FEMINISMO Y PODER
El feminismo es una doctrina, tal como lo es el freudismo, el estructuralismo, el marxismo o el lacanismo. En general, las doctrinas aspiran a tener una validez universal, es decir, a ser marcos explicativos que ofrecen un sistema coherente de comprensión, no solo para el área de la que se trate, sino para la experiencia humana en general. Suelen designarse mediante los nombres de quienes las desarrollaron: por ejemplo el cristianismo, el marxismo o el darwinismo obtienen su nombre de Cristo, Marx y Darwin. Pero también el origen puede ser más difuso, como el liberalismo, el historicismo o el feminismo. Sin embargo, parece relevante separar a la persona o al grupo que creó originalmente una doctrina, de la doctrina misma. Así el freudismo no es lo mismo que Freud o el marxismo no es lo mismo que Marx. Sin esa separación es fácil confundir la ideología con la idolatría. La adherencia al marxismo o al feminismo no define a la doctrina, sino a las personas que eligen esa pertenencia. Del mismo modo, las personas que se declaran budistas no definen al budismo, y los que se declaran marxistas no definen al marxismo. La adhesión no afecta a la doctrina ni tampoco la crea, aunque algunos parroquianos, en un extremo pueden dogmatizarla, y, en el otro, intentar modificarla y no rara vez destruirla.
El feminismo
Luce paradójico, pero el ‘feminismo’, como teoría política, no tiene como centro a las mujeres. Es mucho más amplio que eso, es decir, va mucho más allá que una lucha por los derechos de ellas. Por eso algunas lideres feministas (ver ‘Leonas y Zorras’ de la española Clara Serra) se oponen a lo que se ha llamado las ‘luchas identitarias’. Es decir, no se trata de que las mujeres se movilicen solo por la violencia y discriminación que se ejerce sobre ellas. El feminismo no es simplemente algo ‘sectorial’, sino que sus metas son mucho más amplias, y se pueden sintetizar en la búsqueda de la ‘hegemonía femenina’, entendiendo esta como el ‘hegemon’ griego, que significa liderazgo. Este objetivo no se puede cumplir mediante el feminismo identitario y reivindicador. Al revés, esta especie de ‘gremialismo’ feminista, justamente, reduce a las mujeres al estatus de víctimas y las encierra en pequeños encuadres locales, desde los cuales no es posible una acción política coherente y general.
El feminismo es política
El feminismo no es meramente un ‘movimiento’ social, sino que una visión radicalmente política de la estructura social misma. Cabe entonces recordar qué son y cómo se estructuran las doctrinas y la acción políticas, puesto ellas son a la vez la base y la expresión cultural de la convivencia humana y sus dramas y conflictos. Los seres humanos nacemos de otros y necesitamos a otros a lo largo de toda la vida. Por eso vivimos vinculados. A eso, desde el nacimiento del pensamiento occidental, llamamos polis, es decir al conjunto de seres humanos que se agrupan históricamente en familias, clanes, tribus y ciudades. Y junto con la polis nace la política, entendida como la teoría que intenta comprender, ordenar y regular las relaciones de convivencia entre los seres humanos (politeia). Pero, esa teoría no está allí sin más, ni se la puede encontrar leyendo algunos libros o escuchando algunas conferencias. La teoría es un complejo provisorio e inestable de pensamiento lejos del equilibrio que, como el metabolismo celular, se construye y se deconstruye permanentemente. Los grupos humanos no se definen solamente por tener sus integrantes alguna característica compartida (como un idioma, una nación, una etnia, un género o un paisaje), sino fundamentalmente porque sabemos que el otro es un otro como yo y que yo soy, para él o ella, un otro como él o ella. Es decir, nos reconocemos como seres de la misma naturaleza. Así, estrictamente, no deberíamos confundir al otro, por ejemplo, con una cosa o creer que es una posesión, o medirlo como un recurso o como fuerza de trabajo o restarle entidad y concebirlo como ‘inferior’. Por eso Heidegger utiliza una expresión distinta para el trato con las ‘cosas’ (Sorge = cura o cuidado) y con el ‘otro’ (Fürsorge = solicitud). Con las cosas me ocupo y las uso, con el otro solicito su mirada, su afecto y su respeto; mirada, afecto y respeto que también exijo me sea solicitado.
