PANDEMIA





Sapiens e insignificancia

Así estábamos reflexionando en el momento en que llegó la pandemia. Inesperada, oculta tras un saludo de manos o un beso de afecto o de amor, de una conversación íntima o de compartir la barra de un tren subterráneo. Llegó sin estridencias ni amenazas. Invisible, silenciosa, pero implacable. Muchos, impregnados del tufillo de la era de la información y de logros tecnológicos estimados inimaginables hace veinte años, se preguntan:¿cómo es posible que algo así haya ocurrido en el siglo 21, sacralizado como el inicio de una humanidad renacida para la grandeza que le corresponde como especie? ¿Cómo puede ocurrir que nosotros, diseñadores de humanos superlativos, de manejos genéticos grandiosos, de naves interestelares, de exploradores del universo, de creadores de inteligencia, seamos víctimas de unas minúsculas cadenas de RNA, que ni siquiera alcanzan el nivel de organización de los seres vivos?

Hay ejemplos notables que prueban nuestra intolerable insignificancia. Son las llamadas, “heridas narcisistas”, es decir, aporreos a nuestro amor propio. Todas ellas han significado un “párale” contundente a nuestra idea de ser el centro de algo, por ejemplo del universo, o de la vida, o de ser los hijos predilectos de Dios. Porque a fin de cuenta ¿qué somos? Lo sabemos. Somos apenas una especie biológica surgida en el último momento de los 3.500 millones de años en que la vida cursa en nuestro planeta. Una especie con escasos recursos: lentos, de visión, oído y olfato mínimos, carentes de alas, cascos, garras y colmillos, venenos, lampiños, sin fuerza muscular y, especialmente, con el impulso irrefrenable a destruir la estructura de la biósfera que nos permite vivir. Con todas esas carencias, al igual que los millones de especies que han existido en el planeta, de las cuales el 99% están ya extintas, estamos destinados a desaparecer, medido en tiempo cósmico, rápidamente. Si nos hubiésemos de guiar por las ingenuidades pos darwinianas, no se ven las ventajas evolutivas que nos permitieran ni tan siquiera haber existido como especie. Es un poco prematuro concluir, como hace Harari, por ejemplo, que los sapiens hemos tenido un superlativo éxito evolutivo en el planeta. Eso es ganar el partido en los primeros cinco minutos.

Escucho a muchos lectores pensar que todo lo recién dicho puede ser así, pero que no estoy considerando que los Homo sapiens sapiens somos seres inteligentes, o mejor expresado, los “más” inteligentes de la totalidad del entramado biológico de la tierra y capaz que del universo infinito. Pero, esto de la inteligencia no es tan obvio como para ser pasado de sobrevolada. Imposible no recordar a Nietzsche, que sostenía a que a los seres humanos les debe haber ocurrido lo mismo que a los animales marinos al quedar en tierra seca, es decir, debieron sostenerse sobre el más débil de sus órganos: las aletas. Los humanos, agrega, al intentar controlar el instinto, han pretendido afirmarse sobre el más frágil de sus cualidades: la razón. Esa que hacía exclamar a Pascal: “El corazón tiene sus razones que la razón no entiende”. Imposible considerar a la inteligencia como una entidad pura, poderosa e infalible. Nada de eso ocurre. Lo que sí ocurre es que la inteligencia tiene el contrapeso en sí misma: ese reverso es la estupidez. No se puede ser estúpido si no se es inteligente. Los seres “inferiores”, como las lagartijas o los pumas o las golondrinas, jamás se comportan estúpidamente, es decir, carecen de esa sublime cualidad que llamamos “inteligencia humana”, la que nos permite actuar de manera ininterrumpidamente estúpida.

