DE PALABRAS Y SUJETOS

Historias y clínica del psicoanálisis

®Eduardo Gomberoff 2018 ®Sodepsi Ediciones, Santiago de Chile, 2018 De Palabras y Sujetos
ISBN No 978-956-9200-08-3
1a Edición 2018

EDUARDO GOMBEROFF
De palabras y sujetos - Historias y clínica del psicoanálisis
SODEPSI EDICIONES

Hacer un comentario de este libro no es tarea fácil, puesto que se trata de un texto y un autor que podríamos denominar “lacanianos”, y yo, como veremos, no calzo en adherencias de ese tipo. Sin embargo debo confesar que el lacanismo nunca me fue indiferente y he intentado penetrar en su torbellino de palabras “insistentemente”, sabiendo que la tradición lingüística francesa se ha encaramado, con evidente gracia, hasta el borde de una disgregación psicótica. Desencriptar los ímpetus de plumas finas y, a la vez, violentas, me seduce y me impulsa a tratar de buscar un “proto”, un “antes”, un “previo” que me desenmascare la clave de un pentagrama apelmazado.

Lo que hay en este libro es alguien que escribe, creo, intentando “cazar al psicoanálisis”. Tengo la sensación, después de haber leído sincera y exhaustivamente el texto, que el autor dice: “el psicoanálisis es ‘algo’, existe”. ¿He de creerle? ¿Me lo puede mostrar? No lo sé. Luego me interrogo: ¿qué significa cazar “al” psicoanalisis? Conozco a personas que son psicoanalistas, pero otras que son heideggerianas o tomistas o hegelianas o marxistas o cristianas y un largo “y todo lo demás”. Pero, ¿qué es ser lacaniano? Lacan existió y su nombre de pila fue Jacques-Marie. Escribió mucho y con una creatividad desbordada y algo frenética, como si se tratara de “siempre ir hacia adelante pero sin soltar lo de atrás”. Algo así como correr en círculos estando atado a un árbol. Tal vez por eso usó las palabras, aparte de algunos trémulos neologismos, como un “idiolecto” que borra su sentido habitual y exige, por lo mismo, algo muy difícil de obtener: sumisión en el aprendizaje, lo que implica un ejercicio destacado del poder. Así, esta escritura de Jacques-Marie produjo largas filas de fervorosos adherentes y otras, también largas, de detractores. Me pregunto si es posible ser o no-ser el nombre de otra persona. Tal vez sea posible que los “lacanianos” crean ser “como él”, o que “lo siguen” a él, o que “piensan como él”, o que “los identifica” y “lo aman”, o, incluso, que “son sus esclavos” o “pertenecen a su rebaño”, y así. Y ¿qué pasa con los detractores? Pasa como con el ateísmo de Jean Paul Sartre, que menciona a Dios cada dos páginas. Dicen los detractores de Lacan: “no soy él”, “no creo en él”, “no tengo nada que ver con él”, “no pertenezco a él”, “soy libre de Lacan”.

A mi entender, sin embargo, el tema no es el “lacanismo”. Me parece que en el caso de “los psicoanalistas”, el atractor central (en sentido matemático) es Sigmund Freud y no Lacan, es decir, un conjunto de valores (no en sentido ético, sino más bien en el de números-ideas) que imantan a las trayectorias que le sean suficientemente próximas y que han de permanecer próximas incluso si son perturbadas o si son caóticas. El “atractor” es como el árbol al que se está amarrado. Entre líneas leo en este libro que no se puede ser psicoanalista si no se es, por algún lado y de alguna manera, freudiano o antifreudiano o parafreudiano o metafreudiano o posfreudiano. Una red de cordones umbilicales llenos de nutrientes o de ácido, pero cordones umbilicales al fin. No solo apego, sino también contraapego o disapego, pero jamás prescindencia. Los psicoanalistas no pueden prescindir de Freud, ni los religiosos de Dios, ni los heideggerianos de Heidegger. Pero los psicoanalistas pueden, perfectamente, prescindir de Dios, de Heidegger y de todo lo que les es ajeno (todo lo “otro”). El punto es que eso “otro” está allí y cuenta también con largas filas de feligreses y otras de afiebrados contradictores. Con eso deseo expresar que siempre el mundo es mucho más ancho que nuestras convicciones.

