LA FILOSOFÍA Y LAS PALABRAS



LA FILOSOFÍA Y LAS PALABRAS

Para Jorge Eduardo Rivera(1) , la filosofía es ‘volver a pensar lo pensado, pero desde la raíz’’. La mayor parte de las personas que han estudiado filosofía son profesores que enseñan lo que otros han pensado. Y, son especialistas a veces, es decir, dedican su vida y esfuerzos a uno o dos filósofos. Conozco a algunos que han dedicado su vida a Martin Heidegger, otros que son expertos en Kant, otros explican con fruición el pensamiento de Marx y de Hegel, y muchos estrujan hasta la última gota al pensamiento de Platón. Naturalmente esto está rodeado de conocimientos generales acerca de otros filósofos que forman el coro y que, de cierto modo, crean un enrejado de soporte. Si nos detenemos un instante en el ‘volver’ de la sentencia de Rivera, no podemos dejar de advertir que eso implica un retorno a lo ya ‘sido’, y donde la novedad tiene un escaso margen.

Sin embargo, existen otros filósofos que desean generar un pensamiento nuevo, que no son ideas sueltas, sino un conjunto coherente que forma un ‘sistema’ y que, por lo mismo, puede ser ‘denominado’ como algo que posee forma e identidad. Por ejemplo, puede denominarse, como lo hace Markus Gabriel, ‘nuevo realismo alemán’, y así diferenciarse y contraponerse a una caterva de ‘ismos’, como el antiguo ‘realismo’, el ‘materialismo’, el ‘posmodernismo’ y el ‘constructivismo’, por citar a algunos. La lista de denominaciones de lo que este neo-realismo ‘no es’, es larga. Pues bien, este pensamiento ofrece novedades sobre lo ‘real’. Probablemente el lector sentirá que es torpe agregar a este ‘nuevo’ realismo ‘lo’ alemán, por las tenebrosas reminiscencias de supremacismo que arrastra. No interesa iniciar una argumentación al respecto, ni hacer un análisis de los abundantes escritos de Gabriel. Tan solo diremos que ‘su’ filosofía puede ser considerada ‘hiperrealista’ debido a que considera reales no solo a los objetos materiales sino también a los objetos ideales o no materiales (ideas abstractas, pensamientos, personajes ficticios), establecidos en ‘campos’ de sentido diversos.

Pero, antes de ir más allá, podríamos preguntarnos, ¿los seres humanos tenemos algún problema con la realidad? ¿Duda una persona a la que ha caído una rama de un árbol en la cabeza, que la rama y su cabeza son reales, o que el bombardeo a un hospital de Gaza o la segunda guerra mundial fueron reales? Donde las cosas se complican, por ejemplo, es al sostener la ‘realidad’ de que Cristo resucitó después de estar muerto tres días, o que la Esfinge de Edipo Rey, se suicidó arrojándose al precipicio. No creo posible que yo me encuentre en la calle con Hamlet, y que tomemos un café juntos, como podría ocurrirme con mi amigo Marco. Es evidente que hay una diferencia, y eso no requiere de filosofía alguna. Así ocurre para nosotros los sapiens. Por ello no puedo saciar mi apetito con comida imaginada o recordada. Es efectivo que recuerdo un bife jugoso, es real que lo imagino mientras tomo una ducha, pero eso no hace real al bife ni me permite comerlo. Desde esa perspectiva puedo sostener que solo cierto tipo de ‘asuntos’ son reales y no otros. Sin embargo, se me puede objetar, como hemos señalado, que hay muchas experiencias que no son concretas, como Caperucita Roja o mis sueños, o los conceptos matemáticos, mis fantasías y un largo etcétera. ¿Alguien duda de que todo eso existe? Pero, ¿podemos decir que es lo mismo existencia que realidad? Gabriel sostiene que solo existe lo que está dentro de un ‘mundo’, y como el mundo no está dentro de nada, no existe. Pero, el mundo ¿es como un continente y tiene bordes, como la jarra en la que ponemos agua? En este punto se hace evidente lo más frágil de la filosofía: está bien si nos arrogamos el poder de llamar real a todo lo que existe, pero eso no anula las distinciones obvias como las señaladas y nos hace entrar en un terreno meramente convencional. Un profesor de física de la Facultad de Medicina trazaba una línea en el pizarra y decía ‘cho chamo vector’, pues era argentino para los que la ‘y’ suena igual a la ‘ch’. Un alumno lo interrumpe y le dice ‘¿Y si yo lo quiero llamar flecha?’

