LAS PALABRAS Y LA SANACIÓN
(Trozos de un capítulo del libro autobiográfico "Las Cosas del Tiempo")
NOTA: Después de recibirme de médico-cirujano hice mi formación en psiquiatría con una Beca de la Universidad de Chile. Al cabo de un par de años renuncié a una carrera académica largamente atesorada, pues la dictadura militar había invadido todos los campos universitarios, lo que resultaba intolerable para mi vocación. Fue una decisión llena de sufrimiento y desgarro.
Una noche, en medio del insomnio habitual, me surgió un tipo de pregunta que, como aprendería más tarde, Heidegger habría denominado de aquellas que permiten ver “a través”: ¿qué habría hecho yo si no hubiese estudiado medicina y no tuviera formación especializada en psiquiatría? Lo curioso es que esa pregunta, antes de responderla, me produjo un alivio casi instantáneo de la angustia que solía inundarme a esas horas. La respuesta fue simple: habría estudiado filosofía.
Al día siguiente fui al Instituto de Filosofía de la Pontificia Universidad Católica de Chile, en el que trabajaban notables y destacados filósofos. Efectivamente, al tener una licenciatura en medicina, yo podía ser un alumno externo y tomar los cursos que quisiera, previo un pago en dinero. El Instituto estaba en el Campus Oriente de esa universidad. El Campus había sido un convento y la construcción era hermosa, con ladrillos a la vista y arcos romanos en cada recodo. Los patios centrales tenían el carácter de sitios de encuentro que se llenaban de estudiantes en los cambios de hora. En ese Campus estaba el Departamento de Filosofía, pero también los de Psicología, Teología, Estética y Derecho. Rodeaba el edificio un patio con palmeras y estaba ubicado en medio del barrio Ñuñoa, abundante en tilos y plátanos orientales.
Al ingresar esa mañana al Campus el aire me parecía especialmente limpio. Se respiraba una atmósfera muy diferente a la de hospitales y escuelas de medicina. En medio de esta arquitectura de remembranzas medievales nada de lo que ocurría parecía urgente. A la inversa, el tiempo desplegaba una medida enteramente distinta. Ingresé a la biblioteca de teología, situada en un subterráneo. Las estanterías contenían libros muy antiguos que parecían sacados de una escenografía histórica. Olían a polvo y a tiempo, pero no a tinta. Buscaba algunas de las obras de San Agustín, puesto que el primer seminario en el que me había inscrito era de filosofía medieval. Yo sabía que San Agustín había vivido entre los siglos IV y V d. de C., por lo que me llenaba de curiosidad estudiar con profundidad la obra de alguien que había vivido mil quinientos años antes de yo venir a la existencia. Me senté en una banqueta de madera antigua y empecé a hojear Las Confesiones. Ya en las primeras páginas sentí un cierto rechazo a una forma de reflexionar que partía de una base religiosa. Como señalé antes, carezco por completo de tales convicciones, a pesar de los esfuerzos de mi madre por mostrarme el camino de la iglesia católica cuando yo era un niño. Me pregunté entonces por qué había elegido temas de filosofía medieval, sabiendo perfectamente bien que lo fundamental de ese periodo del pensamiento humano es la concepción teocéntrica del universo, de la vida y de la humanidad. Mirado en retrospectiva y tomando en consideración mi propia historia, ahora la respuesta me parece evidente. Pero en ese momento de mi vida, y agobiado por el estado de ánimo que me embargaba, no podía interpretar claramente lo que me estaba ocurriendo, dejándome llevar por impulsos enteramente instintivos. Sin embargo, vagamente me parecía que algo relacionado con la búsqueda de sentido parecía esconderse en el fondo de mi conciencia. Efectivamente, mi vida había perdido sentido y yo estaba intentando reestablecerlo. El horizonte estrecho de los acontecimientos políticos de los últimos años y las miserias que asolaban a la humanidad parecían dominar el destino de todos. Eso era evidentemente verdadero. Sin embargo los seres humanos somos mucho más que las épocas o las personas. En conjunto formamos un relato muy extenso, relato que pasa completamente inadvertido en medio de los ruidos y los afanes cotidianos.
