LAS TIPOLOGÍAS



“Nos diferenciamos en los matices, gracias a ellos nos convertimos en identidades tenues, ligeras sombras que disfrutan del librealbedrío individual. Tú y yo sólo nos reconocemos en los matices. Lo demás es resultado de la ley”
    
Sandor Marai, en “La Gaviota”


La psiquiatría clínica distingue estilos humanos desde sus primeras etapas históricas, esto es, re-conoce lo característico de esta persona como algo semejante a lo visto en otras. Este proceder, este re-conocimiento, implica que esta distinción depende del pasado, de lo ya visto y de lo ya sido, es decir, de aquello que llamamos experiencia. Sabemos que hoy las ciencias cognitivas se debaten en torno al problema de la manera en que la experiencia ya tenida determina las experiencias actuales y, ambas, las posibilidades de la experiencia futura. Los distintos procesos de variación morfogenética durante el neurodesarrollo hacen del cerebro de cada persona el producto de la selección de características estructurales que no están genéticamente determinadas en sus detalles. Las marcas de reforzamiento y debilitación entre grupos sinápticos ante la repetición de patrones ambientales a los que somos sensibles, completan la variabilidad entre las personas y hacen comprensible por qué la identidad humana es tan exquisitamente diferente entre una persona y otra y, al mismo tiempo, tan semejante. Efectivamente, la corteza occipital cumple la función de integrar la percepción visual en todos los seres humanos, pero no todos hemos visto lo mismo y por lo tanto no todos vemos igual. Si agregamos además los procesos que se han denominado de “re-entrada”, es decir, que involucran complejos mecanismos recursivos entre redes de grupos neuronales dependientes de todo lo anterior, las diferencias y las semejanzas que distinguimos espontáneamente en la experiencia no son, ni podrían ser, un artefacto caprichoso sino algo de mucha mayor profundidad para la comprensión de lo que somos. El reconocimiento de semejanzas se da en medicina de un modo paradigmático, por ejemplo en la manera en que se distinguen los cuadros clínicos y los efectos terapéuticos: en su base, se trata de realizar una indicación terapéutica semejante ante una constelación clínica semejante, esperando, por cierto, un resultado semejante. Es decir, el acto médico-psiquiátrico es, desde la raíz y en su esencia misma, un acto de distinción práxica, es decir, derivado del trato cotidiano con las formas del sufrimiento de las personas, y no –en primera instancia– de una construcción científica o, si se prefiere, de un modelo explicativo de pizarrón. Sin embargo, toda tipología práxica implica que la semejanza entre individuos, a lo que denominamos tipo, está en medio de la diferencia: decir typus melancholicus, por ejemplo, no es sólo decir conjunto fisionómico con ingredientes como tranquilidad, estabilidad, perfeccionismo, fidelidad, hipernomia, modestia y frugalidad, sino también la negación implícita de otros conjuntos, como aquel cuyos ingredientes podrían ser inquietud, creatividad, variabilidad, impredictibilidad, autonomía e hiponomia, por mencionar sólo uno y de apariencia polar. Es decir, lo que no es typus melancholicus está presente como ausencia en la tipificación: algo es, en la medida en que no es otra cosa. Decir perro es decir al unísono que no es gato, nube o sauce. Resulta entonces que el acto médico no sólo es una operación de distinción práxica sino, también, una operación taxonómica, clasificatoria, puesto que involucra a un amplio sector tácito de algún género de la experiencia, que desde distintas fisonomías acota lo que ahora distinguimos. Pero además, toda tipología es al mismo tiempo reducción y generalización. Reducción, porque una asimilación, una semejanza, no es nunca una identidad y siempre será estrecha en orden a describir cabalmente la totalidad de un individuo. Generalización, porque aquella forma reconocida se extiende más allá de esa persona a un grupo posible de otras personas. Curiosa paradoja: lo más propio y característico de alguien puede ser, merced de una tipología, algo de lo cual participa, pero que lo excede por todos lados. ¿No ocurrirá –como señala algún novelista– que los gestos usan a las personas para perpetuarse? Sea como fuere, al referirnos a la personalidad en general constatamos que los estilos personales se nos dan en la experiencia como distinguibles y que por eso podemos no sólo hablar de ellos sino, también, pretender algo más de ellos. Por ejemplo, algunos de esos estilos podrán ser considerados anómalos, patológicos o desviados. ¿Desde dónde puede establecerse este juicio comparativo? Necesariamente desde lo que esos estilos no son, pero que en ausencia forma parte fundamental de