EL TEMOR Y LA FELICIDAD




EL TEMOR Y LA FELICIDAD

Sergio Peña y Lillo, hace ya muchos años, escribió un pequeño libro al que tituló ‘El temor y la felicidad’. Tomo prestado el título. Al parecer el temor es a la vez el problema y la respuesta a la inexpresable experiencia de felicidad, que suponemos se asemeja a otras, también resbaladizas al desarrollo verbal, pero de fácil designación: la serenidad y la plenitud. Tal vez la plenitud y la felicidad humana pasan, justamente, por la superación del miedo y el sufrimiento. ¿Sin miedo no hay felicidad? Este problema tiene profundas raíces que se remontan a los albores de la cultura occidental. Kant, en una pequeña y casi desconocida obra, nos habla del comienzo verosímil de la humanidad, al que sitúa en el momento de la salida del Paraíso. Arrojado de la naturaleza, el ser humano ya no pudo guiarse por el instinto que antes lo hacía permanecer unido armónicamente al resto de lo existente. Habiendo comido el fruto del árbol del conocimiento, la inocencia desaparece junto al surgimiento de otra experiencia inefable: la libertad. Ahora, el ser humano debía elegir, guiarse solo en medio de las acechanzas y los peligros, ser libre sin saber cómo serlo. La incertidumbre, el miedo y la angustia se constituían así en el precio de la experiencia consciente emergente. Quizás si lo esencial a este tránsito es que el hombre había pasado de la comunión y la seguridad de un mundo natural y armónico, a un mundo imprevisible y amenazante; pero, además, se había deslizado desde el tiempo de la eternidad al tiempo biográfico e histórico, es decir, al tiempo de la finitud y la muerte.

Podemos imaginar que la felicidad, desde esta nueva condición de errante en el mundo, no podía ya ser un hecho dado y consustancial a la existencia humana sino un estado a conquistar a partir del miedo y de la libertad, al igual que el abrigo y el alimento surgen a partir del frío y la privación.

No obstante, el temor y la angustia no están solos, ni surgen como emergencias sin contexto. Es necesario para su aparición la memoria, el recuerdo de lo trágico que contamina el presente con el pasado y lo ensombrece. Y la fantasía, en la cual se acuna la anticipación imaginaria de lo terrible y sin sentido. Ambas actitudes son inconcebibles en un mundo paradisíaco e inconsciente. El hacer presente lo pasado o lo por venir representa lo que no es ahora y que, merced a ello, permite trazar la línea que une lo que fue, lo que es y lo que será, línea que llamamos temporalidad. Si bien es la temporalidad lo que puede estar en la base de la infelicidad, la otra cara de la medalla es que, al liberar al hombre de su contingencia inmediata y deshacer la esclavitud de lo meramente presente, de lo inmediato, de la “estimulidad” de la que hablaba Zubiri, dicha temporalidad se constituye tal vez en el logro más importante de la vida humana: lo que filosóficamente se ha llamado trascendencia.

El recuerdo y la fantasía, son fenómenos de dos caras. En un lado, en el recuerdo asienta la nostalgia (siempre de lo bueno irremediablemente perdido), la identidad y la biografía. En la fantasía, la predicción, categorización, pensamiento teórico y --de manera preferente-- la capacidad poiética es decir de las experiencias de la creación y el arte. Recordemos que la poiesis es traer lo que no es ahora y nunca ha existido a existencia. No obstante, como hemos dicho, estas capacidades generan sus opuestos, pues el recuerdo puede dejar muy poco espacio para lo nuevo, la abstracción puede impedir la captación de lo original y particular de la experiencia inmediata, y la idealización utópica del futuro asfixiar la vida que hoy tenemos.

¿De qué se trata entonces? No se trata de derrotar el temor a través de una audacia heroica y ciega o de una negación del sufrimiento y lo doloroso de la vida. Se trata más bien de asumir la poderosa fuerza del recuerdo y la fantasía pasando por la realidad y el presente. Es decir, subsumiendo el pasado, el presente y el futuro en una temporalidad global y distinta: un estado abarcador indefinible que se perfila en la libertad y el sentido de cada existencia humana. Esto es solo posible desde la conciencia alerta y no desde el mero retozar biológico. 

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