‘EL TIEMPO PERDIDO’, DE CLARA RAMAS
Es esta una obra especial. No sé qué pensaría el lector si alguien publicase un libro con el título ‘El Mundo en Ochenta Días’, o ‘Montaña Mágica’, o ‘En el País de las Maravillas’. En ‘El Tiempo Perdido’ la autora solo eliminó ‘A la Busca’ y sustituyó por razones gramaticales ‘del’ por ‘El’. Sin hurgar demasiado, pareciera que Ramas se arropa fervorosamente y con audacia, con la obra de Marcel Proust. Específicamente, este libro se refiere a la memoria, al tiempo, a los políticos reaccionarios (melancólicos) y a ‘En Busca del Tiempo Perdido’ de Marcel Proust.
La memoria: breves contenidos previos
Sabemos de la memoria por el recuerdo, que nos trae a ‘presencia’ algo que sucedió en el pasado, y que, naturalmente, no está ocurriendo ahora. Con otras palabras, es una ‘ausencia’ traída a ‘presencia’. Sin embargo ¿cómo puede una ausencia volverse presencia sin perder su condición de ausencia? El recordar, este ‘traer la ausencia a presencia’ ocurre como un ‘ambiguo’. El recuerdo de mi padre es ahora, está presente, pero en su ausencia. Lo que ahora ocurre es que el recuerdo se refiere a alguien que ya no está: mi padre. ¿Cómo es posible esta ambigüedad? ‘Veo’ a mi padre, pero sé que ese ‘ver’ existe sólo en mi recuerdo y en la narrativa que yo mismo creo para él. Ese alguien recordado sólo es ahora en la medida en que ya no existe. Y esto vale para cualquier recuerdo. A ese fenómeno, que llena tal función contradictoria, podemos llamarlo imago, en el sentido que desarrollaremos unas líneas más abajo.
El recuerdo es en cierto modo verdadero, pero en otro es falso, ya que, por ejemplo, el verano de mi adolescencia y mi primer amor, no está ocurriendo. Los recuerdos, están en lugar del original y este ‘en lugar de’, es constitutivo de ellos y explícitamente vicarios. La palabra vicario es una expresión latina que significa que algo tiene el poder o las facultades de otro o lo reemplaza, sin serlo. Sabemos, sin necesidad de una gran reflexión, que el recuerdo trae a lo recordado, pero lo trae como imago y no en ‘carne y huesos’.
En su origen latino, imago significa imagen, figura, representación, reproducción o apariencia de algo –no la cosa misma, sino un sustituto. Es evidente que recordar ocurre ahora, en esta infinitesimal experiencia que llamamos ‘presente’. Es presencia de lo ausente, y esa es la razón por la cual no tratamos de calmar la sed bebiendo el agua recordada. Sin embargo, a pesar de estar el recuerdo de cierto modo prisionero de lo sido, sabemos que no es eso lo que traemos a presencia, sino un substituto y que, por ello, será siempre presencia vicaria de lo ausente.
¿Cómo ocurre el recuerdo? Ocurre como fugaces fragmentos rodeados de zonas de silencio (olvido). Puedo poner en esas zonas de silencio diferentes narrativas o uniones, pero tales adendas pertenecen a otra forma de experiencia consciente y no a la del recordar. De allí que los vínculos entre esos fugaces destellos mnémicos sean pura creación. Esa es la razón por la que el libreto de nuestras vidas acepta interpretaciones y reinterpretaciones, pero nunca una narrativa única y oficial. En suma, el recuerdo nos evidencia que lo sido propiamente no tiene la capacidad de una auténtica recuperación.
El recuerdo cotidiano
Sin embargo, el recuerdo no lo es solo de eventos biográficos o de sustento de narraciones literarias, sino también de fenómenos que parecen del todo triviales e inadvertidos. Vivimos en una red inmensa de recuerdos que nos permiten movernos y actuar en todo momento. Si deseo beber un café me dirijo a la cocina donde está la máquina, las tazas y cucharas. Pero, yo estoy en el escritorio y no tengo la cocina ni todo lo mencionado en mi campo perceptivo actual. ¿Cómo me oriento? Me oriento, y no me dirijo al jardín, porque recuerdo dónde está la cocina, del mismo modo que recuerdo dónde está mi oficina para dirigirme a ella o dónde guardo los zapatos cuando deseo vestirme. Sin ausencias hechas presentes nuestro comportamiento orientado sería imposible, como ocurre en las etapas finales de la enfermedad de Alzheimer.