Sin embargo, en la ‘realidad’ las cosas no ocurren de esa manera, pues esta horizontalidad y reconocimiento son complejos. Querámoslo o no, necesitamos al otro para ser ‘nosotros mismos’ y, al unísono, para sentirnos necesitados y, por lo tanto, le demandamos a ese otro que seamos el objeto de su deseo. El otro hace los mismo. Luego, en el campo de esta interacción, la frustración y la violencia encuentran un terreno fértil que, sabemos, se hunde hasta el fondo opaco y móvil de la inefable ‘falta’ consustancial al vivir que denominamos deseo. Lo intrincado de esto último, no obsta para que podamos preguntarnos: ¿Cuán radical debe ser el feminismo?, ¿cuál es su objetivo?, ¿qué busca? La respuesta no parece demasiado compleja: busca entender el cambio, producirlo y conducirlo (el metabolé griego), cosa imposible de llevar a cabo si se carece de poder.
El patriarcado
En latín tardío, patriarchātus, está construído por tres partículas: patria y pater, que remiten al padre; archon, que se refiere a la figura del líder o jefe que dirige una tarea, administración o gobierno; y, finalmente, el sufijo
-ado, expresado en la forma latina -ātus, que es una función de dignidad y posesión de poder. En breve ‘patriarcado’ es el liderazgo y poder ejercido por la figura del ‘padre’. Como es sabido, el origen del patriarcado se remonta a los albores de la cultura occidental. Se refiere al nombre dado a algunos personajes bíblicos (patriarcas) que fueron los primeros jefes de grandes familias. Recibe este nombre especialmente Abraham, por ser el fundador del pueblo hebreo, su hijo Isaac, su nieto Jacob y los doce hijos de este último que fueron jefes de las doce tribus de Israel.
El patriarca no es simplemente ‘el padre’ en sentido natural, sino que una figura masculina simbólica que determina, domina y subyuga a los humanos que viven bajo su poder. El ejemplo más notable de esta figura simbólica es el ‘dios padre’ monoteísta, del cual los creyentes son ‘sus’ hijos y, por lo mismo, deben seguir sus reglas. Pero, el abanico de esta dominación tiene formas diversas y no solo religiosas. En muchos casos la dominación no es patente, sino que hay que buscarla en medio de la naturalización del poder y la servidumbre, los que a veces adoptan el ropaje de una aparente convivencia republicana. En todos los casos, hurgando adecuadamente, se trata de diferentes versiones para la conocida figura del amo y el esclavo. Cualquier sistema social que esté estructurado bajo la figura del amo y el esclavo, podrá genéricamente ser denominado patriarcal, aunque ello no se correlacione necesariamente ni con la filiación ni con la erótica masculinas. Es evidente que en las ‘democracias’ contemporáneas, las figuras del amo y el esclavo no están a la vista como en los relatos históricos pero, para encontrar la figura del patriarcado en ellas, es necesario preguntarse dónde y quiénes ejercen el poder y sobre quiénes lo ejercen.
Hegel piensa que desde el primer momento de la historia se configuran el ‘amo y al esclavo’. El amo domina negando al esclavo su cualidad humana . Luego, buscar ser amo y tener poder, en cualquiera de sus formas, implica hacer del otro un ‘humanoide’: un hombre ontológicamente mutilado.
La resolución del conflicto, para Hegel, surge cuando una de las dos conciencias cede por temor y prefiere ser una conciencia sometida antes que una conciencia muerta (una no-conciencia). Es decir, bajo amenaza de muerte, los esclavos están obligados a vivir en la servidumbre.
Debido a ese dominio, el amo convierte al esclavo en un objeto, y como tal, en una mercancía, en una herramienta de uso y trabajo y, al mismo tiempo, en una ‘propiedad’. Sin embargo, teóricamente siempre hay un momento en el que los papeles podrían invertirse, dado que el esclavo cuenta con una elaborada forma de poder, consistente en saber manejarse con el mundo físico de la producción, lo que resulta indispensable para el amo que, en este sentido, es un inútil.
¿Dónde está el patriarcado en las democracias de hoy?
Se trata de buscar al poder, al amo. ¿Pero qué ocurre si el amo no es una persona, sino una estructura? Es evidente que ya no predominan el señor feudal ni el emperador, ni los líderes de la iglesia, ni el monarca despótico. Tampoco están los personajes mitológicos como los dioses que trinchaban la libertad humana y que, aún hoy, son tratados en alguna fantasías históricas como si fuesen reales.
¿No ocurrirá que el amo está disfrazado de mil maneras en esta incorporeidad estructural?
