PALABRAS


Tal vez los filólogos debieran llamarse arqueólogos, pues no sólo aman el ‘logos’, entendido (aunque restrictivamente) como discurso o lenguaje, sino que buscan el principio, el origen y el poder de la palabra. Y eso es arqué. Pero, lo que inspira esta líneas, es el lenguaje transfigurado en arte. Habitualmente parloteamos en abundancia pero lo hacemos usando el lenguaje como un instrumento, como el desatornillador o el abrelatas. Sin embargo, cuando el personaje creado por Ricky Gervais (creador, director y actor de la serie After Life), viudo, ante la afirmación que sostiene que su mujer no está en lugar alguno, responde: ‘prefiero estar con ella en ningún lugar, que estar en un lugar sin ella’, está haciendo una figura que, usando palabras, las trasciende por todos lados. Eso significa que las palabras nos empujan más allá de ellas y nos abren un espacio semántico amplísimo. Efectivamente, el ‘lugar’ en el que se está, implica no solo ‘ser-ahí’ como decía Heidegger, sino ser encarnadamente, en este limitado tiempo y en este limitado y específico trozo de universo. Eso es estar para los hispanoparlantes: un existir inevitablemente encorporizado. El ‘no lugar’, en cambio, es un eterno ubicuo: no sólo ahora aquí, sino siempre y en un topos sin límites. Cuando Irene Vallejo escribe: ‘silenciosamente las bibliotecas han ido invadiendo el mundo’, está diciendo que el lenguaje escrito, no sólo es mudo, sino que, en su aparente pasividad, sigilosamente penetra, en medio del parloteo, hasta los poros más finos y se difunde mediante mecanismos misteriosos. No nos damos cuenta, pero estamos penetrados por el arte de la palabra o, al menos, la reconocemos al sentir, por ejemplo, que nos conmociona leer al poeta Rilke decir: ‘Más allá de las altas cumbres está el silencio’.

¿Qué agrega la voz a las palabras? El poeta analfabeto de la antigüedad se constituye con una musicalidad expresa, que suma al empuje de las palabras, el empuje del ritmo y de la melodía. Lo inexplicable es que la palabra escrita pueda hacer lo mismo, y tal vez más profundamente, pero en silencio, ese que está más allá de las altas cumbres. En frases memorables, dichas en la mesita de un café, escuché a un notable poeta decir: ‘El escritor, cuando habla, destroza. El poeta cuando habla, dramatiza. El poeta requiere de un juglar y el novelista de un lector mudo sumido en el silencio’. Hay excepciones, como en todo, pero asombrosas, en las que escuchar a un escritor(a), es como leerlo(a); y leerlo(a) es como escucharlo.

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