CRÍTICA CLANDESTINA A ROBERTO BOLAÑO
No conozco a alguien que haya leído completa y concentradamente las más mil páginas de 2666 de Roberto Bolaño. O que en la página 900 se acuerde de la página 2. Tal vez si alguien lo dice, no le creo. Tampoco yo lo he hecho, aunque, para ser completamente verídico, debo confesar que aflojé sólo en los capítulos finales. Roberto Bolaño fue un escritor talentoso, prolífico y, de cierta manera, sabio. Sin embargo, al leer El Nocturno de Chile y la primera parte (La parte de los críticos) de 2666, empecé a sentir una cierta irritación. Haciendo uso de los derechos del lector, dejé la lectura de esta última obra, al menos por un tiempo. Me pregunté durante varios días cuáles eran las razones o los sentimientos que justificaban esta irritación. Tengo claro que justificar es una mala manera de decir lo que ocurre en estos casos. Prima una confusión, pero no intelectual, sino afectiva. Hay algo que no calza, algo que por momentos me pareció abusivo. Recordando a los personajes de pronto me asaltó la idea de que Bolaño no los respetaba. Pero tampoco al lector. Pareciera siempre estar contando un chiste, largo. Me tiento, y lo imito: “Hermindia llegó después de tres años, sin tocar el timbre. La puerta del departamento se abrió sin rencor, mientras la luz gris del pasillo se colaba como volutas de humo fumadas por los millones de habitantes de Madrid. Saludó sin emoción y su cuerpo no hizo nada semejante a un gesto de reencuentro. El gomero de la esquina del living del pequeño y cuadrado departamento, se meció al compás del aire que entró de manera indiscernible, y sus hojas, habitualmente mustias, tenían un esbozo rítmico de erección. Los muebles estaban como ella los había dejado, pero los miró como si los viera por primera vez, al parecer reparando en su ordinariez de segunda mano y su imposible combinación con nada de lo que allí hubiese. La ventana tenía la cortina a medio abrir y a medio cerrar, por la que entraba una especie de luz desangrada. Tirando los zapatos de tacón y punta recortada para airear los dedos, al metro cuadrado del vestíbulo, se dirigió a la cocina, la miró con asco y se preparó un café. Yo estaba en la cama. Hicimos el amor hasta la madrugada, y entonces, a la mortecina luz del amanecer, sumado a la ampolleta de 40 watts, que le daba un toque amarillento oriental a todo lo que tocara, me di cuenta que Hermindia no solo no me gustaba porque era flaca y huesuda sino también porque su piel ajada olía a sudor, y…”
Es difícil respetar a un autor que no respeta a sus personajes y que tiene vocación de cómico. Otra cosa es que sean personajes detestables, crueles o muy poco dotados. La transfiguración no aparece, sino que surge algo semejante a la caricatura. Construye con maestría a personajes que en definitiva son estúpidos sofisticados y que circulan en un mundo de palabras y actos recortados, insensatos, rebuscados y, al mismo tiempo, planos. Me llevará un tiempo cicatrizar la sensación de que, en la pluma de Bolaño, todos los personajes se parecen. Son tal vez uno sólo. O él. El punto sensible es que no se puede articular lo mismo con lo mismo, pues al final queda todo detenido, no pasa nada, y el lenguaje empieza a tener un sospechoso aroma a relleno. Como me ha pasado muchas veces, es posible que en una segunda lectura cambie absolutamente de opinión. Eso, que Zadie Smith usa para titular como Changing my Mind su último libro de ensayos. También forma parte de los derechos del lector.