Sin embargo, el atractor ¿es la persona de Freud? ¿O es lo escrito por él? ¿Tiene alguna importancia para la obra freudiana si Sigmund fue o no adicto a la cocaína? ¿Importa si prefería el salmón al atún? Lacan era “freudiano”, según decía. Pero dejaba en claro que no se refería a Sigmund, sino a las palabras que él escribió. Se abre con eso un inquietante misterio: lo escrito por alguien ¿le pertenece a ese particular alguien? He encontrado las mismas “grandes” ideas (que se pueden contar con los dedos de una mano) escritas por autores muy diferentes, de diversas épocas y convicciones. Y me pregunto, ¿no pudo lo escrito por Freud haber sido escrito por otro? Siempre sospeché que la misteriosa “fuerza de gravedad” existe con independencia de Newton. Descubrir no es lo mismo que inventar. Tal vez los adherentes al lacanismo piensen que se trata de descubrimientos, y, los opositores a ultranza, de inventos. Pero, ¿es posible sostener que las palabras (el lenguaje) no tengan dueño? Esto mismo que acabo de escribir es prueba de lo que digo: por un momento pensé que la pregunta en cursiva era una idea mía. Luego recordé que esto fue escrito Heráclito hace 2.600 años, pero dejando en claro que él era apenas un intermediario de méritos dudosos (se lo conocía como “el obscuro”). Escribió: No a mí sino al logos escuchando, es sabio con-decir, que todo es uno. Este fragmento, el 50, para ser innecesariamente preciso, dice que no soy yo el que escribe o dice. Luego, no me lees ni me escuchas a mí, sino al logos que me habla o por el que soy hablado. Estas palabras resuenan hoy igual que hace 26 siglos (por esa época vivió Heráclito) y, vía diversos ropajes conceptuales, ha sido dicho muchas veces en distintos momentos de la historia. Pero también se ha dicho lo contrario. Robert Musil, el notable escritor vienés, en El hombre sin Atributos, sostiene que “lo que es” siempre pudo ser de “otra manera”. Parece evidente: lo que ocurre tiene que ocurrir de alg-una manera y no de todas las maneras posibles. La trayectoria real de una partícula entre dos puntos incluye todas las trayectorias posibles, afirman algunos físicos (como Hawking, por ejemplo). Pero la ética del escribir (y algo menos la del hablar) implica hacerse cargo, pues lo escrito y lo dicho siempre tienen consecuencias (la séptima función del lenguaje como dice el “gracioso” novelista Laurent Binet). Si no es a mí (o a cualquiera, pues cualquiera es siempre un “mí) al que escuchas, sino al logos, ¿qué digo con eso? Pues digo que hay algo previo (el logos con sus treinta expresiones en castellano que lo hacen medianamente inteligible en nuestro idioma) en cuya gramática me inserto de prestado. Si así fuera cabe entonces preguntarse: ¿cómo discurren por el universo las palabras de las que no somos dueños? ¿Como una sopa de letras? ¿Como una red de palabras pegadas al sentido por algún mágico ungüento, como la gramática lógica pura (a priori) de Husserl, que nada tiene que ver con la existencia humana? ¿Una lengua eidética y axiomática como la geometría euclidiana? No lo sé, ni sé si se sabe o si se puede saber.

