LA FORMACIÓN DE PSICOANALISTAS


Presentación en la Asociación Psicoanalítica de Santiago (APSAN)
Marzo 2019

En su libro, “De Palabras y Sujetos”, Eduardo Gomberoff realiza un viaje, una pregrinación por el archipélago psicoanalítico, formado de islas que fácilmente, si alguien está domiciliado en alguna de ellas, se transforman en continentes autosuficientes, en una suerte de pars pro toto. El libro, a pesar de su brevedad, abre un enorme abanico de reflexiones y, debo confesar que, en cada nueva lectura, me sorprendo de encontrar también nuevos y estimulantes horizontes. Lo que digo no es un halago ni una lisonja. Estoy hablando en serio. El texto transcurre desde 10 claves para entender la HISTORIA DEL PSICOANÁLISIS EN CHILE, pasa por la ÉTICA Y EL ESTILO DEL ANALISTA; por EL SUJETO, LA PERSONA, EL TERAPEUTA Y EL PSICOANÁLISIS; por EL SER Y EL HACER DEL SUJETO visto como ATOLLADEROS DE LA IDENTIDAD EN PSICOANÁLISIS (tema que nos ocupará hoy día). Pero hay mucho más: HITOS FREUDIANOS SOBRE SEXUALIDAD Y ORDEN SIMBÓLICO; CONSIDERACIONES ACERCA DEL SÍNTOMA, para concluir en un EPISTOLARIO donde Eduardo aborda muchos otros tópicos pertinentes.

El capítulo IV, nuestro tema de hoy, está referido a la formación e identidad de los psicoanalistas. Presentaré aquí algunas de las reflexiones que este capítulo me inspiró. Pienso que si se ha de formar psicoanalistas, parece necesario saber cómo se pasa de no ser psicoanalista a serlo. Es la poesis platónica: pasar de lo no-ente a lo ente. El artesano trae a existencia el Cáliz Ceremonial, que antes no existía. Eso es poiesis. La formación parece estar orientada a que, ese no-psicoanalista, finalmente llegue a serlo. ¿Cómo proceder? El “cómo” es un asunto metodológico, pues nos exige seguir un proceso que conduce a un fin, fin en algún sentido precisable. Sabemos que las palabras, inevitablemente, arrastran una “penunmbra de asociaciones” como decía el psicoanalista británico Bíon. No es sorprendente entonces que método derive del griego “metodos”, que significa, justamente, “el camino para llegar a un destino”. Sin embargo, el camino no sólo tiene un destino llegada, sino que también un punto de partida. Que no todos los caminos conducen Roma y que no todos vamos a Roma, parece claro. A mi enteder, un no-psicoanalista que desee llegar a serlo necesita de algunas creencias básicas de inicio. Digo creencias, porque las apofanías, las certezas inconmovibles, son solo posible en personas delirantes.

¿Qué convicciones debe sustentar un candidato a psicoanalista?

1) Debe creer que hay un algo, un lugar, una estructura, y una operación que denominamos “inconsciente”. No puedo imaginar que Skinner pudiera haber sido psicoanalista.

2) También debe suponer que ese inconsciente no es una mónada, en sentido leibzniano, es decir, que no es una unidad clausurada en sí misma. Es porosa y se expresa a través de derivados o efectos, se filtra parcial e inadvertidamente, y esa expresión, metamorfoseada, afecta a otros niveles de lo que creemos es “la” mente, sea cual sea el modelo que de esa mente tengamos. Sin embargo, que esa expresión sea parcial nos indica que nunca ese lugar o estructura estará como totalidad a disposición de nuestro “saber”. Dicho algo más enrevesadamente (cosa que en este ambiente no es problema), pareciera que “el inconsciente se muestra ocultándose”.

3) De acuerdo a lo anterior, quien sufra de una fobia a las ambiguedades del lenguaje y de la conducta, o un horror a la polisemia, no podrá ser psicoanalista.

4) Por eso, el cuarto rasgo que imagino sería necesario para pretender ser psicoanalista, es la comprensión inicial de lo que denominamos hermenéutica, en su sentido habitual (que no es el original). Se quiere decir, ‘exegesis’, ‘interpretación’, ‘suposición’, ‘construcción’, es decir un proceso que no acepta la denotación en crudo. A partir de la hermenéutica surge la teoría, y en este caso, las teorías acerca de lo que se oculta en el mostrar, es decir “del” inconsciente. Jaime Coloma en su importante y extensa obra deja claro desde el título este ambiguo: “El Oficio en lo Invisible”.
Hasta aquí el camino de entrada.

Sin embargo, se sigue de lo anterior que en el psicoanálisis como en cualquier otra disciplina, no hay teoría, sino ‘teorías’. Me parece que las ‘teorías’ forman ‘escuelas’ y ‘tradiciones’, que sin renunciar a los pilares creenciales de inicio, arman la hermenéutica de manera diferente. Como es obvio, una interpretación no puede ser verdadera ni falsa (suponiendo que esos conceptos fuesen claros). Sólo hay creencia y la elección de una teoría u otra depende de muchos factores que sería largo analizar: pero en definitiva, ¿creo más en Bion que en Lacan? ¿En Freud que en Melanie Klein? ¿En Jung?
También se desprende de lo anterior que no es concebible un psicoanálisis (es decir una singularidad, como el dios monoteista o el concepto del ser en Heidegger), con otras palabras, no parece ser concebible un psicoanálisis que sea teóricamente único, o que sea práxicamente homogéneo. Con esto digo que si no hubiese escuelas, praxis, orientaciones y estructuras polimorfas y cambiantes, no podríamos entender lo que el psicoanálisis “es”.


