LA TÉCNICA
La ‘técnica’ no es ‘ciencia’ en un sentido estricto, pues no busca la ampliación del ‘conocimiento’, sino una purificación metódica del ‘hacer’, eliminando el ruido, los flecos y los sobrantes, con la idea de depurar la acción para lograr eficazmente un objetivo. Esto ha ocurrido desde el primer garrote hasta un acelerador de partículas. Y, ¿qué es hacer? Hacer es ‘llevar a cabo’, ‘realizar’. Por lo mismo, los útiles o herramientas con las que se realiza algo deben ser construidas ‘para’ facilitar esa realización. A estos instrumentos, en la cuna de la civilización occidental, se los denominó pragmata, que en castellano tiene su equivalente en la palabra ‘útil’. Y esta palabra es muy expresiva, puesto que significa ‘lo que sirve’ para algo. El desatornillador implica al tornillo y este, fijar, por ejemplo, las patas de una mesa. Lo curioso es que el desatornillador está determinado por su utilidad para algo que no es él mismo. Sin tornillos no cobra existencia el desatornillador. La ‘fabricación’ se refiere, en general, a ‘cosas’ materiales y es lo que define el Homo faber que algunos consideran uno de los aspectos más relevantes del Homo sapiens. Sin embargo, los ‘instrumentos conceptuales’, con algunas particularidades, entran también en esta estructura. Pero las palabras no son siempre históricamente claras. Efectivamente, este ‘llevar a cabo’, propio de la praxis, se entronca con la poiesis platónica, pues esta consiste en hacer pasar lo no-ente a ente. Es decir, hacer pasar lo no existente a existente. Los aviones no existían hasta hace un poco más de un siglo. Fueron ‘construidos’, y eso es fabricar y también crear. Los ‘entes culturales’ difieren de los ‘entes naturales’ en que tienen, no solo organización y estructura como estos últimos, sino también diseño y finalidad, es decir, son entes ‘construidos’(1). La naturaleza no tiene tecnología ni propósitos (paras): un meteorito no viaja hacia la tierra para extinguir a los dinosaurios. La naturaleza meramente ‘ocurre’. En cambio, ningún ente cultural ‘simplemente’ ocurre. Su PC está ahí porque fue diseñado con un propósito, con un ‘para’ algo.
Es evidente que la cultura está hecha de creaciones y construcciones que crecen de una manera geométrica y que van desde la piedra afilada hasta las bombas nucleares.
Tanto el arte como la ciencia tienen una estructura diferente, aunque usen tecnología de manera preeminente. No podemos abordar ahora este tema pues nos desviaría de lo que hoy queremos decir. Baste con señalar que una cosa es un telescopio, de compleja tecnología, y otra la materia oscura o las teorías sobre el inicio del universo. Una cosa es el teléfono celular y otra el sentido de la comunicación buscada. El telescopio no hace teorías acerca de la materia oscura o del concepto de Big Bang. Esto último le corresponde a la ciencia. El celular no crea lo que se escribe o dice, pero lo facilita y a la vez lo limita y, en vez de ‘ser’ un medio creador de mensajes, como suele repetirse, es solo un condicionante. Es curioso que la tecnología, concebida como de utilidad instrumental por excelencia, en muchos casos, puede generar obstáculos y una patente limitación. Piense en cuánto tiempo de su vida está destinado, mediante claves interminables, a enderezar, instalar, afinar o a hacer funcional un equipo electrónico digital.
Lo que hoy nos interesa destacar es la explosión tecnológica, su proliferación invasiva y sus desechos inevitables y tóxicos para la vida en los últimos 200 años. Heidegger, siempre solícito en aportar al pensamiento, consideraba a la técnica como el resultado del ‘pensamiento calculador’, es decir, del pensamiento que desafiando a la naturaleza saca cuentas y calcula ganancias y éxitos.
Ya anciano, en el texto Serenidad (2), sostiene que la naturaleza, “mediante el pensamiento calculador, se convierte en una estación gigantesca de gasolina, en fuente de energía para la técnica y la industria modernas” (pp. 22-23). Efectivamente: ya no la montaña, sino recursos mineros, ya no el bosque, sino recursos madereros, ya no el océano, sino recursos pesqueros, ya no el río, sino recursos hídricos, y así. De cierto modo nos hemos quedado sin paisaje. Heidegger, cuyo texto sobre la técnica fue escrito inmediatamente después de las bombas que destruyeron Hiroshima y Nagasaki y que mataron a más de 250.000 personas y dejaron heridas a otra enorme cantidad, se preguntó: ¿cómo podría llegar a dominarse la enorme magnitud de la energía liberada? La técnica ¿se desarrollará sin poder ser detenida en parte alguna? “Estos poderes –continúa– que en todas partes y a todas horas retan, encadenan, arrastran y acosan al ser humano bajo alguna forma de utillaje [conjunto de útiles] o instalación técnica, hace ya tiempo que han desbordado la voluntad y capacidad de decisión humana porque no han sido hechos por el hombre” (Ibídem, p. 24).