Me resulta extraño esto de “ser” algo así como un “alguien otro” (saltándonos el asunto del espejo) y bautizarse con su nombre más un “ismo”. “Ismo” es un sufijo, creador de substantivos doctrinales. Freud es una persona, el freudismo una ideología, y las ideologías son doctrinas. Así, si profeso algún “ismo” me apropio (o me zambullo) en un corpus doctrinal, dejo de estar solo y tengo “camaradas” (habitantes de la misma cámara). Semejante es el compulsivo y depredador “ianos”, que se apropia de un substantivo, especialmente de los nombres, y los digiere para luego asimilarlos como una característica propia. Ser freudiano o heideggeriano no caracteriza a Freud ni a Heidegger, sino a “mí”. Freud es una persona, freudiano es un adherente al freudismo que, por ese través, se cualifica. Pero, ¿esta adherencia es al autor o a la obra? Estos sufijos le dan al lenguaje un guion de deslizamientos: el paso desde el nombre de un sujeto (Freud), a un “algo eso” (el freudismo) y finalmente a un rasgo o característica “mía” (ser freudiano). Se ve entonces que necesario preguntar no solo por los sufijos sino también por los verbos. Si bien alguien “es” freudiano, o cualquier otro “ianos”, ese “ser” de ese alguien queda abierto. Se puede ser freudiano, pero al unísono, viejo, masón, papá, amigo y un buen tenista. Ningún adjetivo agota el substantivo (supongo que esto ha sido dicho muchas veces por otros “mí”). Pero, ser freudiano no es lo mismo que el “freudismo”. Este último, la doctrina, es otra cosa. Es algo que parece estar ahí con independencia absoluta de mí. Si alguien dice ser freudiano está enganchado al freudismo, como señalamos; y si alguien dice ser lacaniano está enganchado al lacanismo. Pero el lenguaje se atraganta si alguien dice “soy freudismo” o “soy lacanismo”. Falla la sintaxis. Es como decir “verde lo casa” (ejemplo de sinsentido predilecto de Husserl). ¿No ocurre una secuencia parecida, o idéntica, si Pedro dice que “es” psicoanalista? Ser psicoanalista no es un asunto ontológico, pues el “ser” de Pedro no es agotado por su adherencia a alguna forma de freudismo. El asunto se enreda cuando Freud y el freudiano, el adherente, sustituyen la doctrina por la caracterización de una praxis: analizar la psique de cierta y técnica manera (o con cierto “arte” productivo, si hemos de ser etimológicamente más precisos con la techné griega). Entonces ya no estamos hablando de freudismo directamente y usamos una substantivación que tiende a ocultarse: “ser” psicoanalista ya no remite al freudismo doctrinal, sino a la praxis freudiana: es decir, “el” psicoanálisis es esencialmente un actus exercitus (acto cumplido) y no un actus signatus (acto solamente designado). Hay una singularidad: “el” psicoanálisis. Ese (“el” psicoanálisis) es “algo” que es consigo mismo, lo mismo (el to autos griego) y que “se hace al ejecutarlo”. No preexiste ni posexiste, luego no perdura ni tiene substancia. Sin embargo las cosas pueden ser más simples: el artículo “el”, como todo artículo, funciona siempre como un determinante o identificador del sustantivo. Lo mismo pasa si se dice “la” conciencia”, o “la” fenomenología”. El artículo introduce substancia, materia, realidad, cosa. Introduce un “algo” que pudiese ser encontrado “en” el mundo, como encuentro el libro que busco. Sin embargo, ¿dónde está ese algo llamado psicoanálisis? ¿Es encontrable? ¿Cómo hemos de buscarlo? ¿Asegura el decir “soy psicoanalista” que esa calificación otorgue existencia substantiva “al” psicoanálisis”?

Pero nadie está libre: del mismo modo en que se escucha que psicoanálisis es lo que hacen los psicoanalistas, Heidegger decía que una obra de arte es lo que hace un artista y que un artista es el que hace obras de arte. Dudo que ni tan siquiera se haya sonrojado al hacer este batido (y no es el único que hace en su repostería filosófica).

