El tiempo y la vida
Es posible activar todos los mecanismos de alerta y actuar, bien o mal, para conjurar la “peste”, pero, aunque nos movamos sin cesar, en algún momento nos damos cuenta que esta acción frenética por controlar el peligro deja entrever una reflexión de gran profundidad, que nos enseña lo que somos como seres humanos y que en la “vida cotidiana”, afanados, frecuentemente olvidamos. Pero el peligro incontrolable crea el momento adecuado en el que la apertura emocional otorga espacio para palabras que, en otro momento, suenan solo como ruido que nos interrumpe en nuestro impulso por avanzar en una carrera frenética hacia una meta muchas veces ilusoria y por momentos, delirante. Me doy cuenta que rara vez pienso en mi edad. Mi vida ha transcurrido de una manera en la que no he notado el paso del tiempo por mí, o mi paso por él. Quizás este transcurso se me insinúa por instantes cada vez que escribo y cito conceptos y autores que están en mi mente, en la cual los archivos están disponibles. Pero no estoy pensando en que San Agustín sea alguien alojado en el pasado, ni que Markus Gabriel, el filósofo alemán cuyas ideas del neo-realismo acaban de ser dichas, pertenezca al momento presente. Pareciera que el tiempo y sus épocas no tuviesen un registro significativo en mi experiencia. Constato esta ausencia de registro cada vez que me doy cuenta de que, en el desarrollo del pensamiento humano, es indiferente cuándo o quién lo haya formulado. En eso, el fragmento 50 de Heráclito, que vivió hace 26 siglos, desde que me fue presentado por Jorge Eduardo Rivera, me ha llenado de a-temporalidad y de impersonalidad. Y de serenidad, debiera agregar. Esa sensación se reafirma cada vez que compruebo que las ideas que inquietan al ser humano son pocas y recurrentes, con independencia del período histórico en el que haya vivido su autor. El fragmento del filósofo pre-socrático dice: “No a mí, sino al logos escuchando, es sabio con-decir que todo es uno”. Parece un enredo pero, este fragmento, mirado con alguna detención, es simple. Significa que cada vez que hablo o escribo, usted no me escucha o lee a mí, sino al logos, que en este contexto es como el lugar en el que habita todo pensamiento susceptible de ser pensado, por mí, por usted o por cualquiera que pueda pensar. Así, las matemáticas, la geometría y la física, a pesar de la arrogancia de algunos teóricos de esas disciplinas, por más ingeniosas que parezcan sus deducciones, no son inventadas, sino encontradas. Newton no inventó la gravedad, sino que fue capaz de ver lo que ya estaba. Es decir, la encontró. Las tres alturas de un triángulo se cortan en un punto y da lo mismo cuándo, quién y dónde eso se pensó o si ha sido o no pensado alguna vez. Puede haber sido Aristóteles, Euclides, Gauss, usted o yo, o nadie. Se siguen cortando en un punto: el ortocentro. Pero, “encontrar”, no significa que esas relaciones estén tiradas en la “naturaleza”, como las piedras o los fotones. Están, pero en un “lugar” no topográfico (un lugar no-lugar, debiéramos decir entrando en un enredo). Tal vez por esto y por algunas otras constataciones de la experiencia humana, muchos filósofos han reflexionado sobre un mundo a priori, previo a la cosa y a la experiencia. Sin embargo, esto también inquieta a la física. Físicos contemporáneos como Penrose, por ejemplo, hablan de tres mundos, presentes pero disjuntos, dado que no se ha logrado establecer vínculos inteligibles entre ellos: el primero es el de aquello que se percibe, como el mar que veo desde mi ventana; el segundo es la “mente” con toda su patente inasibilidad y su rara complejidad y, el tercero, es el mundo “platónico”, lugar en el que las ideas puras (incluidas las matemáticas) ocupan el cielo de todo lo que puede ser inteligido. Penrose resuelve el problema de los vínculos entre estos mundos procastinándolo, pues cree que son incomprensibles porque no tenemos “aún” la física adecuada. Bien. Parece evidente que no todo lo inteligible ha sido alguna vez inteligido, ni hay garantía alguna de que alguna vez lo sea. Pareciera que la intelección difícilmente llegará alguna vez a ser completa pues, en los hechos, lleguemos hasta donde lleguemos, siempre hay más. ¿Qué es ese más? Para sostenerlo ocupamos una palabra incomprensible para la experiencia humana: lo infinito. ¿No es curioso que el símbolo para lo infinito sea ∞? Pequeñito y enroscado sobre sí mismo. Pero, sin principio ni final. Es decir el infinito no es hacia adelante ni hacia atrás, pues tales expresiones no tienen sentido alguno donde nada empieza ni nada termina. Aun así, este pequeño grafismo necesita ser recorrido, es decir, si lo seguimos con el dedo tenemos la experiencia de un transcurso que podríamos continuar sin cesar. Pero, ¿no ocurre lo mismo con el círculo? No seguiremos ese camino, pues lo que nos interesa ahora es solo destacar que lo que transcurre es el dedo y no el símbolo. Aristóteles en su “Física” trata del tiempo a través de los números ordinales que marcan lo primero, lo segundo o lo tercero en el orden de la sucesión de un móvil. Por así decirlo, para él, en el caminar de un caballo hay duración, primero pasa la cabeza, en segundo lugar, el lomo y en tercer lugar, la cola. Eso es lo numerado del movimiento (lo primero, lo segundo, lo tercero… del movimiento de un cuerpo) y eso es el tiempo. Sin movimiento, sin un ente que discurra y cambie, no hay tiempo. Por eso, la definición de Aristóteles se basa en el movimiento de un ente, contado ordinalmente. Sin algo que cambie, estos números que implican sucesión no caben. Sea como fuere, es imposible no notar que el símbolo de “infinito” es sólo un grafismo (∞) y, como cualquier grafismo, es tan solo una señal que intenta golpear en una puerta que da entrada a un mundo anonadantemente misterioso.
