RECORDANDO A FRANCISCO UMBRAL
“Cómo se agradecen los primeros días de otoño a cierta edad”, escribía Francisco Umbral cuando tenía un poco menos de la edad que yo tengo ahora. Cuando leí esa frase no sabía que Umbral había fallecido, quince años más viejo. Al saberlo sentí una profunda pena y una profunda soledad. Su libro “Un Ser de Lejanías”, a pesar de sus resonancias heideggerianas, nada tiene que ver con la analítica del Dasein. Es un diario sin fechas, como notas sueltas que no podemos situar en el tiempo, pero que sí podemos situar en nuestra sensibilidad, en nuestros encantos y decepciones. Es que Umbral recorre una a una las experiencias de la madurez en un desorden atemorizante y coherente. El miedo de la noche, y también de esa hora que no es noche ni día (las 4 AM). La emergencia de Madrid en las tardes de domingo en que las gentes desaparecen y callan, y de ese modo los tropeles y algarabías dejan de ocultar las perspectivas y la arquitectura. El amor a las metáforas, esas en las que Borges, seco, sentencioso, no creía sino como fósiles lingüísticos (“Las metáforas comunes son las mejores, porque son las únicas verdaderas”). ¡Qué pobreza! Umbral se pregunta: ¿dónde está el placer de la metáfora? “En la fruición de un encuentro inesperado, de dos cosas que copulan sin conocerse. La metáfora es la elocuencia del mundo. Toda cosa se está abriendo hacia otro significado”. El rebuscamiento no puede ser inesperado y jamás será metáfora. La metáfora es impersonal, flota a la espera de que alguien la alcance y le ponga palabras. “No a mí”, declamaba Heráclito hace 27 siglos: “no a mí sino al logos escuchando…”. La metáfora no es mía ni tuya (no tenemos propiedad nada más que sobre las ilusiones), pertenece al logos en el que vivimos y al que escuchamos cada vez que atrapamos una metáfora. Repetimos junto al Buda: ‘las ideas nos visitan. Nunca fueron de alguien’.