Aquella biblioteca no pertenecía al mundo que ajetreaba las calles de Santiago o de cualquier ciudad del mundo. Mi tiempo ya no era lo reciente de la ciencia, sino que se había ampliado a milenios. Estudiar el pensamiento de San Agustín era de cierta manera una mirada libre que abarcaba un larguísima historia de lenguas, reflexiones, sentimientos y formas de convivencia que, en conjunto, nos permiten ser parte de una epopeya mucho más rica y amplia que la que experimentamos en nuestra corta existencia individual.
El cura De la Noi era un sacerdote especial. En los pasillos se murmuraban descalificaciones y no rara vez se lo aludía como si albergara en su mente torcidas intenciones. Sin embargo esos comentarios, en su vaguedad, mostraban que eran inconsistentes y superficiales, y, en definitiva, rápidamente quedaba de manifiesto que esas personas al parecer no sabían muy bien de qué hablaban. Las lecciones vividas en el ámbito psiquiátrico me habían generado una buena inmunidad contra la maledicencia y, por lo mismo, jamás presté oídos a esos comentarios. De la Noi se había dedicado por completo al estudio de San Agustín y a atender su parroquia en un barrio periférico de Santiago. Todos los años pasaba una temporada en un monasterio de Francia estudiando y, seguramente, respirando el aire sereno de ese tipo de instituciones. Jamás intentó persuadirme de sus ideas religiosas, sino solamente acercarme al pensamiento del filósofo cristiano. Tal vez De la Noi representaba para mí el terreno de la fe, el que me había estado vedado desde siempre por razones que ignoro. Más bien, me costaba entender que alguien pudiera profesar ese tipo de convicciones, las que requieren renunciar a las preguntas fundamentales que nos acosan permanentemente. Pensaba: si la vida eterna es el sentido fundamental de la existencia humana entonces nada tiene verdaderamente sentido. Esta paradoja era para mí insoluble, a pesar de lo extraviado que me sentía y del profundo sufrimiento que me agobiaba casi permanentemente.
Tal vez en ese punto de mi vida sentía una gran necesidad de ser acogido y de creer que lo que ocurría, esa angustia compleja y amenazante, en definitiva tendría un resultado hacia el desarrollo y no hacia la destrucción. Y eso era una búsqueda de algo parecido a la fe religiosa. En diferentes oportunidades deseé ser iluminado con el sentido religioso de la vida que yo veía permanentemente alrededor. Sin embargo las cosas no ocurrieron de esa manera. Más bien, mi confianza en el ser humano se restituyó poco a poco, en la medida en que me iba adentrando en los estudios filosóficos. El primer trabajo que hice fue una investigación del concepto de comunicación en San Agustín, un tópico que sentía relacionado con mi experiencia clínica y psicoterapéutica. La mayor parte de los seres humanos sentimos soledad y tenemos necesidad de estar en contacto con otros que nos amen en alguna forma. “Como quiera que cada hombre concreto es porción del género humano y la misma naturaleza humana es condición social, se sigue de ello una grande excelencia natural, como es el vínculo solidario de amistad entre los hombres”, escribía San Agustín en Del buen matrimonio. No obstante, esta vinculación es compleja, puesto que el otro se nos muestra, pero al mismo tiempo se oculta a nuestra mirada, y lo mismo hacemos nosotros con él. Hoy muchos conciben el lenguaje como la capacidad que hace humanos a los humanos, y esto está lejos de ser una novedad en la historia del pensamiento. San Agustín pensaba que la efectiva unión entre los hombres requiere del lenguaje, pues, a su vez, el lenguaje surge de esa necesidad de estar vinculado. El ser humano se vio en la necesidad de poner vocablos a las cosas para superar la imposibilidad de la comunicación directa con el otro, es decir, usó los sentidos como intermediarios para la unión espiritual. Lo notable es que ese verbo que se torna palabra no es una creación personal, sino la presencia del Verbo al interior de cada ser humano. El Hijo de Dios Padre es el Verbo, y es Él quien habita la intimidad de cada uno. Esta afirmación de San Agustín chocaba con mi sensibilidad pues me parecía la expresión de una creencia y no de un pensamiento filosófico propiamente tal. Lo conversé con De la Noi. Él no pareció sorprendido por mi pregunta, más bien parecía esperarla. Me dijo entonces que, aun eliminando todo concepto o creencia religiosa, el lenguaje no es inventado por cada persona, nos viene de fuera hacia dentro. Nadie inventa el lenguaje, sino que lo encuentra hecho. “Tal vez cuando estudies a Heidegger, agregó, sentirás que él dice lo mismo y a él le creerás”.
