EL SENTIDO Y SUS SOMBRAS



EL SENTIDO Y SUS SOMBRAS

Muchas veces ronda en mí la idea, triste y vacía, de que nuestra especie es la culminación del sinsentido que caracteriza a la naturaleza toda y a los seres vivos como parte indiscutible de esa naturaleza. Un meteorito no viaja veloz por el espacio para colisionar con la Tierra y extinguir a los reptiles terrestres del Mesozoico que conocemos como dinosaurios. La naturaleza no tiene un propósito ni un objetivo, simplemente acontece, ocurre. Y nosotros, los Homo sapiens sapiens, somos parte de la naturaleza y, al igual que los dinosaurios y el meteorito, también, simplemente ocurrimos. Es escalofriante darse cuenta de que las moléculas que forman nuestro cuerpo están también en nuestro jardín o a la vera del camino. Y son pocas. Decir, por lo tanto, y con el énfasis que se quiera, que somos especiales, únicos, superiores, tocados por la mano de algún dios, requiere poner en juego mecanismos psicológicos potentes, puesto que todo lo que hay en torno, como el paisaje, el planeta y posiblemente el universo entero, tienen el mismo tipo de primacía, es decir, ninguna. Es conocido que la arrogancia de creernos hijos predilectos del alguien o de algo, y de ser centro y referente de lo que hay, ha sido, mejor o peor, reblandecida por muchas notables inteligencias. Pienso en Darwin, Copérnico y Freud y, recientemente, en el artefacto James Webb, por citar solo a algunos.

Sin embargo la experiencia consciente y la cultura son anomalías. En tanto naturaleza viva, los seres humanos, al igual que las bacterias y los ofidios, tenemos organización y estructura. Sin embargo no comprendemos en absoluto la experiencia consciente y la cultura, pues son como fisuras en el mero acontecer ‘natural’. ¿Cómo es posible que seamos seres conscientes y creadores de cultura? La cultura es pura creación, y sus elementos poseen no solo organización y estructura como la naturaleza, sino además los sorprendentes diseño y finalidad. Es decir, porque la cultura humana trae a existencia fenómenos que antes “no eran” (la célebre poiesis platónica). Si el universo del que somos parte meramente ocurre, la cultura, al igual que la experiencia consciente son incomprensibles. Pero no es posible negar que vivimos en medio de “entes” culturales, creaciones diseñadas para satisfacer distintos deseos, fantasías y necesidades de los Homo sapiens sapiens. Basta con mirar desde una silla hasta el celular, el PC, una olla, un taparrabo, una estación espacial o el mencionado telescopio James Webb. Todos esos artilugios han sido diseñados y construidos con alguna finalidad, finalidad que invariablemente llega en retorno hasta nosotros mismos, sus creadores. Satisface alguna necesidad o algún deseo, como si tal satisfacción fuese posible. Entonces hay preguntas: ¿cómo es posible que en un universo (que llamamos naturaleza) que carece de emociones, aspiraciones, deseos, significación y propósitos, es decir, que acontece como un movimiento sin destino, surjan seres formados con los mismos materiales, pero que sí experimentan emociones, aspiraciones, deseos, significados, propósitos y mucho más en la misma línea? ¿Tal vez los Homo sapiens sapiens fuimos invitados como espectadores a una representación universal carente de inicio, significado y final? ¿O fuimos ‘creados’, del mismo modo en que nosotros creamos un velero o un tenedor, por el mismo ser que creó todo lo demás y que nos puso en la ‘jefatura’? Creo que son difíciles de aceptar tanto la invitación al espectáculo como la idea de ser algo así como un ‘utensilio’. Requeriría reconocer nuestra perplejidad e inclinarnos ante un agente hiperconsciente e invisible y fuente de todo lo que hay. Sin embargo, ¿aceptamos caer de hinojos e inclinarnos? La aceptación es una forma de depresiva resignación. Por eso insistimos afanosamente en intentar encontrar algún sentido al hecho indiscutible de existir en medio de ese espectáculo. Sin embargo las cosas no son tan simples ni ingenuas. Así, por ejemplo, suponemos que el universo es algún tipo de totalidad (el Pan de los griegos clásicos) y que, como tal, posee límites. Mas, por otro lado, y a desgano, comprobamos que, lleguemos hasta donde lleguemos en nuestras indagaciones, siempre hay más, es decir, jamás encontramos tal límite. ‘Mientras más de prisa voy, más lejos se va’ predica el navegante que desea arribar al horizonte. ¿Un todo que no termina? Lo infinito nunca podrá ser un ‘todo’. Y, si lo fuera, estaríamos aún más aturdidos y no rara vez destruidos, pues nuestra inteligencia rechaza estas imposibilidades. Si un todo no tiene límites, ¿de qué es todo?


