifican claramente lo que he pretendido decir. Milan Kundera sostenía que los regímenes criminales de Europa del Este no fueron producto de los criminales, sino de los entusiastas, “que creían haber encontrado el único camino que conduce al paraíso”.


El abuso

Toda violación es violencia, y muchas de ellas, como hemos señalado, están escondidas tras grandes palabras. Pero hay otras violaciones que se acurrucan a la sombra de términos de apariencia inocente y de menor entidad, como por ejemplo, el orden público, la igualdad o el “crecimiento económico”. Tomemos un solo tema: el “crecimiento” económico. A primera vista, parece ser un objetivo universalmente deseado. Creo que es una constatación de todos que si usted y su familia se cambian a una mejor casa, compran un auto nuevo, sus dos hijos ingresan a la universidad y son los primeros en la familia que lo logran, que este verano podrán viajar fuera de Chile, y otras situaciones semejantes, nadie podría decir que esto es otra cosa que crecimiento y progreso. Pero ustedes, para comprar la casa debieron tomar un crédito hipotecario a treinta años y deben pagar adicionalmente y ad eternum altas contribuciones; para el automóvil lo hicieron con un crédito a tres años; para costear la universidad de los dos hijos debieron obtener un crédito pagadero por los hijos durante un largo período de su vida profesional, y, para el viaje al extranjero, hicieron uso de un crédito a 12 meses. Usted pagó a la inmobiliaria, a la automotora, a la universidad y a la agencia de viajes. Pero, por sobre eso, usted quedó atrapado en el mercado financiero, es decir, con sociedades que prestan dinero con intereses considerables. El mercado financiero compra y vende dinero, es decir, el dinero es una mercancía. Pero, además, de sus remuneraciones se le descuenta obligatoriamente el 10% para cobertura previsional que manejan otras empresas y un 7% para cobertura de salud de dudosa capacidad, entre otras cosas. Pero sigue y suma. Para circular con su automóvil nuevo debe pagar un permiso de “circulación” a las Municipalidades y un seguro contra accidentes a alguna compañía de seguros. Pero, en ciertas vías, además, peaje, que usted paga a las “concesionarias”. Y también, debe asegurar su auto de modo permanente (con otras compañías de seguros) y si quiere estacionarse deberá pagar encima, a otras empresas. Su casa tiene un consumo de agua, electricidad y de gas que no es menor. Y todo eso, usted lo paga a empresas que le venden esos insumos básicos. Naturalmente usted no puede controlar ni argumentar sobre los valores en prácticamente ninguno de los casos señalados, sino que obedecer a contratos unilaterales, es decir, donde no hay dos partes, sino que solo una: el proveedor. Es evidente que el negocio de todo lo dicho y las ganancias que suelen ser estratosféricas, se concentran en un grupo pequeño de empresas y ciudadanos. No tengo que ir más allá porque la mayor parte de las familias en Chile lo sabe muy bien. Usted, su familia y el país han crecido a la par de lo que ha crecido su propia deuda. Y ¿qué es una deuda? Es vender su vida laboral futura. Usted no está mejor ni ha crecido por lo que tiene, pues nada de eso le pertenece, sino porque debe cada vez más. Esto es evidentemente abusivo, pues esos intereses van a los mismos pocos bolsillos que manejan la economía del país. Todo esto en medio de otros abusos conocidos y que sería largo de enumerar, pero que bien lo sabe un jubilado que recibe $150.000 al mes y debe gastar $100.000 solo en el inescrupuloso precio de los medicamentos, y que, incluso, debe pagar intereses para satisfacer su alimentación básica, vía tarjetas de crédito. Usted puede revisar los niveles de deuda y morosidad de los chilenos y sus tramos de edad. Sabemos que muchas personas pagan en deudas el 70 % de sus ingresos. Todo esto es abusivo, porque esa ganancia financiera va a los pocos que son dueños y administran dinero. Es abusivo, es violatorio y por eso es violencia. Se sustenta en una teoría política que luego se encarna en acción política. Un botón de muestra es el sistema previsional que desarrolló José Piñera. Estaba basado en una teoría política que se demostró profundamente errada. Pero, en vez de cambiar la teoría, como ocurriría si una teoría científica no da cuenta de los fenómenos, se trató de forzar los fenómenos mismos para adaptarlos a la teoría. Un buen nombre para esto es la palabra “hipostasis” que, de entre sus significados, el fundamental es dar a una teoría el estatus de realidad. Solo deseo agregar en este punto, que el majadero error teórico llevó a una “esclavitud financiera”, tan oprobiosa como cualquier esclavitud.