Lo que inquieta a Heidegger es que el ser humano no está preparado para esta transformación universal o, lo que es igual, “que aún no logramos enfrentar meditativamente [subrayo] lo que se avecina” (Ibídem.) Así, el ser humano de la era atómica se vería indefenso y desconcertado ante la “prepotencia” de la técnica.
La respuesta que Heidegger da a este drama consiste en enfrentar el “pensamiento calculador”, propio de la técnica, con el “pensamiento meditativo”. No se trata por lo tanto de arrinconarse como un ermitaño o de arremeter ciegamente en contra del mundo técnico. Dependemos de los objetos y artilugios que la técnica pone a nuestro alcance. El problema es que podemos quedar “atados” a ellos y mantenernos en una relación de “servidumbre”. Y, el “pensamiento meditativo”, que significa simplemente reflexionar y pensar, implica una actitud diferente a la de la servidumbre: “podemos usar los objetos técnicos –dice Heidegger–, servirnos de ellos en forma apropiada, pero manteniéndonos a la vez tan libres de ellos que en todo momento podamos desembarazarnos de ellos” (Ibídem, p. 27). En suma, se trata de dejar entrar tales objetos en nuestro mundo cotidiano y, al mismo tiempo, de mantenerlos fuera. Lograrlo requiere y produce ‘serenidad’ y, al mismo tiempo, libertad para ser lo que creemos ser. Podemos agregar que en la técnica ya no se trata solamente de praxis (uso) y poiesis (creación). Se trata de una provocación: al campo, a la montaña, al subsuelo, a los mares, a los ríos y a la tierra toda. Este emplazamiento desafía y maltrata a la naturaleza, pues le exige que dé. Al aire se lo emplaza a que dé nitrógeno, al suelo a que dé minerales, al mineral a que dé, por ejemplo, uranio, a éste a que dé energía atómica. La consecuencia de todo esto es que se destruye la forma que la naturaleza se ha dado a sí misma.
Tenemos claro que la tecnología nos es útil, a veces amable, pero siempre lucrativa para quienes, con ese fin, la construyen. El punto es que la biosfera es un sistema donde nada sobra, por eso solemos llamarla ‘mundo’ y la contraponemos a lo ‘inmundo’. El mundo no necesita asearse, porque es siempre ‘limpio’. El ser humano es el único ser vivo cuyos desechos, producto de la técnica (como el plástico o los residuos radioactivos), no son alimento para otros seres vivos. Nosotros respiramos desechos de los seres que realizan fotosíntesis, las bacterias se alimentan de nuestros detritus, y los carroñeros de los cuerpos en putrefacción. Nuestros desechos técnicos no solo no alimentan, sino que matan y nos matan. Es paradójico y suena catastrófico que el ‘desarrollo’ y el ‘crecimiento’, mediante sus desechos, sean a la vez el evidente camino a la extinción. Sin embargo, mirado antropocéntricamente, tal vez no sea tan extraño ni tan difícil de aceptar: cada ser humano ‘crece’ y se ‘desarrolla’ hasta envejecer y morir. ¿No podría ocurrir lo mismo con el ‘Antropoceno’? Antropoceno, sea una era geológica o un evento geológico, se refiere al significativo impacto global que las comunidades humanas han tenido sobre los ecosistemas terrestres. Ya lo hemos señalado: la actividad humana tecnológica, desde la agricultura y la ganadería industrial, hasta una planta de electricidad basada en energía atómica, introducen desechos que la biósfera no puede procesar y que dañan a la vida en muchos niveles a la vez. Pero no solo a la vida humana, esa que cree estar mejor con la invasión tecnológica, sino a toda la vida, puesto que las especies forman un sistema de codependencia. El planeta Tierra, que existe desde hace 4.500 millones de años, ha sufrido innumerables e intensos cambios a través del tiempo, bastante más dramáticos que el que están produciendo los detritus humanos. Hubo miles de millones de años, en los que la atmósfera no contenía oxígeno, o que el agua no podía estar en estado líquido y donde la vida era imposible. Lo nuestro es, desde el punto de vista del tiempo cósmico, una pelusa en la chaqueta. Luego, el problema no es ‘salvar al planeta’ como suele repetirse con no poca grandilocuencia, sino salvar a nuestra especie. Al planeta, por así decirlo, le da lo mismo.
(1) Véase Ojeda C. Vínculos: desde las bacterias hasta la experiencia consciente. CyC Ediciones, Santiago, 2023.
(2) Heidegger M. Serenidad. Ediciones del Serbal, Barcelona, 1999.