Frente a esta inabarcabilidad se nos hace evidente que vivimos afanados, enceguecidos por el deseo de claridad, de inicios, de procesos direccionados y de finales, evidencia que, al límite, en la desesperación, nos provoca un ataque de ‘razón suficiente’. Pero también, antes de la desesperación, irrumpe esa irritante perplejidad con la que percibimos el misterio y el no saber, nuestro y de los que creen ser sabios. La reacción ante esta incertidumbre puede ser muy radical. Me refiero a la locura, aquella que simplemente nos hace delirar, es decir, creer que nuestros postulados y narraciones científicas y religiosas pueden llegar a la certeza, y así convencernos de que el universo y nosotros en él, fuimos creados por ‘alguien’ y, por lo tanto, compartimos –como hemos señalado– el diseño y la finalidad, esa de los entes culturales, como el televisor o la ampolleta. Es decir, creados por un dios sin deseo, y por lo tanto eternamente saciado. O, en el ilusorio sendero de la ciencia, sostener que poco a poco avanzamos en la dirección de terminar conociendo y explicando ese ‘todo’, es decir, creer que estamos a algunos pasos de alcanzar el horizonte. Basten como muestras de esto último las divulgaciones científicas que realizan investigadores en las más diversas áreas. Transmiten la idea de que sabemos mucho. Pero, como decía Karl Jaspers, “comprendiendo, más luego que tarde, se topa uno con lo incomprensible”. ¿Cuánto hemos avanzado si no conocemos ni el punto de inicio ni el punto de llegada? ¿Qué puede ser mucho o poco en un proceso infinito? ¿Se está al principio o al final de aquello que no parece tener principio ni final? Entonces las explicaciones científicas y los modelos y teorías a granel parecieran hacer justicia al “cementerio de hipótesis” que es la huella de su triste y bella historia. Así, en conferencias públicas y notorias, los divulgadores nos cuentan que “la idea más grande jamás pensada” fue la que tuvo Darwin al decir que la evolución de la vida en el planeta desde hace 3.500 millones de años es el producto de un mecanismo simplísimo: la selección natural. Sin embargo no se conoce ninguna especie que haya surgido de ese mecanismo. Y han existido muchos cientos de miles de ellas. Pero, insistentemente, la más grande idea se repite como un salmo. Del mismo modo, los astrofísicos nos cuentan que el universo es misterioso e insondable, pero que avanzamos y parecemos estar cada vez explicándolo mejor, aunque nos confunde el que la expansión del universo producto del Big-Bang sea cada vez más veloz, y que, en ello, luzca más como una caída hacia la potente negrura absoluta –esa oscuridad que prevalece en abundancia– que como una explosión. Además, al rastrear a la distancia el pasado y acercarnos al universo párvulo inicial, nos sacude el que allí, cerca del Big-Bang, no haya nada parecido a un bebé estelar sino un anciano en la sala de partos. Por su parte, la ‘inteligencia artificial’ surge por doquier y, junto a todo tipo de renuncias al pasado en los ‘pos’ de algo, como la posverdad o el posmodernismo o los neos agregados, como el neorrealismo y otros, sitúan al siglo 21 como un punto crucial para la humanidad. El siglo se viste de vanguardia, de borde, de apertura. Así, debe haber una ciencia del siglo 21, una tecnología, una política y una economía del siglo 21. Esta pertenencia al siglo 21 pareciera ponernos en los umbrales de una revelación conmovedora. Pero, casi está de más recordarlo, prácticamente todas las épocas se han autovalorado como cruciales. ¿Recuerdan la celebración de la llegada del siglo 20 y la feria monumental de París? Pero, ¿por qué celebrar lo que aún no había ocurrido? Pues porque el deseo no tiene pudor. Puesto en el pasado, el siglo 20 fue, tal vez, uno de los periodos más brutales y criminales de la historia humana. Lamentablemente, basta con introducirse más allá de los titulares de las divulgaciones de las “ciencias naturales” y también de las “humanas” para darnos cuenta que se trata de balbuceos algo omnipotentes que rápidamente muestran sus limitaciones. La inteligencia artificial es un sueño de novelistas de ciencia ficción, pues intenta imitar lo que somos, pero electrónicamente y a una velocidad inimaginable. Recuerda las caídas catastróficas de los que querían volar imitando el aleteo de las aves. ¿No cabría, en un arrebato de modestia, preguntarse primero qué es aquello que decimos al decir inteligencia, antes de hablar de eso, pero “artificial”? ¿Por qué decimos que lo que produce cierto tipo de seres biológicos (nosotros), es ‘artificial’? La respuesta no es compleja: porque no ha florecido de la naturaleza. Pero eso lleva un engaño oculto: si somos naturaleza, lo que de nosotros nazca no puede ser artificial. ¿Por qué no decimos que el oxígeno de la atmósfera es ‘artificial’, puesto que también es producto de la actividad de unos seres minúsculos llamados cianobacterias? Rompiendo toda coherencia ¿no deberíamos concluir entonces que toda la cultura, en la medida en que es producto de seres naturales, es artificial?


Valgan estas palabras para mostrar la fragilidad de nuestras concepciones, prejuicios y supuestos, y de las andanadas de arrogancia que efectivamente pueden impedirnos pensar. La ciencia, el sentido común y la religión habitan en las creencias. Y las creencias lo son porque no son certezas. Las certezas son revelaciones, epifanías, es decir, irrebatibles y evidentes. Los únicos que poseen evidencias inconmovibles son las personas –como hemos mencionado en el prólogo– que padecen de un cuadro delirante, es decir, de una psicosis. Luego, los demás no tenemos evidencias, pues, por más que pretendamos convencimiento, siempre tenemos más dudas de las que aceptamos y, frecuentemente, comprobamos (especialmente en la ciencia) que la palabra evidencia es menesterosa y se niega a sí misma, pues constatamos frecuentemente lo que sin rubor se denomina ‘evidencia contradictoria’, rito mortuorio de casi todas las hipótesis más inteligentes y de los salmos más repetidos. 

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