REMEMBRANZAS DE UN MUNDO PRE-PANDÉMICO
La carretera era magnífica en estas espléndidas mañanas de los viernes que anunciaban un fin de semana cualquiera de primavera y que producían un anonimato reconfortante. Un café aromático a medio camino en una casona del siglo 19 y una densa pureza de aire al cruzar el túnel Lo Prado, completaban un acogedor paisaje de silencio. La vida silenciosa permitía la música que se apoyaba en ella. Milan Kundera, el escritor checo, había dicho: ¡qué magnifico silencio debe haberse escuchado en el siglo 18! Yo amo el silencio y también la música. En aquel tiempo, en medio del silencio y en un cálido vivo presencial, el violín y sus trinos iban acompañados del ejecutante virtuoso. El cello era abrazado por la joven talentosa y sensual de ojos casi cerrados con sus gestos sutiles de placer, esfuerzo y dolor. Un espectáculo completo y cercano, un roce. Entonces la música no volaba por la biósfera ni era atrapada por artilugios que la cuelan por todos los intersticios.
La llegada al mar, a ese ese mar conocido desde siempre era finalmente un espectáculo inagotable y siempre otro. Dependiendo del estado del universo, el mar disponía de casi infinitos tonos de gris, verde, azul y celeste. Sin mencionar las combinaciones, la transparencia, el movimiento, el ritmo o la potencia y el sonido de su conversación. Acogedor en su frialdad, eterno en su horizonte, pero de algún modo acogedor e incondicional.
Sin embargo, también impredecible. Al cruzar el túnel Zapata, el cielo estaba nublado. Al llegar a Algarrobo la primavera perecía detenida e incipiente, la bahía estaba en calma y el cielo desabrido y blancuzco. Lo había visto muchas veces. Al crepúsculo, sobre el horizonte nuboso, una franja de luminosidad dejaría caer rayos de sol deshilachados, barrotes de luz clavados sobre el fin de la mirada. Entremedio, el mar pararía de moverse disfrazado de fotografía y óleo, y acá, frente a la ventana, las flores y palmeras se quedarían absortas en el silencio. El espectáculo se anularía a sí mismo, como si estuviera en espera. ¿De qué? ¿De la primavera post madura? Tal vez era el fin. Una espera infinita. Pero también podía ser un preámbulo. Sospechaba que el verano devoraría a la primavera y que en cualquier momento se filtraría por las hendiduras de la capa de ozono y caería en cascada bronceando rostros, arenas y sombreros, pero matando pieles y verdores. La primavera y el otoño son transiciones frágiles, intermediarios hermosos; ella y él. Nunca podrán encontrarse ni tocarse: un amor imposible de dos seres iniciales y finales al unísono, donde todo empieza a empezar y todo empieza a terminar.