El seminario empezaba a mostrar ribetes mucho menos obvios de los que creí al principio. San Agustín se expresaba poéticamente en su prosa y esto adicionaba una dimensión estética a su pensamiento cuyo encanto era difícil de resistir. “La palabra que fuera resuena signo —decía— es la palabra que dentro esplende. Así nuestro verbo se hace en cierto modo voz del cuerpo para poder manifestarse a los sentidos del hombre. Nuestro verbo —concluía— se hace palabra vistiéndose de sonido, no convirtiéndose en él”. Y, este verbo, es anterior a toda proposición lingüística; no es griego ni latín, ni pertenece a idioma alguno. Este verbo, a diferencia de la palabra dicha, no se oye, sino que se ve en la percepción inteligible con los ojos del espíritu. Por eso es inútil hablar a quien no puede ver interiormente. El verbo, la comprensión que esplende internamente, está primero en quien dice y luego, mediante su encarnación en palabra, llega al otro y comienza a estar en ese otro lo que antes no estaba. Sin embargo, aun habiendo salido hacia el otro, el verbo permanece en el origen, en el espíritu de quien dice. Del mismo modo, mirado religiosamente, el Hijo de Dios encarnado viene a nosotros como Verbo y habita nuestra intimidad y nuestra temporalidad, pero siempre permanece, sin tiempo, junto al Padre.
Pocos años después apareció un pequeño librito que haría época en la biología contemporánea, llamado De máquinas y seres vivos, escrito por dos notables biólogos chilenos, Francisco Varela y Humberto Maturana. Me interesa señalar aquí que el concepto de comunicación que estos biólogos acuñaron está basado en la idea de que nada se traspasa de una persona a otra, sino que lo que una hace gatilla o no repercusiones en el sistema cerebral del otro, sistema que, en este sentido, es cerrado. Habría sido una sorpresa para estos autores el saber que mil quinientos años antes San Agustín lo había planteado con toda claridad en De la Santísima Trinidad: “Cuando dirigimos la palabra a otros, añadimos a nuestro verbo interior el ministerio de la voz o algunos otros signos sensibles, a fin de producir en el alma del que escucha, mediante un recuerdo material, algo muy semejante a lo que en el alma del autor permanece”.
Estas palabras de San Agustín me parecían llenas de sentido. En sus Homilías se refería exhaustivamente al Evangelio de San Juan, cuya conocida primera frase es intrigante por sí misma: “En el principio era el Verbo, y el Verbo estaba en Dios, y el Verbo era Dios”. No obstante, si el Verbo es el Hijo, el Padre necesariamente es anterior y mayor que Él. ¿Cómo puede un hijo tener con su padre una existencia simultánea? El Hijo no es hechura, responde San Agustín. Todas las cosas fueron hechas por el Verbo, pues en el principio existía ya el Verbo y ningún antes puede existir sin tiempo que, como todas las cosas, fue también hecho por el Verbo. Y el Verbo estaba en Dios porque era Dios. Luego, Hijo y Padre son coevos, como el narciso y su imagen en el río.
Más que convencerme, esta argumentación me sorprendía por su fuerte carácter ontológico: Dios y el Verbo son. Sin embargo, además, el Verbo está. ¿Y qué es “estar”, en nuestra lengua? Para los idiomas que carecen de una diferenciación entre el verbo ser y el verbo estar (la mayoría, por lo demás), hay algunos conceptos que se expresan de manera muy difícil. En castellano, en cambio, estar es existir “aquí”, es decir, es existir encorporizadamente en el mundo, y por lo mismo, en algún lugar del espacio. El Verbo se encorporizó en un “aquí” (una época y un lugar específico y particular): eso es Jesús de Nazaret. El “aquí” del estar toca al “ser”, pero no al simple hecho de ser, sino de ser encarnadamente. Ese “hecho” básico y fundante es la facticidad, la que también define a los seres humanos: cada ser humano, como Cristo encarnado, tienen un carácter irrepetible, es una singularidad en medio de un mundo de espacio, tiempo, otros y cosas.