El recuerdo como reminiscencia
Clara Ramas nos habla de un especial tipo de recuerdo. Me refiero a lo que se conoce como ‘reminiscencia’, la que se desencadena por un pequeño evento presente, por ejemplo, como ocurre con el olor a pan horneado, el que me trae el recuerdo de mi abuela. Lo mismo ocurre en el conocido caso de la magdalena remojada en té descrita por Proust en ‘A la Busca del tiempo Perdido’. Las reminiscencias no son buscadas, sino que ocurren de improviso frente a un estímulo determinado y que abren fugazmente un campo: en este caso, el de la niñez de Proust. Pero, la reminiscencia no es un recuerdo neutro, por así decirlo, sino un fenómeno cargado de sensorialidad y emoción. Todos los seres humanos experimentan este fenómeno alguna vez. Sin embargo, lo que se supone está en torno a la reminiscencia, es borroso, o, como en el caso de los tres árboles que describe Proust, es simplemente inasible. Lo claro es que en la reminiscencia no hay detalles como diálogos, fecha, ni gestos cotidianos. Sólo un chispazo que se disuelve rápidamente.
El tiempo
Meterse con el tiempo es una tarea obviamente infinita. Sin embargo, aquí nos haremos una sola pregunta: ¿qué significa ‘el tiempo perdido’? ¿Podemos decir que hemos ‘perdido el tiempo’ cuando no hemos hecho lo que, creemos, deberíamos haber hecho esta tarde? Pero no es a esa ‘pérdida del tiempo’ a la que alude Ramas. No se trata de que yo ‘pierda el tiempo’, sino de algo que tiene que ver con el tiempo mismo. Sin embargo ¿puede ‘perderse el tiempo’, como pierdo dinero en la bolsa, o como se me ‘pierden’ los anteojos? Ganar y perder tienen un aroma competitivo o financiero.
Pues bien, el tiempo perdido en Ramas, es algo que le ocurre al tiempo mismo. Que esté perdido, ¿significa que está extraviado, escondido o que ha desaparecido? Eso sería tratar al tiempo como si fuera una ‘cosa’, un ente substantivo. Sería largo desarrollar, pero el tiempo no es eso, toda vez que tiene que ver con la transformación (metabolé). Ya lo pensó Aristóteles en los cinco capítulos de la Física, desarrollados en el libro IV, y que van del 10 al 14(1). Pero aquí no podemos seguir ese camino(2) .
Distinto es si pensamos en el ‘tiempo perdido’ como lo que ya no existe sino en el recuerdo. A eso llamamos historia, pasado, biografía. Y, dentro de la biografía hay ‘épocas’, por ejemplo, el recuerdo de mi niñez. Pero no podemos acceder a esa época que ya no existe, solo podemos referirnos a ella mediante el vicario recuerdo. Ese pasado no se puede auténticamente recuperar, de manera que podemos decir que lo que está perdido no es ‘el tiempo’, sino la experiencia irrecuparable que solo existe al rememorarla, justamente, como lo que ya no existe.