El abuso
Frecuentemente los ‘valores superiores’ que dice profesar el amo, se visten de gala. ¿Cuáles son los temas valorados a partir de la ilustración? Mencionemos solo algunos: la libertad, la democracia, el crecimiento, la justicia, el orden, la propiedad, la nación, la patria, la seguridad, dios, la vida, la igualdad, la lealtad, la civilización, el bien y muchos otros semejantes. Es horripilante constatar que todos ellos, tan hermosos en la sintaxis, son el sustento político de todas las dominaciones y de todas las guerras, abiertas o encubiertas. Externas o internas. Desde esos valores ‘superiores’ se sostiene que el asesinato del enemigo se justifica por la defensa de alguno o todos ellos. Es fácil comprobar lo que digo leyendo la historia de las guerras, invasiones, genocidios, destrucciones y dictaduras modernas. Es muy distinta la guerra del Pacífico si se la lee en Perú, en Bolivia o en Chile. ¿Cómo se lee la guerra del Golfo en Estados Unidos y en Irak? Es muy distinta la dictadura que sufrió Chile si se la mira desde la ideología de la Unión Demócrata Independiente, que si se lo hace desde la ideología del Partido Socialista. Pero los seres humanos tenemos una infinita capacidad de exculparnos. Aunque tengamos el puñal ensangrentado en la mano. Ningún político dice que se asesina, usurpa o invade por razones independientes de estos ‘grandes valores’. Y esto deriva de que la violencia deja de ser un tema moral a través de un pensamiento absurdo. La verdadera violencia en el ser humano, se dice, es la consecuencia, justamente, de una degradación de los valores “superiores”, una de cuyas misiones es mantener los aspectos inferiores, bestiales e infrahumanos del hombre bajo control. La fuerza del “instinto” agresivo, primario y filogenéticamente antiguo, irrumpirá si aquellas cualidades, elaboradas en la convivencia, fallan. Luego, yo no ejerzo la violencia, no violo ni asesino, solo me defiendo y en justicia, castigo a los delincuentes.
Y esto tiene una consecuencia inmediata: mis crímenes son inocentes. ¿Alguien puede creer que Osama Bin Laden, después del ataque a las Torres Gemelas, se sintió agobiado por la culpa de haber asesinado a miles de personas? ¿O que Barak Obama perdió el sueño después de asesinar a Osama Bin Laden? ¿Alguien puede creer que George W. Bush se sintió culpable por haber invadido Irak y asesinado a miles de personas, sabiendo que las ‘armas de destrucción masiva’ eran solo una excusa?
Que la explicación del crimen y la violencia como defensa frente al mal o la criminalidad está invertida, es del todo evidente: la violencia humana a gran escala no se produce por un déficit axiológico o de las capacidades valorativas, sino por una caricatura de ellas, dentro de las cuales (y entre otros factores relacionados) las creencias religiosas y los fundamentalismos políticos (habitualmente al borde del delirio) tienen un papel esencial. La violencia de la acción política no se produce por una pérdida de los límites de pertenencia e identidad, sino por una rigidez y sobre-presencia de ellos, como lo demuestran los actos nacionalistas y xenófobos de todas las épocas. Los grandes valores, como Dios, la Humanidad, la Democracia, la Bandera, el Bien, el Mal, La Libertad, el Respeto a la Vida, la Justicia y muchos otros ‘valores superiores’, son esgrimidos como el fundamento de crímenes, violaciones y abusos, perpetrados de manera horrorosa, pues, en su supuesta vinculación con el “bien”, tales valores ciegan e impiden el considerar a los derechos mínimos y básicos de toda persona, como la aspiración primera y última de la humanidad. Degollar, bombardear, acribillar, torturar a nombre de dios, de la patria, y de la libertad, o matar a nombre de la vida, ejemplifican claramente lo que he pretendido decir. En consecuencia, no parece que quepan muchas dudas respecto del lugar en el que están los amos, y quiénes son los esclavos en la cultura occidental. Los amos son patriarcas y los esclavos sirvientes. Por eso, sin amos y esclavos, el patriarcado es imposible.