Se hace claro que la pandemia sorprendió a Chile en un momento político de características impensadas antes de octubre del año 2019. En ese momento y bruscamente, el país, que parecía estar en una confortable calma y serenidad, se hizo políticamente añicos con una ferocidad sorprendente. Tal vez es inevitable darse cuenta de que en una sociedad cubierta mendazmente de un débil barniz de justicia y respeto, la ruptura, el desprendimiento de la costra, deje a la vista un panorama pestilente. La infección política se extendió, no en semanas o meses como el Coronavirus, sino que en unas pocas horas involucró profundamente a millones de personas. Sin embargo, cabe ahora preguntarse cómo se engarzó la presencia simultánea de tal crisis político social, con la crisis “sanitaria”. Ya señalamos que la crisis social en Chile consistió en una rebelión irreversible frente al abuso económico y político. La infección por Coronavirus es algo muy diferente, pues no tiene que ver, en primer término, con la cultura. El Coronavirus y la Pandemia son fenómenos biológicos, ecológicos, que ocurren en la interacción entre diversos seres vivos y el planeta. Inútil es inventar que fue producto de una maliciosa “creación” china cuya finalidad era mermar el delirio magalomaníaco de Donald Trump. Es muy propio de occidente el pensar que si algo anda mal, alguien tiene la culpa. Es propio, pero radicalmente falso. Debemos recordar que los seres vivos, de muy diversas maneras, nos alimentamos de seres vivos o de sus productos. Por ejemplo, los seres humanos respiramos el oxígeno, que no es más que una excreción de las plantas autotróficas, o comemos a seres vivos como lechugas y serpientes, pues somos heterotróficos incapaces de crear nuestros propios alimentos. Lo que es común a los seres vivos es que el ADN (ácido desoxirribonucleico) es una matriz de significados biológicos que ha peregrinado por las más diversas especies y formas de vida desde su aparición en el planeta, como hemos dicho, hace 3.500 millones de años en la forma de bacteria. Cuesta imaginar el tiempo cósmico, al cual la vida pertenece. Un millón de años equivale a mil veces mil años. Como hemos señalado, los Homo sapiens sapiens, habitamos en el planeta apenas hace 200 mil años, es decir, el 20% de un millón de años. No de cientos o de miles. Sólo de uno. Es cierto que hay antepasados relativamente más viejos, pero igualmente tardíos. El género homínidos surgió hace 4 millones de años, y el género Homo, del que somos parte, surge hace 2,5 millones de años. Nuestra especie, que denominamos Homo sapiens sapiens, es el único representante actual del género Homo, pero hubo otros sapiens, como el Homo neanderthalensis. Ellos eran sapiens, pero creímos que no tanto como nosotros, por lo que nos agregamos una segunda sapiencia, para no confundirnos. Sin embargo, nada vivo en el planeta tiene como ancestros algo distinto a una bacteria, por lo que no hay razón para intentar separarnos de ellas como si fueran una suciedad innecesaria, pues convivimos y morimos, entre otras cosas, por y con ellas.

Pero, para gran sorpresa de la biología contemporánea, los virus son otra cosa. En su origen griego, “virus” significa “veneno”. Pero es evidente que los griegos no tenían ninguna posibilidad de saber qué exactamente son estas moléculas. Ni siquiera sabían de la existencia de lo que hoy llamamos microorganismos. Lo primero a decir es que los virus no son seres vivos. La unidad mínima de la vida es la célula. Haciendo una metáfora, los virus son como una palabra suelta e incompleta, que no pertenece a ningún poema. Son un código inerte y limitado, pues sus moléculas, en este Coronavirus formado por ARN, son pedazos de los mismos componentes que forman el código biológico fundamental que es el ADN. Sin embargo, el mismo ADN, el mío y el vuestro, sin la maquinaria celular son un montón de moléculas inactivas. Lo misterioso y maravilloso de esta condición, es que la vida requiere de un código para ser, pero ese código solo se replica en la vida ya creada, sin la cual es palabra al viento: es una frase sin texto ni contexto que nada significa por sí misma. Si no hay células susceptibles de ser “parasitadas”, la molécula virus, no puede expresar su significación biológica.