Los melancólicos
Ramas insiste en usar la expresión melancolía para el desencanto con la vida de hoy (tiempos crepusculares) y soñar con una vuelta al pasado, es decir, traer lo antes ocurrido a un ahora. Al utilizar una expresión que es de origen médico y que surge de la larga tradición (siglos) de la Escuela hipocrática, es importante alguna puntualización. Para Ramas, siguiendo alguna de las ideas freudianas, la “melancolía supone una cierta mirada sobre un objeto amado que se siente ya perdido o en peligro de perderse”. ‘Objeto’ es una palabra cara a la ciencia y en muchos sentidos también a la filosofía. En todos los casos se trata de una referencia a ‘algo’. Sin embargo, es evidente que un objeto nunca es ‘alguien’ sino siempre una ‘cosa’. Pero, el ‘melancólico’ que ella describe cree que es concretamente posible salvar y ser el guardián del ‘objeto’ amado y perdido o en vías de perderse. Y ¿cuál es ese ‘objeto’? “Todo” enfatiza la autora: “el orden, la estabilidad, las certezas, los valores, el bienestar: En concreto: patria, familia, trabajo, creencias, virtud, valores, comunidad, roles de género, clase”. Cabe preguntarse ¿algo de lo mencionado es propiamente un ‘objeto’? Sostiene Ramas que el melancólico cree que eso perdido está a la base la desorientación, la angustia, el sentimiento de desamparo y la conciencia de fin de época que impregna a la cultura occidental actual. La respuesta reactiva a esta situación (reaccionaria, dice) es mirar hacia atrás, al pasado perdido que se cree es posible recuperar, refundándolo en el presente para poseerlo en el futuro. A ese tiempo pasado e ilusoriamente mejor, Ramas lo nombra como “Edad Dorada”. La autora señala, como ejemplo de este postulado, a las confesiones de un personaje cinematográfico, Tony Soprano, cuyo psicoanalista le dice ‘hemos llegado al final de algo’. Tony dice añorando el pasado inmediato, “‘take my father’: antes teníamos algo y por lo tanto podíamos ser alguien. Pero llegamos tarde”. Sin embargo, es arbitrario considerar a ese ‘antes’ como la generación de nuestros padres. El ‘antes’ puede ser toda la historia humana y la experiencia de todos los seres humanos cuando vuelven la mirada hacia atrás. Sería impropio pensar que nuestros padres consideraban como ‘dorado’ al caótico siglo XX. Pero nosotros, al recordar nuestra infancia, podemos inventar un relato estético de esa época, y así recrearla como un recuerdo que, exactamente, no fue como ocurrió. Pero, Ramas sostiene que los melancólicos intentan recuperar esa ‘época dorada’ y así volver a la plenitud originaria y a la identidad: patria, familia, comunidad y virtud. Pero, a reglón seguido nos plantea -y es difícil no estar de acuerdo- que esa época dorada nunca existió. ¿Cómo es esto? ¿Es posible perder lo que nunca se tuvo? Sí, es posible, a condición de aceptar que el pasado es solo una narrativa actual de un antes, modificado y armado por fantasías y deseos presentes.
Es interesante y complejo lo que la autora plantea. El problema que sobresalta la lectura es que eso planteado no tiene ninguna relación con la verdadera melancolía. A quienes añoran lo perdido la autora los viste con la palabra ‘melancólicos’. Esta nominación choca con el fenómeno de la melancolía y su encarnación en personas concretas y reales(3) . Me he preguntado qué significa esta palabra al trasladarla a un plano filosófico, sociológico y antropológico. En una lectura desprevenida, esta expresión parece aportar una novedad al pensamiento del momento actual acerca de occidente. Pero, la melancolía real es un estado que sufren algunas personas, caracterizado en lo esencial por la desaparición del ‘deseo’, eso que cualifica la vida humana. Por lo mismo, el presente se experimenta como plano, muerto y detenido. Carente de deseo, la vida de los melancólicos es un desierto de sentido y en ella nada es relevante. El futuro no existe, está coagulado y la acción, paralizada. Frecuentemente sienten que no entienden el vivir, puesto que debían haber muerto hace mucho. Pero, lo que desarticula el pensamiento de Ramas, es que en la verdadera melancolía el pasado no es añorado, ni cabe la nostalgia, sino solo la culpa. Ese pasado culposo no tiene nada de ‘edad dorada’. Al revés, es un infierno que atrapa y de cual no es posible librarse sino con la muerte.
Para Ramas, en este uso anómalo del término, los melancólicos no entienden que no es posible traer el pasado, esa ‘Edad Dorada’, de vuelta como tal. Y, ¿quiénes son los melancólicos? Pues, en lo fundamental, casi todo el espectro político español, lo que tal vez se repita en muchos otros países, pero, con especial acento en las derechas.