Si alguien dice que es psicoanalista es tentador preguntarle qué es lo que lo hacer ser tal. De hecho, los psicoanalistas desde la primera palabra, sostienen que no todos los psicoanalistas hacen psicoanálisis. Eso dice, de frentón, que “no cualquier cosa es psicoanálisis”. Debemos entonces iniciar la expedición, que le atribuyo a Gomberoff, con el título de “la caza del psicoanálisis”. A mi entender, eso es lo que él hace, y con gran talento. Pero, si buscamos algo, debemos preguntarnos por un pre-saber de lo que se busca y por un dónde encontrarlo. Si busco las llaves de mi oficina es porque sé de ellas. Y no lo hago en cualquier lugar, sino en alguno que les sea “pertinente”, como la mesa de arrimo del vestíbulo de mi casa, en la que suelo dejarlas. La búsqueda de algo requiere la convicción o la creencia de que ese algo existe. Pero, además, la búsqueda es “tópica”, es decir, acude a “lugares” con los que ese algo mantiene una pertenencia. No se me ocurriría buscar las llaves de la oficina en el tacho de la basura. El lector podrá compartir conmigo que hay bastante saber en el no saber de una pregunta. ¿Cuáles son los pre-saberes y cuáles los lugares donde es posible buscar “el psicoanálisis”? Es evidente que el pre-saber es el freudismo. Si usted escucha la expresión “psicoanálisis” jamás pensará en Sócrates. Pensará en Freud, el atractor. Sin embargo, ¿se busca el psicoanálisis en la obra escrita por Freud y también en los autores que, para bien o mal, se arropan con él? Y esto es muy curioso, pues, de ocurrir en algún lugar, el psicoanálisis no lo hace en esos escritos, lo hace en la oficina de un psicoanalista. Y, como hemos dicho en algunos escritos previos*(1), el psicoanálisis es un encuentro íntimo, regulado y comercial (contractual). Y allí solo se habla. No es una relación epistolar ni corporal. El paciente no escribe, habla, y el psicoanalista escucha, habla y a veces toma notas que el “analizante” jamás conocerá. La talking cure es pura denotación. No hay metáfora. El psicoanálisis es hablado (lo que incluye su forma privativa, el silencio). ¿Pero qué ocurre con la doctrina? ¿Está escrita? ¿Pero qué dicen esos grafismos? Dicen algo “acerca” del psicoanálisis, pero sin serlo propiamente. En la obra escrita no está lo buscado sino que tales escritos hacen referencia a lo buscado. No es extraño entonces que haya escritos incontables y variados rondando esta singularidad (“el” psicoanálisis). Digo al pasar que no dicen lo mismo Lacan, Bion, Klein, Winnicott, Jung y el conocido et cetera latino (todos los demás). Por ello, lo que parece estar en el centro de estos escritos, “el” psicoanálisis, es algo que no está propiamente allí: el combate de Iquique, propiamente, no está en los diversos escritos históricos que hacen referencia a él.

Eduardo Gomberoff escribe una Introducción a su libro. Y lo hace directamente, pues dice “escribo”, agregando que lo hace como un intervalo en lo cotidiano. Los intervalos de los novelistas suelen ser al revés: hablan como un intervalo en el cotidiano escribir. Sea como fuere, hacer pasar “la palabra a la escritura” podría entenderse como un “primero fue el verbo hablado”, pensando en la argumentación de Sócrates en El Fedro. O también pensando en la palabra del Buda en los Sutras del Canon Pali (escritos casi dos siglos después de la muerte de Siddhartha), o en la palabra del Dios judeo-cristiano en las sagradas escrituras, escritas por “otros” ¿Es así en “el” psicoanálisis? En el psicoanálisis esa palabra primordial (el psicoanálisis ejecutándose) nunca fue oída por terceros (el paciente es un segundo). No hay apóstoles que escuchen y escriban. Esa palabra dicha, que se juega en cada sesión freudiana, es un acto íntimo (como ocurre en toda psicoterapia individual, sin meterse en si el psicoanálisis es o no una psicoterapia). Eso quiere decir, sin testigos ni registros directos. Escuché o leí que Freud analizó a 160 personas en total y que todas las transcripciones fueron relatos escritos por él mismo, con algunas excepciones, como el análisis de la novela Gradiva de Jensen, que es, como material, una obra independiente. ¿Está en esos relatos freudianos “el” psicoanálisis?

Eduardo Gomberoff escribe, pues desea transformar los relatos oídos y sus experiencias vitales, su ontogenia y praxis profesional y personal (lecturas y reflexiones incluidas), en historia. Buscando un contexto, ¿no es sorprendente que el periodo del ser humano que pasa de la pre-historia a la historia tenga que ver con el grafismo? La historia emerge a partir de la escritura. No hay historia si no es escrita. Por eso el termino biografía es abusivo, pues los avatares de la experiencia humana casi nunca son escritos (grafías) y sin embargo viven plenos en la persona como la más pura actualidad de la memoria.