Aun así, si todo lo que existe’ es real, estamos obligados a preguntarnos, ¿qué ‘es’ ‘existencia’ y en qué sentido la existencia es ‘real’? Podríamos entrar en esa provocación y dedicarle la vida. Esa provocación a mi entender tiene como protagonista a una ilusión. Me refiero al ‘es’ que ontologiza todo lo que toca (la ontología se refiere a la explicación del ‘ser’), porque el ‘es’ es una conjugación del verbo ‘ser’, específicamente, la tercera persona. Y ¿qué es ‘ser’? Depende de la época y del filósofo que elijamos. Yo mismo he sostenido que si Heidegger, en vez de preguntar (como ladinamente hizo) por ‘el sentido del ser’, hubiese preguntado ¿qué es ser?, la respuesta no hubiese tenido algunos miles de páginas como fue la producción entera del filósofo de la Selva Negra, sino tan solo tres palabras: ‘el ser no es’. Solo son los entes, no el ser. ¿Cómo es esto? Lo que pasa es que, para Heidegger, el ser se da, se otorga y eso hace posible la aparición del ente, pero al precio de que el ser se oculta. Además, el ser es uno y los entes (todo lo que hay), hasta donde sabemos, son infinitos. Y, una singularidad como ese uno no tiene partes, luego no puede ser expresada en ninguna sintaxis, pues eso requiere de eslabones sostenidos en las diferencias: si hubiese solo una palabra el lenguaje no existiría. Hablar sobre el ser requiere transformarlo, a la fuerza, en multiplicidad. Por eso la ontología es imposible, es decir un canto de sirena para la ambición filosófica pero, en definitiva, una trampa. Pero, sabemos que es muy difícil hablar sin el verbo ser. Podemos preguntar acerca de ‘lo’ real, pero queda implícito que estamos preguntado por lo que ‘lo real’ sea. ¿Es posible evitar en filosofía entrar en estas arenas movedizas? Lacan, tal vez desde otros enmarañamientos, contestará que no sabemos que ‘es’ lo real porque es inalcanzable. ¿No es eso procrastinar la repuesta a una pregunta mal formulada? No obstante, no importa cómo la filosofía trate el asunto de ‘lo real’, igual yo puedo preparar un desayuno ‘real’ y ‘de verdad’ el que no confundo con un desayuno imaginado. Me parece que la obsesión explicativa tiene límites por todos sus bordes. No todo lo obvio es explicable. Intente el lector responder acerca de ‘qué es’ lo real y se encontrará con que las palabras no alcanzan para ‘expresar’ lo que sabemos, utilizamos y manipulamos permanentemente, pero que es inefable en su naturaleza última.