La hora de la verdad
Me refiero con este subtítulo al apartado 10. En él, Ramas hace un giro (una Khere evidente, pues da un vuelco no menor) que hace patente lo que desea (o necesita): hacer un puente para entrar en las nostalgias proustianas, nostalgias que en los nueve apartados anteriores criticaba de forma implacable. Reconoce que “en no pocas ocasiones, los discursos de la melancolía resuenan emocionalmente en nosotros”. “Es hora de reconocerlo ya en voz alta, pues se debe hacer justicia al adversario y no dejar de buscar nunca sus semillas de verdad”. “Hacer justicia hermenéutica al adversario es también tratar de comprender la legitimidad de sus razones”. ¿Qué ha pasado? ¿De dónde sale esta dulzura? Y abunda: esas palabras melancólicas, si son bellas “es porque recogen para nosotros lo perdido. Los verdaderos paraísos -continúa- son los que se han perdido”. “Todos tenemos ‘pérdidas’ de paraísos que nunca fueron y ‘tentaciones’ melancólicas, nuestro Combray proustiano”. Estamos en tierra derecha: era imposible meter a Proust en el ensayo, si no se buscaba una transición conceptual, que diera un giro evidente. Esa búsqueda de lo perdido e inexistente como ‘realidad’, es un dulce ‘abrazo’ de sentido. Como ocurre en muchos otros filósofos, esta Khere no es anunciada ni motivo de reflexión acerca de su naturaleza. El problema que sustenta silenciosamente todo el libro de Clara Ramas es que esas bellas nostalgias (la nostalgia es siempre de lo bueno irremediablemente perdido) no puede transformarse en un programa político pre-moderno, pues la magia de esos recuerdos espontáneos no puede ser restaurada en la realidad, simplemente porque no existen como tales sino sólo como recuerdos. Por lo tanto, todo programa político de los melancólicos debe ser ‘recusado’. No obstante ¿no ocurre lo mismo en cualquier sueño político? ¿Cuál es la salida? ¿Un programa político empírico, sin nostalgia ni utopía alguna? Ha sido dicho muchas veces, la salida es estética, es decir en la forma de arte, que tiene que ver básicamente con las palabras como material para esculpir literatura, poesía o prosa poética. Y eso requiere aprender a escribir para contar lo que ya no es, de la manera en que tampoco fue, pero que ‘nos abraza dulcemente’. Y, los reaccionarios, para ella, no saben escribir ni hablar. Duro juicio descalificatorio. La narración de mitos, infinitos en la historia humana, tienen una nula relación con los datos historiográficos o empíricos. No tienen que ver con ‘lo verdaderamente ocurrido’ pues eso nunca ocurrió.
A la Busca del Tiempo Perdido.
Durante toda la lectura me pregunté de qué modo Ramas introduciría a Proust, ya anunciado en el título del libro, y en el apartado 10 se mostró de manera elocuente cómo la autora crea la puerta de entrada. Debo señalar que, para Ramas, leer a Proust es mucho más que leer. “Uno acaba pensando que vivir sin leer a Proust es no vivir. Es que la vida palidece frente a la busca del tiempo perdido. Uno no querría salir de ahí nunca…Esta imponente catedral proustiana comienza por acompañar la vida propia, filtrando su luz, hasta el final la ilumina para hacerla visible y posible y ya no la reconocemos sin su irradiación…” Esta idolatría, es molesta de inicio, por su exageración. Podría ser una secta, como ocurre con todas las adhesiones incondicionales a escritores, pensadores o figuras religiosas. “Habría que reconocer-agrega- (…) que esa lectura fue y es ella misma una forma de idilio” (cursiva mía). Agrego que un podcast de la autora se titula “Leer a Proust hasta el delirio”. A partir de allí, ningún diálogo es posible.
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(1) Aristóteles. Physica , 11, 219 b 1 s. Traducción de Alejandro Vigo. Ed. Biblos, Buenos Aires, 1995.
(2) Para quien se interese por un desarrollo más amplio ver: Ojeda, C. ’Martin Heidegger y el camino hacia el silencio’.
C y C Ediciones, Santiago, 2006
(3) Uso la palabra ‘real’ en un sentido corriente, pues entrar a un análisis en mayor profundidad nos desviaría severamente del objetivo de este artículo.