la tipificación. Nos estamos refiriendo a eso que se suele llamar contexto: tipos ideales, ubicación en un conjunto de dimensiones, norma estadística (cada vez que usamos grupo control estamos en ella) o sentido común, podrán ser ese patrón o ese contexto. La personalidad aparece así como un territorio susceptible de ser anómalo en sí mismo, pero siempre desde lo que no es ese sí mismo –el contexto– y que, en negativo, lo constituye. Pero también la personalidad tipificada podrá concebirse como parte de una cadena de aconteceres, por ejemplo, como un factor predictivo de enfermedades como la esquizofrenia, los trastornos de ansiedad o del estado de ánimo. Predictivo significa un decir anticipado, el que puede ser meramente empírico, como ocurre con las correlaciones estadísticas que establecen, por ejemplo, que un elevado porcentaje de los esquizofrénicos presentan ciertos “rasgos” de personalidad previos a la emergencia de la enfermedad, o teóricamente significativo, es decir, que propone una matriz de significados transformacionales, genéticos, que explican el paso de una estructura de personalidad a un cuadro clínico determinado, como ocurre en el camino que va desde el typus melancholicus a la melancolía clínica. Esta capacidad ya no es meramente práxica y taxonómica sino, además, teórica, es decir, una forma de discurso, de lenguaje, puesto que no sólo define elementos distinguibles y correlaciones estadísticas sino además los hace entrar en un sistema que se mueve articuladamente. Una vez explicitada una tipología de la personalidad y especificadas sus formas anómalas, se intenta no sólo explicar cómo éstas darían lugar a diversas enfermedades sino, además, indagar por el cómo llegan esas formas de personalidad a ser tales, a ser lo que son. Aquí, el camino que pasa por constataciones de hecho es insuficiente, como por ejemplo el hallazgo de concomitantes en otros registros, distintos de aquellos que determinan la tipificación, como es el caso de las medidas neuroquímicas o neuroendocrinas o marcadores y test fisiológicos de cualquier índole. Lo mismo ocurre al buscar correlaciones de ciertos tipos de trastorno de la personalidad con la estructura del cerebro o con dimensiones psicológicas estadísticamente válidas. Este camino puede a veces ser mal entendido y así llegar a creerse que las correlaciones de hechos –es decir, que la significación estadística– tienen de suyo una significación genética, es decir, que explican cómo las cosas han llegado a ser lo que son. Esta última significación –como hemos señalado– sólo es alcanzable en medio de un modelo teórico que asigne a dichos hallazgos un valor semántico en una cadena de transformaciones que culminen, en este caso, en un trastorno de personalidad determinado. Esa capacidad no está presente en los estudios de correlación, ni tendría por qué estarlo. Sin embargo, la tentación de empezar de nuevo, de restablecer los cimientos desde bases supuestamente más sólidas, en suma, de refundar el tema de la personalidad debido a las insuficiencias que presentan los estudios en boga, está siempre sobre el tapete. Pero esta tentación –que en gran medida compartimos– corre el riesgo de botar a la guagua junto al agua sucia de la bañera, según reza un antiguo dicho inglés. ¿Cómo podemos pretender una concepción de la personalidad humana –se dirá al embrujo de esa tentación– si no disponemos de una antropología filosófica, médica y psiquiátrica lo suficientemente fundada? O más modestamente, ¿disponemos de un lenguaje común, unívoco, de lo que es conducta, rasgo y dimensión y de las relaciones entre ellos? O desde arriba, en un constructivismo radical, ¿no será que todavía pensamos “substancialmente” y que no hemos caído en cuenta que los objetos de las teorías científicas son inventos –como por ejemplo la “personalidad”– orientados desde intereses extracientíficos que alientan los discursos de cada disciplina? Posiblemente. Sin embargo, para los clínicos estos recovecos conceptuales suelen ser un eterno afán en poner la mesa, sin comer jamás. Como hemos señalado en múltiples lugares, el punto aquí es que los oficios del científico y del epistemólogo se hacen cargo de cosas diferentes a aquellas que asume el clínico: una cosa es postular una teoría del conocimiento, o un modelo teórico acerca del trastorno obsesivo-compulsivo, y otra el hacerse cargo del trato con los pacientes. Sin embargo, sin constructos, sin teoría, la praxis médica resulta ciega, y en esa ceguera puede ser a veces eficaz, pero, otras, decididamente dañina. De allí que nadie se pueda sentir tranquilo desde su propio oficio, y debamos, nos guste o no, entrar en un diálogo crítico interdisciplinario.



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