No obstante, el verbo ser es ubicuo, de manera que podemos preguntar, ¿qué es la democracia, la libertad, la igualdad, la nacionalidad, la erótica, el destino, la justicia, el bien, el mal y mil conceptos más? ¿Qué es el arte, la belleza y la prudencia? No seguiremos. Lo que sí agregaremos es que la filosofía ha girado en torno a conceptos como los señalados. Por eso, algunos sostienen que la filosofía sirve para nada. Efectivamente, no es un útil, no es aquello utilizable ‘para’ algo, pues no tiene ‘finalidad’. Sin embargo, existe del mismo modo en que lo hace la literatura, la pintura o la escultura. Será inútil, pero ahí está. No obstante ¿está dónde? Podemos decir que la filosofía habita en ideas-palabras. ¿No es fácilmente constatable que la filosofía trabaja, investiga y se expresa a través de las palabras, pensadas, dichas o escritas? En el siglo cuarto de nuestra era, San Agustín (eliminando de esta cita todo coeficiente religioso) sostenía que “la palabra que fuera resuena signo es la palabra que dentro esplende. Así nuestro verbo se hace en cierto modo voz del cuerpo para poder manifestarse a los sentidos del hombre. Nuestro verbo —concluía— se hace palabra vistiéndose de sonido, no convirtiéndose en él”. Y, este verbo, para Agustín, es anterior a toda proposición lingüística; no es griego ni latín, ni pertenece a idioma alguno. Este verbo, a diferencia de la palabra dicha, no se oye, sino que se ve en la percepción inteligible con los ojos del espíritu. También podemos llamar a esto ‘comprensión’ que, como hemos señalado en otra parte(2), es la base de cualquier lenguaje. La comprensión muda ya está y ahora se trata de llevarla a un registro que pueda ser comprendido por otros, lo que implica ‘arrojar’ algo al mundo, algo que los otros podrán compartir. El lenguaje es entonces un subproducto de la comprensión, indispensable para el Homo sapiens por su estructura social, dada la condición cerrada, monádica, de gran parte de lo que llamamos ‘psíquico’ o ‘mental’. El cerebro humano no se crea a partir de la condición gregaria, pero sí, plásticamente, se modela para las necesidades de convivencia y sobrevivencia, en lo que se ha llamado ‘cerebro social’, para distinguirlo de otras estructuras más básicas y comunes a los seres vivos cerebrados.


Las palabras
Como señalamos, el discurso no es la palabra solo indicativa, sino la palabra encadenada a otras palabras. No hay aquí necesariamente una finalidad social de sobrevivencia. En el discurso, la sintaxis no está circunscrita y limitada, como en las palabras aisladas, puesto que, en la sintaxis, la diacronía, el flujo de la cadena de palabras, se complejiza, se alarga, recurre y pierde todos sus bordes. Tal vez los filólogos debieran llamarse arqueólogos, pues no sólo aman el ‘logos’, entendido como discurso o lenguaje, sino que buscan el principio, el origen y el poder de las palabras tejidas en una recursividad interminable. Y eso es arqué. Habitualmente parloteamos en abundancia, pero lo hacemos usando el lenguaje como un instrumento, como el desatornillador o el abrelatas. Sin embargo, cuando el personaje creado por Ricky Gervais (creador, director y actor de la serie After Life), viudo, ante la afirmación que sostiene que su mujer no está en lugar alguno, responde: ‘prefiero estar con ella en ningún lugar, que estar en un lugar sin ella’, está haciendo una figura que, usando palabras, las trasciende por todos lados. En eso consisten las metáforas y las metonimias (esas que arrebataban a Lacan). Pareciera que ciertas palabras y cierta sintaxis nos empujan más allá de ellas y nos abren a un espacio semántico amplísimo pero escurridizo. Ese espacio contradice la idea de que somos solo ahora en algún lugar, en este limitado tiempo y en este limitado y específico trozo de universo. El ‘no lugar’, en cambio, es un eterno ubicuo: no sólo ahora y aquí, sino siempre y en un espacio sin límites. Esa expulsión que realizan las palabras a partir de ellas mismas arrasa con el enclaustramiento de nuestra condición biológica y finita, y nos recuerda a la poesía y a la prosa poética: no hay final ni cierre posible para ellas. No nos damos cuenta, pero estamos penetrados por palabras que nos arrojan a un cierto abismo (o cielo) sin límites, el que reconocemos al sentir, por ejemplo, que nos conmociona leer al poeta Castro decir: “Yo me pondré a vivir en cada rosa y en cada lirio que tus ojos miren, y en cada trino cantaré tu nombre, para que no me olvides”, o a Francisco Umbral, “que dulcemente envejecen las cosas”(3) .