Sapiens y muerte
Pero, sin ir tan lejos, el tiempo contado y obvio, como el 1, 2,3…, si es mucho, tiende a n y rompe con nuestro tiempo experiencial. Por eso es muy difícil concebir los 3.500 millones años en los que ha existido la vida sobre el planeta que llamamos “Tierra”. Hay algo sorprendente en esto: puedo imaginar tres vacas, pero no puedo imaginar seis vacas, porque se me separan en dos grupos de tres cada uno. Y, si no puedo imaginar ni tan siquiera seis unidades como tales, ¿cómo podría entonces imaginar o pensar 3.500.000.000 de unidades de un año cada una? Lo que quiero decir es que para pensar la vida y su evolución en la Tierra -evolución que solo significa “cambio” y no mejoría ni progreso- las capacidades temporales del sentido común son inútiles, pues ante esa cifra solo podemos balbucear que es realmente muchísimo tiempo. Por eso se le puede denominar “tiempo cósmico”, pues está en la dimensión de tiempo del universo, que son 14.000 millones de años.
No entraré a examinar si es justo y propio el que nos consideremos a nosotros mismos como Homo sapiens sapiens, es decir de sapiencia al cuadrado. Pero, lo que sí sabemos a firme, es que somos de aquellos seres vivos mortales. Sí, hay otros seres vivos que pueden desorganizarse y morir, pero que no necesariamente lo hacen. Pero nosotros, los sapiens sapiens, digamos lo que digamos, hagamos lo que hagamos y pensemos lo que pensemos, necesariamente morimos. Usted se preguntará quiénes son esos otros seres vivos inmortales. Parece una contradicción el que pueda existir vida sin muerte. Advierto, dado el contexto actual, y solo a quien necesite ser advertido, que los virus no son vida, por lo que tampoco la muerte les es aplicable. No puede morir lo que nunca ha vivido. Por eso el escritor español Francisco Umbral decía, “que dulcemente envejecen las cosas”. Pues bien, esos seres vivos que no necesariamente mueren y que según la bióloga Lyn Margulis son los dueños del planeta, son las bacterias. Una bacteria, después de cierto tiempo se divide en dos bacterias hijas, pero, nadie murió. No hay cadáver, solo transformación de uno (figuradamente más viejo) en dos (figuradamente bebes). Desaparece la madre pues se subsume en los hijos y, en vez de morir, simplemente se reencarna en dos clones idénticos, es decir ella dos veces. El que nosotros, y cientos de miles de especies, seamos mortales, es un tema que a los sapiens sapiens nos complica de sobremanera. Esto ocurre porque, nos guste o no, lo sabemos. Somos experiencia consciente y ese saber es parte esencial de esa experiencia. Siguiendo fábulas, pareciera que estamos hablando de la salida del paraíso. Nos referimos a ese árbol de fruto prohibido, de exquisita pulpa y, al mismo tiempo, portador del conocimiento y la ética. No obstante, comer el fruto del conocimiento, dulce y apetitoso, generó la ira del Dios tirano y vengativo, que entonces nos expulsó del Jardín del Edén, arrojándonos a tener que ser seres conscientes y a rodar por el mundo que él mismo había creado y del que casi nada sabíamos. Casi, pues teníamos claridad absoluta de un par de lúgubres certezas: nuestra vida es dolorosa (implica sufrimiento diría el Buda) y necesariamente dejamos de existir, es decir, llegamos a un enigmático “haber sido”. Esta última condición está garantizada sin ninguna ambigüedad: es cierta, ineludible y no admite excepciones. De allí, la fábula del paraíso perdido y la nostalgia de la inocencia y la inmortalidad.