Lo que aquí atisbaba San Agustín era lo que Martin Heidegger siglos después llamaría la “diferencia ontológica”, es decir, la diferencia entre ente (la hechura, la encarnación de todo lo que existe en el universo) y ser, ser que, en último término, se oculta detrás del ente que funda.
Mis mañanas habían cambiado y poco a poco se estaban llenando de encanto. Aparte de Las Confesiones, obras como Contra Maniqueo o la Ciudad de Dios me producían agrado y me hacían abandonar las pequeñas cosas del mundo cotidiano. Pronto empecé a sentir la necesidad de aprender latín, pues las ediciones de algunas de las obras de San Agustín eran bilingües y preservaban el original en latín. Pero eso eran palabras mayores, especialmente porque mi tiempo estaba ya muy ocupado con los estudios y mi trabajo profesional como psiquiatra.
Asistía con regularidad al campus a seminarios y cursos que cada vez me complacían más, y en las tardes atendía mi consulta, la que lentamente progresaba y a la que ahora acudían suficientes pacientes como para no tener grandes zozobras económicas. Empecé a sentir que mi situación era privilegiada. La dictadura aplanaba todo lo que tocaba, y la mayor parte de las personas se daba cuenta que esta situación podía durar muchos años, lo que ponía un manto de tristeza sobre el país, con la excepción de aquellas personas y grupos que eran francamente partidarios del régimen. Sin habérmelo propuesto en esos términos, yo estaba aprovechando bien estos años de silencio cultural, intentando comprender algo de lo que las más notables inteligencias de la historia humana nos habían legado desde hacía varios milenios.
Por otra parte, las personas que me consultaban como psiquiatra me interesaban de una manera cada vez más real y sincera: era muy gratificante conocerlos en la autenticidad de la comunicación terapéutica e intentar ayudarlos hasta donde mis capacidades lo permitían. Durante mi estada en el Departamento de Psiquiatría de la Universidad de Chile, gran parte de la actividad clínica era compartida. En la consulta privada, en cambio, estaba aprendiendo a establecer una relación terapéutica con cada uno de mis pacientes sin que intervinieran allí otros colegas, reuniones clínicas, supervisiones o extensos historiales clínicos al alcance de otras personas de la planta médica y psicológica. En alguna oportunidad Max (uno de mis maestros en psiquiatría) me había advertido que casi todo lo importante que nos pasa en la vida parece venir antes de que estemos plenamente preparados. Exactamente era lo que me había ocurrido. La brusca salida de la universidad y el tener que trabajar privadamente fue un paso jamás pensado. Me sentía al principio inseguro de mis capacidades terapéuticas, las que, como es fácil comprender, son muy distintas a las capacidades académicas. Mi formación como psicoterapeuta en el Hospital del Salvador ahora me parecía un tesoro, pues comprendía que era imposible ejercer la psiquiatría si no se ejercía simultáneamente la psicoterapia.
En ese momento mi visión de la psiquiatría se había ampliado considerablemente y me parecía que todo lo que estudiaba en filosofía era perfectamente coherente con ella. Hasta el momento, el concepto que San Agustín tenía de la interpersonalidad —eliminando el coeficiente religioso— me resultaba inspirador en mi contacto con los pacientes. Al mismo tiempo, la psicología y la psicoterapia despertaban en mí la necesidad de profundizar en muchas de sus áreas. No recuerdo bien cómo, pero casi sin darme cuenta me conecté con algunos amigos que trabajaban en el Departamento de Psicología en el mismo Campus Oriente de la Universidad Católica, lo que tendría afortunadas consecuencias en los años que siguieron y que serán narradas más adelante.