Filosofía y verdad
‘Afortunadamente tenemos el arte para librarnos de la verdad’, vociferaba Nietzsche, y a mi entender aportaba una clave fundamental a la cultura de occidente. Las diversas artes son inefables respecto de qué es lo que las hace tales. Lo más sorprendente es que, a la vez que indefinibles, son patentes. La ‘verdad’, en cambio, cara a la filosofía, ha sido la búsqueda perenne de un punto fijo, de un hito en el cual afirmarse, de la solidez delineada de lo ‘apolíneo’. Pero las cosas no discurren por ese sendero; a la inversa, las certezas no son más que un frágil y transitorio bastón que pretende amortiguar la angustia del sinsentido. De allí la prepotencia y la pretensión defensiva de todas las ciencias, incluyendo a aquellas ‘humanas’, ‘sociales, ‘filosóficas’ e ‘históricas’, al explicar la condición humana y el universo. El resultado es conocido y, ya lo dijimos, se ha llamado el ‘cementerio de hipótesis’. Por su parte, las religiones cobijadas bajo el camuflaje de la ‘verdad’ moral que denominamos ‘bien’, han provocado daños irreparables a la humanidad en su oferta de vida eterna conjugada con la permanente base guerrera, santa y criminal de sus huestes. Como hemos dicho en otros lugares, los seres humanos estamos ahítos de creencias y explicaciones, de las cuales no podemos salir sino a través de la ‘sabiduría del no saber’, esa rara virtud, pues significa renunciar a los puntos fijos y sólidos, y aceptar el cambio, la impredicción, la incerteza y la insignificancia de lo que creemos saber y de lo que somos.

El arte es evidente pero inexplicable. Fracasa aquí el principio de razón suficiente de Leibniz. Como señalamos en el apartado dedicado a la belleza, parece sencillo iniciar la reflexión acerca del arte preguntando que ‘es’ lo que así denominamos. Hemos señalado la trampa de las preguntas que remiten al verbo ser y a una soñada ontología. No se trata pues de enredar, desenredar o de definir el arte sino de intentar atrapar en las articulaciones del lenguaje, y siempre en deficiencia, la experiencia de lo que está mucho más allá que nuestra vida concreta y afanada. Tal vez el arte nos pone en contacto con lo infinito y lo incomprensible. A diferencia de Heidegger pienso que la finitud es fuente solo de cierto tipo de angustia, aquella de dejar de ser. Pero, la angustia verdaderamente aplastante y a la vez liberadora, es tal vez aquella que nos pone en contacto con lo inconmensurable. Se trata justamente de lo que es contrario a nuestra transitoriedad. Nos sitúa en la posición de seres insignificantes, en contraste con la magnificencia del mundo y del universo que se nos presentan como aquello que no tiene final porque seguramente nunca empezó. Tal vez el escalón que nos permite rozar lo infinito es algo que nos contacta con su incesante ‘más allá’. La ciencia y la “razón” no permiten tener ni tan solo una fugaz interacción con lo exultante de lo sublime. En cambio, la inspiración que incita el arte, del mismo modo que las palabras sanadoras, si bien parten de situaciones específicas y concretas, son apenas unos móviles destellos que apuntan a la magnificencia de una vibrante inmensidad. Terminamos diciendo que, tal vez, la filosofía es nada más ni nada menos que solamente arte.

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(1) Jorge Eduardo Rivera fue un filósofo chileno que tradujo desde el alemán al castellano Ser y Tiempo, la principal obra de Martin Heidegger.
(2) Ojeda C. Consciente e Inconsciente: Las Cualidades de la Experiencia. Digimagen Ediciones, Santiago 2023.
(3) Umbral F. (2015). Un ser de lejanías. Ed.‎ Austral; 3rd edición, Madrid.

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