Es notable que, desde ese despertar consciente, estamos afanados intentando revertir esa situación y buscando una religión, una ciencia o una filosofía que nos permita acceder a la vida eterna, lo que no es más que una negación pueril de la muerte. Sin embargo, el saber de la muerte nos hace ser lo que somos, y nos afecta, afectación que debemos llevar a cuestas mientras vivimos. Por lo mismo hablamos poco sobre la muerte. Entonces, usamos eufemismos como “fallecer”, que es apenas una caída (como fall en inglés o fallen, en alemán) u occiso, que también significa caída, aquella del sol que justifica la expresión occidente. La muerte, aunque silenciada en la vida cotidiana, es abundante en la reflexión y el arte. Para muestra unos botones: Las Cartas Sobre la Muerte de Séneca, el poeta latino, o toda la obra de Martín Heidegger y su ser-para la muerte, o toda la filosofía del absurdo y muchas más, como la contundente conferencia de Claudio Yaluff “Grandes frente a la Muerte”. Además, no existen religiones que no cabalguen en la mortalidad, negándola. La ciencia biológica, por su parte, no está muy lejos, pues sueña con manipular el cuerpo y conseguir, primero, la longevidad, y luego, la inmortalidad. Es decir, miremos donde miremos, seguimos inmersos en la fábula del paraíso perdido.
A la afectación que nos atrapa mientras vivimos, la llamamos angustia, es decir, estrechez. De ahí surge la palabra “angosto” y “angina”, por ejemplo. Estamos apretados, constreñidos por nuestra mortalidad. Nos comprime, nos quita espacio, aire y libertad. Nos obliga a vivir de bocanadas. Y además, es de una cristalina evidencia pues, para los sapiens sapiens, todos los caminos conducen a Roma, nombre que en este caso, significa el dejar de ser. Pero, me gustaría ser bien entendido, no hablo del “morir”, sino del vivir sabiendo que moriremos. Tiene razón Séneca: ¿Por qué temes tanto a la muerte -le escribe en su filosofía epistolar a Lucilio, su discípulo- si mientras no llega no es y cuando es, tú ya no?
Pero, ¿qué ocurre cuando la muerte acecha más desembozadamente que lo habitual? Ocurre que la angustia se hace también más consciente, abundante y masiva. Ocurre en las guerras, en las epidemias, y en las contaminaciones ambientales. Allí, la probabilidad de la muerte propia y la de los otros más cercanos y queridos aumenta mucho más allá de lo “habitual”. Sin embargo, aún en la más pacífica y bucólica de las vidas, siempre hay un momento en el que la certeza de nuestra mortalidad se hace presente como un “ahora, en cualquier momento”. Los mecanismos adaptativos suelen allí fracasar, pues están diseñados para saber de lo inevitable pero allá, muy lejos. “Nadie es tan viejo que no crea poder vivir un año más”, reza un dicho cuyo origen no recuerdo. Es evidente que, una cosa es saber que el dejar de ser “alguna vez ocurrirá” y otra, el que puede, de verdad, “estar ocurriendo ahora”. Eso es lo que define a una pandemia.
Sin embargo, permitámonos algunas distinciones. Con ciertas excepciones, más bien fantaseadas, las epidemias y las pandemias a lo largo de la historia humana son eventos naturales, lo que implica que siguen una dinámica que no ha sido diseñada ni tiene un propósito determinado, un “para qué”. Acontecen sin propósito ni finalidad. El Covid 19 no tiene como propósito matar seres humanos. Distintas son las guerras, las contaminaciones por codicia o afán destructivo de los sapiens sapiens, los genocidios y otros fenómenos “culturales”. Efectivamente, en la naturaleza (o en lo natural), incluyendo la vida, las cosas simplemente acontecen. No hay una mano detrás que las diseñe (como quien diseña una cabeza nuclear) ni menos tienen un “telos”, un destino o puerto imaginado por alguien, como ocurre cuando se quiere invadir un territorio y apropiarse de su riqueza. La diferencia entre naturaleza y cultura ha suscitado una efusión de muchos miles de páginas. Tal vez aquí agregamos algunas más. La naturaleza (toda y no solo la vida) posee organización y estructura, pero carece de diseño y finalidad. Esto quiere decir que la erupción del Vesubio en el año 79 de nuestra era, no estaba diseñada con la finalidad de sepultar a Herculano y Pompeya y matar a muchos miles de personas. Simplemente aconteció porque existían condiciones geológicas determinadas. La cultura, en cambio, posee siempre un diseño y siempre una finalidad: hay un objetivo, un propósito. Mire a su alrededor y verá que desde un zapato a una estación orbital, pasando por todo tipo de armas y maniobras políticas y bélicas, son “entes” culturales, pues tienen diseño y finalidad. Eso nunca ocurrirá en un tornado o en el choque de un meteorito sobre la superficie de la Tierra. Por decirlo en una frase, la naturaleza nos mata, pero jamás nos asesina.
Epílogo
El 99.9 % de las especies que han existido están hoy extintas. Es decir, la extinción es la regla, pero acompañada de la “especiación”, proceso complejo y muy poco conocido y para el que las teorías darwinianas han quedado hace rato obsoletas. Quizá si las hipótesis sobre adquisición de genoma (como la endosimbiosis) nos den una clave más coherente para el cambio y recambio de las especies en el planeta. Lo interesante de esto último es que estamos hablando del flujo de las moléculas de ADN y ARN a través de los seres vivos. El Covid 19, es un ente natural, y también lo es nuestro cuerpo. Ambos carecen de diseño y finalidad, con independencia de su complejidad. Ocurren como las mareas y son como son.