La historia del psicoanálisis en Chile escrita por el autor, él lo sabe y lo dice, no es tal historia propiamente, sino marcas, señales y surcos que requieren interpretación. Por eso nos aporta para ello diez notables claves. Por su parte, Lacan, en Du litoral en psychanalyse. Une lectura de Literaterre, escribe Araceli Fuentes, cuenta que al volver de un viaje a Japón por una ruta que atraviesa Siberia, desde la ventanilla ve los surcos dejados por la lluvia sobre la planicie siberiana que lo hace pensar en una escritura. Una “orografía”(estudio del relieve terrestre). “La escritura, la letra –dice—, está en lo real y el significante, en lo simbólico”. Esto tiene que ver con el goce y con el semblante cuando este último se rompe. No me corresponde hacer el trabajo de los lacanianos y explicar cómo se las arregla Lacan para establecer una secuencia que va desde lo imaginario (lo que se ve especularmente) a la palabra significante (simbólico); y de la palabra dicha al grafismo rígido de lo escrito. Y, finalmente, del escrito a lo real, este último propuesto como fondo inalcanzable e indecible. Pareciera que el psicoanálisis precisa de las pinzas de la escritura para pellizcar una “verdad” que Lacan expulsa de su léxico por razones que no podemos desarrollar aquí. No obstante, también significa que la mayor parte de la experiencia psicoanalítica se escabulle en palabras que volant, siguiendo el aforismo de Cayo Tito: verba volant, scripta manent. El punto es que se trata de cosas diferentes, como es evidente, pues lo que vuela y se esfuma no es lo mismo que lo que queda y se aquieta en lo indeleble.

Pero en este libro hay mucho más, puesto que el autor destaca el anclaje que el psicoanálisis tiene con la universidad y con las concreciones administrativas y burocráticas de las “organizaciones psicoanalíticas”, las que como células en gestación se dividen y forman órganos diversos. No todas llegan a lo mismo. Este tema no es solo una crónica circunstancial, sino un rasgo que parece ser esencial en la historia “del” psicoanálisis (insistiéndose, así, en que hablamos de una singularidad substantiva). Sin embargo, en la substantivación no hay originalidad alguna. La substantivación le otorga masa a casi todo lo que nos conmueve. Dan Zahavi busca “la” conciencia como si fuese una cosa extraviada y que tal vez esté en el tercer cajón del estante del escritorio. Experimentar (ser consciente de algo) no arrastra de suyo a un “algo” al que él (y muchos otros) llaman “la” conciencia. Lo mismo pasa con “la” literatura, “la” fenomenología, “el” Budimo y un nuevo y largo etcétera. No creo que exista alguien que haya llegado hasta aquí en la lectura, que crea que este tema se resuelve con “definiciones”. No obstante, este libro no es responsable de los recovecos espirituales e institucionales de los psicoanalistas. Solo es responsable de irradiar inspiración (eso necesario para cualquier aspiración) y una excelente capacidad sintáctica en la escritura. Puedo decir que la escritura de Eduardo Gomberoff dibuja muy bien lo que no parece poder ser dibujado, con un idioma que parece al principio sumiso y maleable, pero que pronto se desborda con elegancia hacia la rebeldía y el combate. Naturalmente, siempre me quedará la duda si se trata de las habilidades idiomáticas de Eduardo Gomberoff o del Gran Otro que lo usa como teclado. Pero, en mi opinión, vivir en la duda, en paisajes neblinosos y en el misterio, implica no aceptar soluciones ingenuas que nos oculten nuestra esencial condición de atisbadores preguntones, pero claramente conscientes de la “sabiduría del no-saber”, por usar una amada expresión budista.


_____________________________
*(1) Me refiero a El Acceso a la Subjetividad: Fenomenología, Budismo y Psicoterapia, Sodepsi Ediciones y Routledge, 2018.


Cesarojeda.com - Todos los derechos reservados 2024
Diseño, Desarrollo, hosting, mantención: DIGIMAGEN