PROCESO CONSTITUYENTE



PROCESO CONSTITUYENTE

CONSTITUIR significa establecer, erigir, fundar. Refundar es volver a fundar lo que ya tiene un fundamento, fundamento que se quiere eliminar en tanto fundante y sustituir por otro. Se supone que este nuevo fundamento deberá sostener y regular una estructura social determinada. Si la idea no es sustituir el fundamento constitucional actual, el proceso de constituir deja de ser tal, pues ahora se trata de reformar, ajustar, precisar o enmendar lo que ya existe. A esto último no se puede denominar ‘proceso constituyente’, sino ‘reforma constitucional’. Y, una reforma constitucional no requiere un ‘consejo constituyente’, sino sólo un ‘consejo reformador’, cuyos mecanismos de operación están definidos por los fundamentos que ya existen y que, por lo tanto, no los cambian, sino que, al revés, se basan en ellos.

Este juego de palabras, para aquellos que creen que las palabras crean ‘realidad’, debiera suscitar algún interés. Sin embargo, esa capacidad de la palabra no se extiende a ninguna cosa radical como, por ejemplo, el manido decir ‘hágase la luz, y la luz fue hecha’. Si los sufrimientos humanos pudiesen ser resueltos con un buen discurso, hace mucho que no existirían o habrían sido anulados por las primeras palabras del Homo sapiens sapiens.

Las ‘constituciones’, desde luego, están hechas de palabras. En este caso se supone que estas palabras fundantes y estructurantes constituyen las bases de una estructura social determinada. Pero, del mismo modo en que la luz no se hace diciendo que se haga, la estructura social no se crea porque se lo diga en una ‘carta fundamental’.

La pregunta que emerge con fuerza entonces es: ¿cómo se constituyen y evolucionan ‘realmente’ las sociedades humanas, y qué papel juega en eso el lenguaje? Para aproximarse a esa dinámica, no basta con estudiar las constituciones que han existido, ni lo dicho o escrito acerca de las sociedades humanas. Seguramente nada basta para esa tarea, puesto que la ‘realidad’ social no solo no está escrita, ni está hecha de palabras, sino tan solo ocurre, acontece, de la misma manera en que ocurre todo lo que existe en el universo y cuyas leyes distan mucho de estar a la vista. Nadie puede gobernar con palabras la historia ni la evolución cultural, física o biológica de los seres humanos. La creencia de tal capacidad del lenguaje, es una ingenuidad que no resiste análisis, pues es evidente que la luz no fue hecha porque alguien dijera: ¡Hágase! Por lo mismo ¿no parece entonces necesario, antes de crear palabras ‘reguladoras’, intentar comprender eso que acontece socialmente, es decir, intentar barruntar sus ‘leyes’, sus constancias y sus cambios? Esto lo saben claramente los historiadores, los antropólogos y los sociólogos. Pero, ¿se puede construir una teoría social si no se parte de los hechos sociales? Esto significa: de aquello que efectivamente acontece en las organizaciones sociales. Si no se parte de los hechos sociales, se corre el riesgo de intentar comprender lo que no existe.

Sin embargo, los fenómenos sociales no son ‘cosas’ que estén allí a la vista de quien quiera mirarlos. Para nadie es un misterio que tales hechos no pasan de ser narraciones ‘dichas’ por alguien, con los sesgos monumentales que eso inevitablemente conlleva. Y este es el gran drama de todas las ciencias, naturales y humanas. ¿Cómo tener acceso a una realidad en sí, que no sea una ilusión metodológica? El recurso de pretender eliminar de la observación al observador ha mostrado su carácter falaz hace ya mucho tiempo. Lo mismo ocurre con aquellos que desean pensar “desde fuera de la ‘caja’”.

Efectivamente, los seres humanos estamos atrapados en el ‘punto de vista’, es decir, en lo que podemos percibir a partir de lo que somos y del lugar en el que estamos parados. No ve mismo un cocodrilo que un ser humano, y tampoco si lo hacen desde la quebrada o desde la cima de la montaña. Por lo mismo, todo lo que se diga sobre la organización social deberá, al menos, intentar especificar desde dónde y quién dice lo que dice. Y esto es muy difícil porque somos prácticamente ciegos a quiénes somos y al lugar desde el que hablamos. ¿Quién reconoce que habla desde sus intereses económicos, desde su ambición, desde su envidia o desde su desprecio e indiferencia frente a los otros seres humanos?