La violación
Toda violencia es violación, las que habitualmente en las democracias occidentales están escondidas, como hemos señalado, tras grandes palabras. Pero también se acurruca a la sombra de términos de apariencia inocente y de menor entidad, como por ejemplo, el orden público, las leyes del ‘mercado’ o el ‘crecimiento económico’. Este último , por ejemplo, a primera vista parece ser un objetivo universalmente deseado. Creo que es una constatación de todos que si usted y su familia se cambian a una mejor casa, compran un auto nuevo, sus dos hijos ingresan a la universidad y son los primeros en la familia que lo logran, y este verano podrán viajar fuera de su país y otras situaciones semejantes, nadie podría decir que esto es otra cosa que crecimiento y progreso. Pero ustedes, para comprar la casa debieron tomar un crédito hipotecario a treinta años y deben pagar adicionalmente y ad eternum altas contribuciones; para el automóvil lo hicieron con un crédito a tres años; para costear la universidad de los dos hijos debieron obtener un crédito pagadero por los hijos durante un largo período de su vida profesional, y, para el viaje al extranjero, hicieron uso de un crédito a 12 meses. Todo con altos intereses. Ustedes pagaron a la inmobiliaria, a la automotora, a la universidad y a la agencia de viajes. Pero, por sobre eso, quedaron atrapados en el mercado financiero, es decir, enredados con sociedades mercaderes del dinero. El mercado financiero compra y vende dinero, es decir, el dinero es una mercancía y no producen ni un alfiler. Pero, además, de lo que usted gana por su trabajo se le descuenta obligatoriamente, al menos en mi país, el 10% (y pronto con un 6% adicional ‘puesto’ por el empleador) para cobertura previsional que manejan otras lucrativas empresas y un 7% para cobertura de salud de dudosa capacidad, entre otras cosas. Pero sigue y suma. Para circular con su automóvil debe pagar un permiso de “circulación” a las Municipalidades y un seguro contra accidentes a alguna compañía de seguros. Pero, en ciertas vías, además, peaje, que usted paga a las empresas ‘concesionarias’. Y también, debe asegurar su auto de modo permanente (con otras compañías de seguros) y si quiere estacionarse deberá pagar encima, a otras empresas o municipalidades que se han apropiado del espacio público. Su casa tiene un consumo de agua, electricidad y de gas que no es menor. Y todo eso, usted lo paga a empresas monopólicas que le venden esos insumos básicos. Naturalmente usted no puede controlar ni argumentar sobre los valores en prácticamente ninguno de los casos señalados, sino que solo obedecer a contratos unilaterales, es decir, donde no hay dos partes, sino que solo una: el proveedor. Es evidente que el negocio de todo lo dicho y las ganancias que suelen ser estratosféricas se concentran en un grupo pequeño de empresas y ciudadanos. No tengo que ir más allá porque la mayor parte de las familias lo saben muy bien. Usted, su familia y el país han crecido a la par de lo que ha crecido su propia deuda. Y ¿qué es una deuda? Es esclavizar su vida laboral futura. Usted no está mejor ni ha crecido por lo que tiene, pues nada de eso le pertenece, sino porque debe cada vez más. Esto es evidentemente abusivo, pues esos intereses van a los mismos pocos bolsillos que manejan la economía del país y las estructuras financieras que son ‘los amos’. Todo esto en medio de otros abusos conocidos y que sería largo de enumerar, pero que bien lo sabe un jubilado que recibe una misérrima jubilación al mes y debe gastar sumas muy superiores a esa solo en el inescrupuloso precio de los medicamentos. En muchos casos, además, debe pagar intereses para satisfacer su alimentación básica, vía tarjetas de crédito. Usted puede revisar los niveles de deuda y morosidad de los ‘ciudadanos’ chilenos y sus tramos de edad. Sabemos que muchas personas pagan en deudas el 70 % de sus ingresos. Todo esto es abusivo, porque esa ganancia financiera va a los pocos que son amos y que administran el dinero. Es abusivo, es violatorio y por eso es violencia. Se sustenta en una teoría política que luego se encarna en acción política. Un botón de muestra es el sistema previsional que desarrolló en Chile José Piñera. Estaba basado en una teoría política que se demostró profundamente errada. Pero, en vez de cambiar la teoría, como ocurriría si una teoría científica no da cuenta de los fenómenos, se trató de forzar a los fenómenos mismos para adaptarlos a la teoría. Un buen nombre para esto es la palabra “hipostasis” que consiste en dar a una teoría el estatus de realidad. Solo deseo agregar en este punto, que ese majadero error teórico llevó a aumentar la “esclavitud financiera”, tan oprobiosa como cualquier esclavitud. Cabe señalar que todo lo dicho no tiene una definición de género pues, aunque con matices, esclaviza a todos.