La rebelión

Como hemos repetido, los abusos son violencia, violaciones. A lo largo de la historia, los seres humanos han tolerado enormes cantidades de abusos y trasgresiones. Lo notable es que esto puede haber durado siglos sin provocar ninguna reacción. La Roma Imperial reconocía a los Liberi y a los Servus como una condición natural y los Servus eran propiedad de los Liberi. Podían golpearlos, agredirlos, abusar sexualmente de ellos y matarlos, sin cometer con ello falta alguna. Seneca, el fino pensador romano era capaz de reflexionar con sutileza y generosidad sobre temas muy variados, pero era completamente ciego ante el abuso sobre los esclavos, “esos pobres diablos”. Sin embargo y por razones muy difíciles de delinear, de pronto, bruscamente y sin aviso, aparece un NO rotundo que hace florecer fronteras y límites que habían aparentemente desaparecido. Es un rechazo categórico, potente, definitivo y decisivo. Y cambia la historia. Camus sostiene que al mismo tiempo que la repulsión frente al trasgresor, hay en toda rebelión una adhesión entera e instantánea del hombre a cierta parte de sí mismo. Ese sí mismo que es una condición indispensable para ser un humano.

Sumado a lo anterior, de la rebelión surge la conciencia, en el sentido de un “darse cuenta”, de un despertar, parecido o igual que el samadhi budista, que en Sánscrito significa “recuperarse de un desmayo, despertar”. El rebelde se ha dado cuenta que no se trata de algo personal, sino que esas fronteras son una condición necesaria a todo ser humano, incluso al amo, al violador, al explotador y al abusador. De no serlo, se trataría de aniquilar al amo y a los otros mencionados, es decir, de violar su condición esencial asesinándolos. No, dice el rebelde, porque eso negaría el límite que se ha hecho evidente para todos los seres humanos y que justifica la rebelión misma. No se trata de aniquilar al abusador, sino de privarlo de poder, de impedirle ser amo, no de impedirle ser persona. Además de lo dicho, la rebelión no es un acto solitario, sino un despertar colectivo de todos los abusados, que sin duda siempre son casi todos, es decir, multitudes. Esta condición posee además otra característica esencial: es irreversible y abarca todos los ámbitos de violación, pues no permite retornar al sonambulismo previo.

Sin embargo, parece necesario hacer una distinción. No es lo mismo la rebelión que la revolución. No se trata de un asunto menor. Casi todas las revoluciones y subversiones en la historia han asesinado a los amos y abusadores, y luego los mismos revolucionarios se han transformado en amos. Eso significa “revolución”, es decir “dar vuelta”, con lo que necesariamente se vuelve al punto de partida. La rebelión, en cambio, es una oposición definitiva. Un nunca más, ni por parte del rebelde ni del violador. Ese nunca más es general y anida en multitudes y por ello su irreversibilidad. En pocas horas o días los significados de la vida, el trabajo, las relaciones sociales y personales cambian para siempre. Se entiende entonces porqué los abusadores se aterrorizan. Piensan que toda rebelión es una revolución y transmiten ese terror. El sustento abusador de sus vidas se ha licuado, con lo cual se sienten frente a la “revolución” en la que imaginan ser condenados a muerte y a la violencia asesina. Como mecanismo de defensa lo habitual es que nieguen la rebelión y la señalen como una anomalía dentro del sistema que sueñan perdure pues, en la realidad, ha dejado de existir. Por eso usan para la rebelión la expresión “delincuencia” y para la violación de los derechos humanos, la expresión “excesos”.

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