Pero, ¿qué tiene que ver lo dicho con los fenómenos políticos y con los procesos constituyentes que pretender ser su esencia? Mucho. Sabemos que junto con la polis nace la política, entendida como la teoría que intenta comprender, y desde allí, ordenar y regular las relaciones de convivencia entre los seres humanos (politeia). Por lo mismo, para escribir una constitución no basta solo con tener un punto de vista sino, de manera esencial, se requiere la capacidad, en medio de las limitaciones de cualquier ‘punto de vista’, de generar un modelo teórico, o al menos un discurso que oriente con alguna consistencia la praxis política. ¿Es demasiado exigir que los partidos políticos hagan explícitas la estructura lógica, las suposiciones metodológicas y las implicaciones de la teoría social que, suponemos, los justifica (eso que llamamos ideología)? Parece que es demasiado. Es como pedir que nos comportemos sobre la base de alguna teoría del ‘inconsciente’. Por lo mismo, no es extraño que no logremos diferenciar las teorías sociales que subyacen a los múltiples partidos políticos y movimientos sociales, pues es evidente que, con algunas excepciones, simplemente carecen de ellas.

No es sorprendente entonces que, en los hechos, la eterna disputa política no sea una confrontación de modelos teóricos ni de ideologías. Por ello, cabe preguntarse de qué se trata entonces. Creo que no es muy difícil ver que, en lo fundamental, la actividad política se orienta hacia la obtención de poder.

El poder

Si así fuera, entonces estamos obligados a preguntarnos ¿qué es el poder? Algunos, en apariencia, lo han hecho y han escrito libros sobre sus leyes. Pero estas leyes son la forma de obtener y mantener ese poder inefable, pero nada dicen sobre el poder mismo. A lo más se remiten a decir que ‘el poder puede’. Esa simplificación obliga a preguntarse, ¿puede qué y para qué? Con el ‘amorfo’ e inaprensible ‘poder’ se ejecuta algo, se lleva a cabo algo, presumiblemente para obtener más de ese mismo algo. Tal vez eso parezca comprensible. Pero, ¿no ejecutamos y llevamos a cabo cada uno de nuestros actos, como caminar, rascarnos o cantar? ¿Estamos, en esos casos ejerciendo ‘poder’? Es evidente que no nos estamos refiriendo a eso cuando decimos ‘poder’. El poder al que nos referimos parece tener una connotación diferente. ¿Cómo ‘podemos’ hacerla patente? Posiblemente hayan muchos caminos para eso, y con toda seguridad muchos (o todos), no sean más que callejones sin salida. En este caso nos ocurre lo mismo que sentenciaba San Agustín respecto del ‘tiempo’: “todos sabemos lo que es el tiempo, a menos que tratemos de explicarlo”.

Pero, paradojalmente, aquello que sabemos pero que no podemos explicar en palabras, puede encontrar un camino de repuesta en las palabras mismas. Efectivamente, el lenguaje no crea desde la nada, pero arrastra sabiduría debajo del poncho.

Intentémoslo.

La palabra ‘poder’ viene del latín vulgar posere, y este de potis, el que a su vez tiene su origen en la raíz indoeuropea poti. Y ¿qué significa poti? Significa ‘amo’, ‘dueño’. De ahí surge la expresión griega posis, para referirse a ‘esposo’. El ‘poderío’ no es otra cosa que ‘dominio’ e ‘imperio’. Y aquí nos encontramos con algo sorprendente. Dominio en castellano deriva del dominus latino. Efectivamente, en el Imperio romano, los seres humanos nacían dominus o servus, es decir amos o esclavos. Los hijos de los amos eran amos, y los de esclavos, esclavos. No había meritocracia ni movilidad social alguna. Pero una higuera o un cordero no son ‘esclavos’. Amo y esclavo son figuras de relación entre seres humanos. Por lo mismo yo puedo realizar infinitos actos y usos cuyo referente son ‘cosas’, pero a las que jamás denominaría ‘esclavas’.

Es tentador desviarse en este punto hacia el ‘esposo’ masculino y su relación con las ‘esposas’ de los policías, como también hacia el ‘yugo’ de los cónyuges, o hacia los bienes, llamados ‘patrimonio’ y también a aquello que denominamos ‘matrimonio’. Del mismo modo, y que probablemente alguna vez dejará de ser una ‘reflexión pendiente’, los temas de la paternidad y de la maternidad.

Pero, resistiendo, podemos decir entonces que el poder es lo que ejerce el amo respecto del esclavo. Es conocido que este tema tiene amplios y complejos desarrollos culturales, especialmente filosóficos. Todos han escuchado acerca de la ‘dialéctica del amo y el esclavo’ de Hegel en su Fenomenología del espíritu. No obstante, este es un artículo de opinión. Si el lector se interesa, las obras de Hegel y otros están a la mano.

Lo que sí podemos decir para concluir, es que una Constitución no tiene otro objetivo que legitimar y estructurar el poder de unos seres humanos sobre otros. Es natural objetar que si bien eso es cierto, en la actualidad ese proceso es democrático y representativo. Mas, ¿es posible una democracia representativa? 

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