Después del seminario de Filosofía Medieval tomé el curso de Filosofía Moderna que dictaba Rolando Salinas, un notable y destacado filósofo que se había formado en Bélgica en la Universidad de Lovaina. Las clases eran muy temprano en la mañana, y al no disponer de calefacción, el campus en invierno era definitivamente frío. Sin embargo, en vez de ser esa situación un inconveniente, me producía un curioso agrado. Acudíamos con ropa gruesa y guantes y nuestra respiración se condensaba en el aire en trazos blancos que se extinguían después de un momento. No rara vez pensé en nuestra precariedad como seres vivos, puesto que la respiración visible hacía manifiesta nuestra necesidad, cada pocos segundos, del aire que nos rodea. Lo que digo es evidente, pero allí se hacía patente. Nadie puede dejar de respirar y la atmósfera es una fuente permanente de soporte para la vida. Sin embargo, en medio de ese frío, la mente estaba especialmente alerta a las exposiciones de Rolando, que eran elocuentes y muy bien diseñadas.
No había en él el menor rastro de pomposidad, sino más bien una sencillez llena de encanto.
El pensamiento medieval tenía como axioma la primacía del poder espiritual sobre el terrenal, lo que conducía a que todo el sistema humano resonara en la misma cuerda. Si hubiésemos de expresarlo de una manera algo ruda, diríamos que las cosas parecían estar claras. El centro aglutinante era la fe religiosa, la que en definitiva indicaba el sentido del universo junto al sentido del ser humano y de sus estructuras sociales. Del mismo modo que en la antigüedad romana nacer servus o liberi era una condición jamás puesta en duda, el pensamiento teológicamente centrado excluía la incertidumbre: Dios preside el universo y entrega la revelación en la escritura que mediante la fe toma la forma de la verdad. Me resultaba difícil imaginar un mundo en el que, a pesar de la miseria y de la opresión desenfrenada de los más humildes, todo pareciera estar en armonía. Para la teología era natural pensar a Dios como el Ser sumo del cual los entes (las cosas y los otros, las “hechuras” de San Agustín) participan en la forma de una jerarquía. Dios, los arcángeles, los ángeles, los seres humanos, los animales, las plantas y la materia inanimada, participan de este ser divino, en ese orden, sin jamás alcanzar la plenitud de éste, pero, también, sin ponerlo en entredicho. Este mundo ordenado hacía parecer natural que hubiese amos y esclavos, dominadores y dominados, ricos y pobres. Aquí también la escalerilla jerárquica era la forma indiscutida de comprender las relaciones sociales. Este pensamiento me parecía como una manera de explicar los fenómenos sociales y culturales, es decir, las formas en que se establecen las relaciones de poder y de rango social entre los seres humanos. Tal vez por lo mismo, la filosofía y su infatigable deseo de explicar ha tomado distintas formas a lo largo del tiempo histórico, aunque aquello a explicar, en esencia, son unos pocos fenómenos que se repiten en distintas épocas con gran regularidad.
Me daba cuenta que la filosofía, de la que yo gozaba en todos sus aspectos, había sido desarrollada por un pequeño grupo de seres humanos a lo largo de la historia y que no tenía mucho que ver con la forma en que la mayoría de las personas viven sus experiencias básicas. Más bien, la búsqueda filosófica de coherencias era una necesidad de cierto tipo de personas, puesto que otros simplemente organizan el sentido de sus vidas de una manera práctica que depende de cada época, de cada circunstancia y de cada persona en particular. Esta idea provenía en parte de mi experiencia psicoterapéutica, puesto que las personas que buscaban mi ayuda y de las cuales yo conocía la historia de sus vidas, solían establecer relatos acerca de ellas fuertemente impregnados de vida cotidiana. Sin embargo, me parecía que cada persona y época experimentan la necesidad de luchar —de cualquier modo y con diversos instrumentos psicológicos— contra la insignificancia y la carencia de sentido. Así, creer que nuestra existencia tiene importancia y que la época en la que vivimos implica situaciones cruciales para la historia de la humanidad parece ser una necesidad de la experiencia vital de los seres humanos. Esto me era por entero aplicable: yo había creído que mi actividad académica y su frustración eran trascendentes, y no sólo un episodio trivial en la vida de una persona corriente y, en ese sentido, insignificante. Por otra parte, pensaba que la época en la que vivía, grosera y pedestre, era notablemente anómala. Esto último, en privativo, afirmaba que, a pesar de todo, yo también creía en la peculiaridad e importancia del periodo histórico que me rodeaba.