En el caso del Coronavirus, como en muchos otros, la célula parasitada, al ser invadida y usada para la replicación de este significado ajeno, enferma al organismo del cual esa célula es parte, y las millones de réplicas sustraen la vida de otras y otras células con las consecuencias por todos conocidas.

Al no ser fenómenos culturales, no es posible declarar una “guerra” en contra de ellos, pues en la naturaleza de la vida, a diferencia de en la cultura humana, no existen las guerras, ni las conspiraciones, ni la búsqueda insensata del poder, ni la inteligencia y su reverso estúpido. La vida simplemente ocurre, del mismo modo en el que explota una supernova o erupciona un volcán: para nuestra sorprendida “inteligencia”, es como algo que nunca debió ocurrir, una anomalía, una ocurrencia absurda. ¿Cómo es posible que ocurran eventos porque sí? Pues bien, ocurren. Dado que esta pandemia de virus corona no tiene un “para algo” o una finalidad, es, para los inteligentes, incomprensible. Y lo incomprensible, usando cualquier recurso, debe tener una razón de ser. Entonces el tema pierde su rumbo pues, el desvarío inteligente quiere un creador, puesto que el “porque sí” desbarata a nuestra débil capacidad razonante. Así, la estupidez se hace presente desvergonzadamente: debe investigarse la mente maligna que conspiró y sintetizo este virus “para” implantar el comunismo en la tierra.

Los seres humanos, estudiamos ingeniería, para ser ingenieros y calcular “algo”. Y calculamos “algo” para “algo”, como por ejemplo para construir un edificio. Y este edificio es “para” que vivan personas allí, para que crezcamos, para que nos desarrollemos y, no al final, “para” hacer un jugoso negocio inmobiliario. Pues bien el Corona virus es un paquete de moléculas que, como todo el universo no tiene ese absurdo “para”. Como hemos dicho, los virus ni siquiera tienen la posibilidad de reproducirse a menos que “jaqueen” la maquinaria molecular de una célula y esta lo replique. Este “jaqueo” puede pasar inadvertido o darnos algunas molestias respiratorias o puede matarnos. Entonces estamos aterrados porque, con nuestra arrogancia, fingimos tener todo bajo control, aunque no estamos ni a las puertas de entender lo que pasa. Y lo que es peor, lo poco que sabemos, lo usamos irreflexivamente.

Pandemia y Política

Parece evidente que primero necesitamos respirar, luego beber agua, luego alimentarnos, luego ejercer la sexualidad y solo al final de una larga cadena, podemos tener conflictos con nuestra pareja o discutir sobre metafísica. Si lo que está en riesgo es la vida de toda una comunidad, los temas políticos pasan a segundo plano. Pero no desaparecen. Nada de lo que justificó la manifestación social de octubre ha cambiado. Al revés, se ha agudizado en muchos sentidos, pues la pandemia ha hecho aún más evidente la paupérrima teoría social de quienes gobiernan Chile, y en general, de los que tienen poder en todo occidente. Esta teoría social consiste en el irresistible encanto de hacer cálculos y piruetas económicas, con el objetivo de hacer “crecer” a los países, aunque eso sea a costa de la esclavitud financiera de la mayoría de la población y, principalmente a través de la transformación de los ciudadanos en consumidores-deudores. Pero he aquí que para supervivir a la pandemia se requiere, aunque para muchos a regañadientes, aislamiento social. Esta es la primera y más eficaz forma de evitar los contagios y muertes, pero implica detener al país en muchos sentidos. Y detener el país es caro pues requiere también detener la aspiradora neoliberal. Pasa entonces algo muy curioso. Desde la teoría del Estado sobrante, maltratado y jibarizado, sin pudor se mira al cielo y se le pide, a ese mismo Estado, que se levante y camine, se le pide que resucite, es decir, que se produzca un milagro. El anti-estatismo dogmático, descaradamente se da una vuelta de carnero, y ahora exige que el Estado se transforme en el padre y responsable de financiar la crisis política, social, sanitaria y moral. La pandemia crea socialistas con mayor rapidez de la que el virus se disemina. Eso significa que, para sortear esta pandemia, deberemos por un largo tiempo gastar más de lo que producimos, y por lo mismo seremos más pobres, estaremos endeudados y deberemos ajustarnos a esa condición. Pero todos. El problema es que los que concentran la riqueza no saben perder, y menos ajustarse. La mayoría del país, eufemismos aparte, siempre ha sido pobre y esos ahorros y endeudamiento estatal, deberán gastarse en protegerlos a ellos. Y aquí la situación se agudiza, porque los que concentran la riqueza están en riesgo de perderla mucho más de lo que se ve a primera vista. Aquellos abusados, que en una brusca conciencia entraron en rebelión, no van a volver atrás y por lo mismo no podrán seguir siendo violados impunemente. Y esto, para nuestros gobernantes, ideológicamente infantiles, es equivalente a la llegada del juicio final