LA FORMACIÓN
La poiesis que lleva a una persona de no-ser psicoanalista a serlo, consiste en formar, es decir, en“dar forma”. Sin embargo, el problema no está en enseñar escritos teóricos, como si el psicoanálisis estuviese allí. Yo, o cualquiera, puede entender conceptuamente los escritos psicoanalíticos con mayor o menor dificultad. Pero ocurre que el psicoanálisis es un actus exercitus ( es decir, ejercido, llevado a cabo, cumplido) y no solo un actus signatus (acto señalado en la teoría). El psicoanálisis está en cada sesión psicoanalítica real. Sin praxis, el psicoanalisis sería filosofía. Yo puedo enseñar los principios técnicos y estratégicos del tenis. Pero, con ese conocimiento el aprendiz no logrará ni golpear la pelota. Debe practicar con una raqueta, pelotas, en la cancha real, y ser conducido ahí, guiando su perfeccioamiento a través de la ejercitación, por alguien que está más adelante en sus destrezas.
Pero aquí ya empiezan los problemas. El psicoanálisis no solo es un actus exercitus, es además, un acto íntimo entre dos personas, y no caben allí terceros que sean testigos, entrenadores o simples mirones. Eso sería obsceno, es decir poner en escena pública lo que, siendo perfectamente ético, no puede estar allí. Eduardo Gomberoff acentúa este punto: las descripciones del proceso psicoanalítico hechas por el propio analista son filtradas y parecen protagónicas y codificables.Pero el psicoanálisis no está en esos apuntes, ni permanece en un archivo: como hemos dicho, se hace de nuevo en cada sesión ejercida. La investigación empírica en psicoterapia, tema sobre el que hemos escrito en otras partes, es una suerte de voyerismo de quienes, generalmente, no realizan psicoterapia, sino que ocultos, la miran, la registran y sacan codificados “datos” adaptables el “método científico”, método que es otro camino y cuyo destino es completamente diferente al del psicoanálisis. Si hay, advertidamente, alguien mirando por la cerradura, nadie actúa como lo hace en la intimidad que ha construido desde su propio espacio de sentido. Si se trata de evaluar “científicamente” al psicoanalisis se estaría entonces frente a una especie de masteryjohnsonización del psicoanálisis, del mismo modo en que Master y Johnson intentaron atrapar, como voyeristas científicos, a la erótica. (anécdota del examen ginecológico si cabe).

LA CERTIFICACIÓN
Percibo (aunque tal vez no es así) la irritación de Eduardo Gomberoff con lo que el describe como ana—listas. Con un gran guión. Las instituciones formadores acreditan qué postulantes han cumplido con los requisistos curriculares y el así llamado análisis didáctico, e implícitamente dicen: Esta lista contiene los nombres de quienes “verdaderamente” son psicoanalistas. Los demás, digan lo que digan, no lo son. Y, los que “son”, por serlo, lo que hacen en sus oficinas, es psicoanálisis. Luego, la pregunta ¿qué es un psicoanalista?, se puede responder con un batido como el que Heidegger hace (entre otros) con al arte. “El artista –dice en Sendas Perdidas- es el que hace obras de arte, y obra de arte es lo que hace un artista”. Gomberoff discrepa, y expresa que la identidad psicoanalítica se ha enquistado en el ser y el hacer: si se es psicoanalista, lo que se hace es psicoanálisis. Pero él pone en duda esta ontologización, este “ser”, derivado de una certificación. Y nos recuerda a Lacan: “el psicoanalista se autoriza a partir de él mismo”, aunque después agrega, tal vez tímidamente “y con algunos otros”. No obstante, es necesario preguntarse,¿cómo se autoriza a sí mismo y con cuáles otros? Pero también sostiene que un psicoanalisis es didactico si su efecto es la creación un psicoanalista. Cabe entonces también preguntarse, ¿cómo, desde dónde y basado en qué podemos saber si se ha creado un psicoanalista?

Pues bien, la “certificación” o “acreditación” a mis oidos suenan, como lo que Eduardo llama “demandas épocales, o del amo de turno”. La concreción social neoliberal, puede describirse como “prisa”, “eficacia”, “definición” “cuantificación”, “costo—beneficio”, “economía de escala”, y muchas otras semejantes. El resultado de la formación institucional psicoanalítica será un “producto” garantizado, como los alimentos etiquetados, los artefactos electrónicos y fenómenos más sutiles, como ser yo lo que dice el certificado de nacimiento. Certificación, que arrastra el concepto de “certeza”, es “dar crédito” (creer en algo o en alguien), es decir, el estar más o menos seguros que el producto es lo que se dice en su envase. Pero, ¿qué “certificaciones” requiere alguien para ser un “verdadero” psicoanalista? ¿Quién puede certificarlo? ¿Y quién certifica al certificador y quién al que certifica al certificador? Este recurso al infinito no es trivial y es solo aparente. No se trata de requisitos, como parece en una primera visión, sino de un asunto de poder. Certifica el que tiene poder para hacerlo y la capacidad de ejercerlo. Y aquí el tema cambia de plano, y de lenguaje. El tema del poder en las estructuras jerarquizadas es imposible de desarrollar en un breve tiempo, y además me parece que corresponde a cada institución, internamente, descubrir sus propios atolladeros en esta área.

Creo que debo detenerme aquí.

Muchas gracias. 

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