Revolución y rebelión
A lo largo de la historia los seres humanos han tolerado enormes cantidades de abusos y trasgresiones. Lo notable es que esto puede haber durado siglos sin provocar ninguna reacción. En la Roma Imperial los amos podían golpear, agredir, abusar sexualmente y matar a los esclavos sin cometer con ello falta alguna. Seneca, el fino pensador romano era capaz de reflexionar con sutileza y generosidad sobre temas muy variados, pero era completamente ciego ante el abuso sobre los esclavos, ‘esos pobres diablos’. Sin embargo y por razones muy difíciles de delinear en el breve espacio que tenemos, de pronto, bruscamente y sin aviso, aparece un NO rotundo. Ese ‘no es no’ del feminismo bien entendido. Ese NO hace florecer fronteras y límites que habían sido invisibilizados por el poder. Es un rechazo categórico, potente, masivo, definitivo y decisivo. Y cambia la historia. Camus sostiene que al mismo tiempo que la repulsión frente al trasgresor, hay en toda rebelión una adhesión entera e instantánea del ser humano a cierta parte de sí mismo. Esa parte que es una condición indispensable para ser un humano.
Sumado a lo anterior, de la rebelión surge la conciencia –o la autoconciencia como diría Hegel–, en el sentido de un ‘darse cuenta’, de un despertar, parecido o igual que el samadhi budista, que en una de sus acepciones significa ‘recuperarse de un desmayo, despertar’. El rebelde se ha dado cuenta que no se trata de algo personal, sino de que esas fronteras de dignidad son una condición necesaria a todo ser humano, incluso al amo, al violador, al explotador y al abusador. De no serlo, en la rebelión se trataría de aniquilar al amo, es decir, de violar su condición humana esencial asesinándolo. El NO rebelde no desea negar el límite inviolable que se ha hecho evidente para todos los seres humanos y que justifica la rebelión misma. No se trata de aniquilar al abusador, sino de privarlo de poder, de impedirle ser amo, no de impedirle ser persona.
Sin embargo, parece necesario hacer una distinción. No es lo mismo la rebelión que la revolución. No se trata de un asunto menor. Casi todas las revoluciones y subversiones en la historia han asesinado a los amos y abusadores, y luego los mismos revolucionarios se han transformado en amos. Eso significa “revolución”, es decir “dar vuelta”, con lo que necesariamente se vuelve al punto de partida. La rebelión, en cambio, es un poder y una fuerza basada en el nunca más general que anida en multitudes y por ello que es irreversible. En pocas horas o días los significados de la vida, el trabajo, las relaciones sociales y personales cambian para siempre.
Verticalidad y horizontalidad
Pero, ¿será lo dicho posible? ¿No será esto tan solo una imaginería adolescente? Tal vez la rebelión sea imposible si el poder se obtiene mediante la fuerza y el dominio propios del patriarcado y que ha estado presente durante milenios en la cultura humana. Creo que justamente esa manera distinta es lo que propone el liderazgo feminismo. El problema no pasa necesariamente por ‘derechas’ o ‘izquierdas’, si se entiende por ello dos manera simétricas de actuar en democracia. Amos y esclavos persisten en la sociedades contemporáneas y siempre como un poder vertical. Clara Serra sostiene que se puede llegar al poder por dos caminos: la fuerza o la seducción. La fuerza es el camino de los amos y los esclavos. En cambio, la seducción, es comparable al ‘convencimiento’. Los feminismos no pretenden ser amos, sino abolir todas las formas de esclavitud, incluida la revolucionaria. La palabra ‘seducción’ tiene una connotación erótica y también de ‘manipulación’. No obstante, es imposible olvidar que los oídos contemporáneos están sumergidos en la ‘habladuría’, esa condición en que se dice lo que se dice porque se dice, y donde las palabras han perdido su fundamento. En breve, se ignora lo que se dice al decir. Por ello ‘seducir’ se muestra como un acto de manipulación y engaño.
Pues bien ‘seducir’ viene del latín seductio que significa ‘acción y efecto de separar y guiar hacia el camino que se busca’. Eso es justamente la expresión del liderazgo que subyace a la palabra ‘hegemonía’ que busca el feminismo.
Finalmente, debemos señalar una estructura que no podemos desarrollar en este artículo, pero que forma parte de la confusión conceptual que impide comprender de qué estamos hablando. No es lo mismo ‘patriarcado’, ‘paternidad’ y ‘masculinidad’. El patriarcado está indisolublemente ligado con el poder, la paternidad (y la maternidad) indisolublemente ligado con la filiación, y, la masculinidad (y la feminidad), indisolublemente ligada con la erótica. Por lo mismo, no se trata de una confrontación de género, sino de un reconocimiento de la estructura vertical de ‘amo-esclavos’ de las sociedades occidentales contemporáneas. Como hemos señalado, a eso se refiere la expresión ‘patriarcado’.