Antes de la pandemia, el gobierno presidido por Sebastián Piñera estaba terminado. No diré aquí lo que se ha escrito y dicho de manera abundante sobre este fenómeno. Sólo me inspira señalar que las pandemias matan y que para realizar un plebiscito constitucional y un cambio político y social de la envergadura que se avizoraba, primero es necesario sobrevivir. Y eso implica que la ciudadanía se abocó por entero a las medidas sanitarias y de cuidado, y postergó el cambio político. Pero el gobierno, con la torpeza que le es idiosincrática, ha intentado aprovechar este fenómeno biológico aterrador, para intentar generar un segundo pánico: la “pandemia económica” posterior, y con esa justificación, romper el aislamiento y que la población vuelva a sus lugares de trabajo con los riesgos evidentes al eliminar la única contención valida de la pandemia. Y, en el intertanto, como un torpe aficionado, ha intentado jugar todas sus cartas para demostrar que son capaces de enfrentar y resolver ambas crisis, hablando públicamente de su eficiencia, sagacidad y dones mesiánicos Esta vez, claro está, a costa del Estado, e intentando infantilmente, sostener que el calendario político, como el plebiscito y una nueva constitución, carecen ahora de importancia. Sumado a lo anterior, el gen (¿viral?) que los guía los ha llevado a establecer una competencia demencial y pretender encabezar rankings internacionales, por ejemplo, sosteniendo que somos mejores que los italianos y los españoles, y naturalmente que toda América latina, y que nuestro sistema de salud es el mejor del mundo, por citar tan solo un par de tonterías memorables. Pero, lo que rompe el modelo y la teoría política que sustenta al gobierno, es que mientras más grande y neoliberal sean los países “desarrollados”, las consecuencias de la pandemia son peores. Es curioso. Se suponía que estas grandes potencias de altos niveles tecnológicos, tenían grandes sistemas de salud y beneficios para la vida humana, y que nuestro timón debía estar dirigido a emularlos. Pero esa suposición de grandeza “desarrollada” quedó en vilo, dado que esas grandes potencias son las principalmente afectadas, superadas médicamente, y responsables de orientar conscientemente el camino de la humanidad hacia la extinción.

Entonces, aquí, los gobernantes decidieron tirar la papa caliente y acordase que existen las disciplinas científicas, al modo en que ellos las entienden y cautelosos de que las sugerencias de la ciencia, pudieran perjudicar publicitariamente sus intereses partidarios e ideológicos. Al hablar de ciencia me estoy refiriendo a aquellas disciplinas que solo pueden ir a “la cosa” (desde galaxias hasta fotones), como si en tal cosa estuviese todo lo que es necesario explicar para el ser humano. Entonces, la respuesta, en el mundo científico ha sido unánime, y más precisamente, ninguna que supere el sentido común: el aislamiento y el lavado de manos y, de este modo, develar la mitología de los niveles de testeo, trazabilidad y aislamiento, pues no pueden ignorar que los contagiados son en su mayoría invisibles, lo que equivale a decir que estamos ciegos.

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